Ben Yart vuelve por todo lo alto con 1001 noches. Tras varias idas y venidas en las que parecía perdido en el meme de internet, el artista navarro ha vuelto a encontrar el sueño en mitad de una noche de insomnio. Y lo hace fusionando sonoridades que ya le habíamos oído y que ha querido retomar para explorarlas del todo. Como si Camarón hubiera dejado una de sus cintas olvidada en algún after de Mendillorri, Beñat vuelve a jugar con los palos del flamenco y las sonoridades orientales para construir un universo tan original que difícilmente podría firmarlo alguien más.
A Ben Yart hace tiempo que algunos han decidido colgarle la etiqueta de ‘loco’, quizá porque resulta más sencillo reírse de sus extravagancias que detenerse a escuchar lo que tiene que decir. Pero detrás del personaje hay un músico que sabe perfectamente dónde quiere llevarnos. Y en 1001 noches, un álbum marcado por la complejidad de la escala frigia mayor, vuelve a demostrarlo. Después de Ceros, que lanzó en 2023 y que recibió una excelente acogida por su capacidad para retratar la calle desde una perspectiva cruda, satírica, vanguardista y profundamente personal, Ben Yart ha seguido explorando los márgenes. Sacó Guerra Mundial, que no tuvo tanta repercusión ni tanto criterio como sus antiguos proyectos. Fue otro tipo de experimentación, aunque tenía un mensaje detrás muy interesante, como siempre.
Mientras tanto, su presencia en el imaginario de internet ha seguido creciendo por caminos que no siempre hacen justicia a su música. Él mismo alimenta esa imagen de meme o de personaje que solamente está para hacernos reír. Y es que a Beñat muchas veces se le ha tratado de loco, de incomprendido. Y tampoco parece molestarle. De hecho, siempre da a entender que sabe perfectamente lo que hace y que le gusta esa posición. Tras un tiempo sin sacar un proyecto largo, presenta junto a Mr. Worth un trabajo que recupera parte de aquella experimentación que ya encontrábamos en Ceros, aunque desde una sensibilidad distinta. Más acústica, más cálida y, en ciertos momentos, sorprendentemente íntima.
1001 noches es un disco de contrastes. Su imaginario nos traslada a una fantasía nocturna de inspiración muy oriental, entre el flamenco y una estética árabe. Sin embargo, debajo de esa exuberancia visual se esconde una historia mucho más terrenal: el insomnio, que rompe y resquebraja por dentro relaciones sentimentales, los problemas de la vida adulta y de la calle, y las dificultades de quien intenta encontrar su lugar en el mundo. Porque la noche no siempre es fiesta. O sí, pero también es volver a casa y dar vueltas a todo aquello de lo que intentas escapar.
Musicalmente, el álbum encuentra buena parte de su personalidad en las guitarras españolas, los fandangos y las sonoridades flamencas, con escalas frigias y matices orientales que le otorgan una identidad muy particular. Las primeras canciones plantean los temas del LP. Trailer, Ahora, Tu cama y Curra curra curra construyen un universo de noche, calle y escapismo donde la belleza de lo sencillo convive con la necesidad constante de buscarse la vida y con el efecto que eso tiene en las relaciones sentimentales.
Uno de los grandes aciertos del proyecto es su estructura. Las transiciones entre canciones y los cambios de registro le dan un aire de mixtape que permite recorrer estilos muy distintos sin perder del todo el hilo conductor. Mr. Worth vuelve a demostrar su buena sintonía con el navarro y construye una producción que entiende perfectamente sus particularidades y sabe cuándo acompañarlas y cuándo dejar que se desboquen. Pestañas es uno de los clímax más interesantes del álbum: un giro hacia el synth-pop que rompe con la sonoridad acústica predominante y abre una nueva dimensión sentimental. La imagen de las pestañas como recipiente de deseos, que atraviesa distintas canciones, acaba convirtiéndose en uno de los símbolos más bonitos del disco: “Cae otra pestaña, tengo la mirada calva”. El de Mendillorri insiste en esa forma romántica de mirar las tragedias: pedir un deseo por cada pestaña caída hasta que ya no queda ninguna.
Volar y Kien? continúan explorando las posibilidades del flamenco entre fados y alegrías que se mezclan con ritmos de pop melódico. Ninfita, por su parte, es una sorprendente bachata que demuestra hasta qué punto Ben Yart se siente cómodo saltando de un género a otro. No todo tiene por qué funcionar con la misma naturalidad, y en algunos momentos tanta diversidad amenaza con dispersar el conjunto, pero lo imprevisible también forma parte del encanto del álbum. Cafetera, en cambio, recupera a un Ben Yart más reconocible, con un ritmo acelerado y esas voces tan características que nos devuelven a su primera etapa.
En la segunda mitad, Internet y droga destaca como uno de los cortes más contundentes. Su fusión de rock y flamenco sube y baja constantemente, acompañando un mensaje que conecta con algunas de las ideas más recurrentes de su carrera. La guerra, el barrio y la supervivencia vuelven a aparecer en Amor marihuano, donde el conflicto deja de ser únicamente una referencia bélica para convertirse en una metáfora de la lucha cotidiana. La de quien parte con menos oportunidades y tiene que enfrentarse al mundo desde abajo, haciendo de la calle un escenario de resistencia permanente. Es precisamente ahí donde Ben Yart vuelve a demostrar su capacidad para narrar realidades que conoce de primera mano, sin necesidad de adornarlas ni convertirlas en un discurso impostado.
Martes yonki y Mi mujer conducen el álbum hacia un tramo final más relajado, cercano al pop. Y cuando parece que la noche va a terminar en calma, Debería irme hace exactamente lo contrario: el ruido va ganando terreno hasta desembocar en una pista completamente techno. Un cierre que nos recuerda que, por mucho que en tramos encontremos a un Ben Yart más íntimo y reposado, el navarro sigue sintiéndose cómodo en el descontrol.
En 1001 noches hay aciertos, decisiones que funcionan mejor que otras y una variedad que por momentos puede jugar en contra de la cohesión del álbum. Pero también hay una personalidad difícil de encontrar en el panorama actual. Ben Yart lleva tiempo acostumbrándonos a sus idas y venidas, a sus contradicciones y a esa manera tan suya de desafiar cualquier expectativa. Quizá por eso corremos el riesgo de dar por sentado lo que hace, de reducirlo a una caricatura y olvidar que detrás del meme hay un músico con una sensibilidad enorme. 1001 noches no pretende demostrar que Ben Yart ha dejado de ser el mismo ni que ahora debamos tomarlo más en serio. Más bien demuestra que puede seguir siendo desconcertante mientras construye un proyecto trabajado, honesto y lleno de amor por la música. Porque el loco, a veces, es el único que tiene las ideas claras. Y Ben Yart sabe perfectamente lo que hace.
Track favorito: Internet y droga