Ponerte delante de una orquesta sinfónica de cuarenta y ocho músicos y conseguir que el escenario no te coma no parece tarea fácil. Hacerlo durante más de dos horas, llevando prácticamente todo el peso del espectáculo sobre tus hombros, todavía menos. Pero ayer Lia Kali le dio la vuelta a la ecuación y fue ella quien se comió el escenario del Auditorio Nacional de Música de Madrid. Red Bull Symphonic aterrizaba por primera vez en España y, después de lo que vivimos allí, cuesta imaginar una elección mejor para inaugurar el formato aquí.
Pasadas las seis de la tarde llegábamos al Auditorio, donde la alfombra roja empezaba a recibir invitados como Aleesha, Leo Rizzi y Vera antes de entrar al cóctel previo y ocupar nuestros asientos. Se sentían las ganas de formar parte de ese momento. Las entradas habían volado poco después de anunciarse el concierto, y quienes habían visto algo de los ensayos avisaban de que se estaba preparando algo especial.
El concepto tampoco nos pillaba desprevenidos. Red Bull Symphonic lleva tiempo viajando por diferentes ciudades y planteando a artistas como Metro Boomin, Trueno o Pablo Chill-E el reto de reinterpretar su música junto a una orquesta. Que ahora llegase a España con Lia Kali tenía bastante sentido, especialmente después de verla crecer durante los últimos años.
Con Contra todo pronóstico empezaron a despejarse las dudas. Lia aparecía en lo alto de la escalera para dar comienzo a un espectáculo construido durante meses junto a Pablo Donaire, director musical del proyecto, y Lucas Vidal al frente de la orquesta. Llevar canciones que conocemos bien a un terreno completamente diferente sin que pierdan su identidad requiere mucho trabajo, y ayer se notaba. También se notaban las horas de ensayo necesarias para conseguir que dos lenguajes muy distintos acabasen hablando entre ellos con semejante naturalidad. Quizá por eso sorprendía lo cómoda que parecía Lia dentro de un registro que, a priori, no es el habitual en sus directos. La orquesta crecía cuando tenía que hacerlo y su voz encontraba espacio para respirar cuando lo necesitaba.
Fue una pena que el concierto arrancase con algunos problemas de sonido, algo que el propio público no dudó en señalar con varios ‘¡No se oye!’ entre los primeros aplausos. Por suerte, la situación fue mejorando a medida que avanzaba el espectáculo. Durante más de dos horas, Lia apenas se dio un respiro y mantuvo un nivel vocal y una presencia que no decayeron. A su alrededor, las bailarinas y una puesta en escena pensada hasta el último detalle terminaban de construir el espectáculo sin añadir artificios innecesarios ni restarle protagonismo. Con una voz así y casi cincuenta músicos acompañándola, llenar cada segundo de cosas habría sido innecesario.
El laberinto servía como hilo conductor de una historia dividida en cuatro actos, mientras los diferentes elementos escénicos acompañaban el recorrido. Había una producción enorme detrás pero nunca parecía empeñada en demostrarlo a cada minuto ni terminaba tapando aquello que realmente habíamos ido a escuchar: a Lia Kali. Pero no solo. Fernando Costa fue uno de los primeros en acompañarla; después llegaría Elane y, poco a poco, fueron apareciendo compañeros que forman parte de distintos momentos de su camino. Kase.O provocó uno de esos rugidos que cambian de golpe la energía de una sala, Zatu se sumó más adelante y también hubo espacio para artistas con carreras que todavía tienen muchísimo por escribir, como Antony Z o Salma. El escenario acabó convirtiéndose en un punto de encuentro, y ahí apareció otra de las cosas que más nos gustaron de la noche.
Estamos bastante acostumbrados a colaboraciones que parecen haber nacido en una reunión de marketing, pero ayer había cariño de verdad. Se veía en cómo se recibían, en los abrazos y en la manera en que Lia dejaba a cada invitado encontrar su propio espacio dentro de un espectáculo que seguía siendo indiscutiblemente suyo. El apoyo entre compañeros se reivindica mucho de palabra; verlo funcionar con tanta naturalidad delante de un Auditorio lleno es otra historia.
Ese cariño tampoco se quedaba únicamente sobre el escenario. Lia tuvo palabras para su familia y aprovechó algunas de las pocas pausas para hablar de una relación con la música que viene de mucho antes de los escenarios llenos. Contó cómo la había salvado y cómo nunca le había fallado. Y, aunque escucharla decirlo emocionaba, tampoco necesitábamos demasiadas explicaciones. Basta verla cantar para entender que lo suyo con la música va más allá de lo ‘solamente’ profesional.
Las entradas habían volado, pero, por suerte, quedarse sin una no significaba perderse el concierto. Mientras nosotros lo vivíamos desde el Auditorio, mucha gente lo seguía desde casa a través del streaming de YouTube, que además ha quedado disponible para volver a verlo.
Con semejante estreno, ahora queda una pregunta: ¿quién será el siguiente? Lia Kali ha dejado el listón alto, y quien tome el relevo tendrá un reto importante por delante. Después de ver cómo Red Bull ha inaugurado el formato en España, queda esperar para conocer el próximo perfil elegido.
Una vez concluido el concierto, tocaba cambiar de escenario y poner rumbo a Casa Pepa, en Teatro Magno, para continuar con el ACERO Club x Red Bull Symphonic Afterparty. Era martes por la noche, sí, pero eso no nos quitó las ganas de seguir celebrando. Por allí también se dejó ver Lia acompañada de artistas y amigos.
De esa segunda parte hablaremos muy pronto, pero, por ahora, solo podemos dar las gracias a todos los que decidisteis dormir unas horas menos para celebrarlo junto a nosotros. Hoy el despertador ha dolido un poco más de lo habitual, sí, pero hay noches en las que merece la pena. Nos alegra haber formado parte de una así junto a Red Bull Symphonic.




