Hay despedidas que duelen, sí, pero también hay otras que son un alivio y casi piden fiesta. Con Pobre de mí, Juanjo Bona abre un nuevo capítulo y deja claro que también se puede mirar atrás para encontrar razones para seguir avanzando. El artista maño estrena el primer adelanto de su segundo álbum con las raíces aragonesas bien agarradas pero con la cabeza puesta en un pop más electrónico.
Si Recardelino era un viaje de vuelta a casa, aquí parece que le interesa lo que viene después: crecer, conocerse y aprender a soltar lastre. Y lo resume en un estribillo que se te queda a la primera: “La vida se lleva lo que no hace falta / a veces te duele, a veces te salva”. Es el corazón de la canción y también su declaración de intenciones. Porque Pobre de mí puede sonar a desamor o a drama, pero tiene mucho más de liberación que de lamento. El título engaña, y ahí está parte de su gracia.
El videoclip juega precisamente con ese contraste. Gigantes y cabezudos, bailarines de blanco, una orquesta de negro y una casa de pueblo con altar y cruces enormes componen la escena de un funeral en toda regla. Estética de luto, sí, pero para despedir (con todos los honores) aquello que Juanjo necesita dejar atrás. Danza contemporánea y jota se dan la mano en un relato visual que vuelve a poner sus raíces en el centro.
La canción va creciendo poco a poco hasta que irrumpe a todo trapo la jota de la zarzuela Gigantes y cabezudos. Un cierre que pone la piel de gallina. Lo mejor de todo es la idea que sobrevuela la canción: no todo lo que termina es una pérdida. A veces, cuando por fin sales de donde no eras feliz, hasta te preguntas por qué tardaste tanto. Juanjo Bona parece tenerlo clarísimo y, con Pobre de mí, nos invita a dejar de mirar tanto por el retrovisor. Nosotros, desde luego, nos apuntamos al entierro.
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