Ocurre algo curioso con las películas de David Lowery. Sus historias no parten de premisas demasiado surrealistas; sin embargo, dan la impresión de haber encontrado su inspiración en un mundo onírico. En Mother Mary, el punto de partida es sencillo: una estrella musical intenta convencer a una vieja conocida de que le diseñe y confeccione el vestido para su próxima actuación. A partir de aquí, lo que nos encontramos es un ensueño sobre vínculos humanos.
Una voz en off nos advierte desde el principio del tipo de relación que ambos personajes mantenían, tan intensa que a veces es difícil diferenciar el amor del odio, tan ligada a ti que sabes que te perseguirá allá donde vayas por mucho que intentes huir. Una relación encantada, poseída, haunted, que se representa en un color rojo fantasmagórico que se nos mete en la piel. Un color rojo del que es imposible escapar.
Lowery repite en esta película un esquema que ya le funcionó en sus dos cintas más aclamadas y redondas, A Ghost Story (2017) y El caballero verde (2021): valerse de un ritmo pausado, casi monótono, que nos conduce a un final climático inevitable. Aunque Mother Mary esté algo lastrada por un primer acto demasiado largo en el que la narración no termina de arrancar, si somos capaces de dejarnos llevar y entrar en el embriagador universo que Lowery propone, sentiremos casi como si cayéramos en una ensoñación.
En esta caída iremos de la mano de las excelentes interpretaciones de sus dos actrices protagonistas: Anne Hathaway, como la estrella del pop en plena crisis de identidad, y Michaela Coel, como la diseñadora orgullosa que se refugia en el rencor para no sucumbir a la pena del abandono. Ambas son actuaciones que funcionan por agotamiento. En lugar de ofrecer un viaje por distintas emociones, insisten y se mantienen en un equilibrio de principio a fin, logrando que, después de estar al borde del llanto durante toda la película, una mueca de alivio se interprete como el mayor éxtasis posible.
A todo esto se le suman las cautivadoras canciones originales de Jack Antonoff y Charli xcx, interpretadas por la propia Hathaway, junto con la aportación de FKA Twigs, que crean los mejores momentos de la cinta. Las escenas musicales están a la altura de una actuación de cualquier estrella del pop actual y visualmente resultan las más estimulantes e interesantes.
Si bien Mother Mary no se sitúa al nivel de los grandes guiones de Lowery, lo cierto es que no se queda demasiado lejos. Es una historia que te arrebata hasta elevarte en su desenlace, como en una ópera de Richard Strauss en la que, tras horas de acordes menores, la simpleza de una cadencia perfecta nos hace sentir que los mismos cielos se abren ante nosotros. El único problema es que a veces la uniformidad puede llevar a la pesadez y, para cuando llegue el final, muchos espectadores ya habrán despertado del sueño.
