Erupcja (2025), el largometraje de poco más de setenta minutos dirigido y fotografiado por Pete Ohs, con un guion escrito junto al reparto principal, entra de inmediato por los ojos. La premisa sigue a Bethany (Charli xcx), quien viaja a Varsovia con su novio, Rob (Will Madden), solo para verse arrastrada de nuevo a la órbita de Nel (Lena Góra), una antigua amiga y, según se puede intuir, amante. Bajo la absurda pero poética premisa de que cada vez que se reúnen ocurre una erupción volcánica en algún rincón del mundo, ambas se sumergen en una espiral nocturna de evasión y hedonismo.
Desde el primer plano se percibe la firme intención del cineasta de construir una propuesta visual estimulante. Ohs demuestra una entrega constante para intentar entretener al espectador a través de la planificación, valiéndose de una fotografía preciosista, atmosférica y repleta de estilo que envuelve las calles polacas con gran elegancia. En lo puramente técnico y estético, la película posee un empaque notable que evidencia el mimo puesto en cada encuadre.
Sin embargo, detrás de este envoltorio formal, el andamiaje de la película se desmorona en lo más fundamental: la solidez de su historia y el trazado de sus personajes. El problema principal radica en la propia protagonista, Bethany, quien encarna un arquetipo de personaje en constante huida hacia adelante que se ha visto muchísimas veces en el cine independiente y que, francamente, no ha envejecido nada bien.
Hubo una época, fácilmente reconocible en las ficciones sobre la madurez de las últimas décadas, en la que los jóvenes adultos soñábamos con vivir momentos de intensidad desmedida, caos y pasión sin freno para escapar de la rutina. Pero la realidad actual ha cambiado. En el panorama social y económico tan desolador en el que se mueve la juventud contemporánea, vivir constantemente al filo de la navaja no es una aventura deseada, sino una imposición cotidiana. Por eso, hoy en día se aprecian más que nunca las relaciones sanas, los entornos seguros y la cercanía de las personas que nos quieren y nos valoran, dejando la evasión nocturna como una diversión muy puntual. La idea de huir de la monotonía como acto de rebeldía se siente profundamente desfasada.
Lo más frustrante es que Erupcja tenía en sus manos la oportunidad perfecta para adentrarse en las relaciones predestinadas y, aun así, inconvenientes, examinando el peso que ciertos vínculos ejercen sobre nosotros. Sin embargo, la narrativa prefiere quedarse en la superficie y se pierde en personajes con los que resulta difícil identificarse, principalmente porque sus decisiones no están bien perfiladas ni justificadas. En definitiva, la película termina siendo un impecable ejercicio estilístico que triunfa en lo estético, pero cuyo mensaje emocional llega tarde y desconectado del sentir de su tiempo.


