Hay cineastas que parten de una historia y otros que comienzan con una sensación. En el caso de Bàrbara Farré, sus películas parecen surgir de un lugar mucho más difícil de definir: ese territorio donde conviven la memoria, el miedo y la intuición. Con Mala bèstia, su primer largometraje, la directora construye un relato que utiliza la infancia, el crecimiento y los monstruos invisibles para hablar de aquello que todos compartimos pero pocas veces sabemos nombrar. Lejos de entender el miedo como un elemento propio del género fantástico, Farré lo convierte en una emoción profundamente cotidiana, una fuerza silenciosa capaz de moldear nuestra identidad y nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
Su cine rehúye las respuestas sencillas y apuesta por la sugerencia, por el poder de las imágenes y por la inteligencia del espectador. Influenciada por autores que han sabido encontrar lo extraordinario dentro de lo cotidiano, la directora reivindica un cine que observa antes de juzgar y que entiende la vulnerabilidad como una forma de resistencia. Conversamos con ella sobre el origen de Mala bèstia, sus referentes, su manera de dirigir y la importancia de aceptar las preguntas que permanecen abiertas mucho después de que termine una película.
Mala bèstia parte de una premisa muy poderosa. ¿Cuál fue la primera imagen, sensación o pregunta que dio origen a la película y cómo fue creciendo hasta convertirse en el largometraje que vemos hoy?
Hay historias que te escogen. Llegan cuando todavía no sabes muy bien por qué, pero intuyes que vienen a enseñarte algo. Mala bèstia llegó de esa manera. Todo comenzó con la imagen de una niña que tenía miedo de crecer porque sentía que crecer era desaparecer. Durante mucho tiempo pensé que estaba escribiendo sobre ella, hasta que entendí que, en realidad, estaba escribiendo sobre mí. Hacer esta película fue mi forma de enfrentarme a mis propios miedos. Descubrí que aquello de lo que más huimos suele ser, precisamente, lo que termina transformándonos. A veces creemos que hacemos una película. Con el tiempo descubres que también hay películas que terminan haciéndote a ti.
En tus trabajos siempre parece haber un interés por explorar personajes que viven en conflicto consigo mismos. ¿Qué te atrae de esas identidades que están constantemente negociando quiénes son y quiénes creen que deberían ser?
Creo que todos vivimos esa negociación de manera constante. Hay una parte de nosotros que desea ser libre y otra que intenta responder a aquello que cree que los demás esperan. Me interesa ese espacio de tensión porque es ahí donde aparecen las contradicciones, y las contradicciones son profundamente humanas. Nunca me han interesado los personajes que tienen claro quiénes son. Me conmueven mucho más aquellos que todavía están buscándose, equivocándose e intentando comprenderse. Ahí encuentro una enorme belleza.
El título, Mala bèstia, ya contiene una carga simbólica muy fuerte. ¿Qué representa esa ‘bestia’ para ti? ¿Es un monstruo exterior, una pulsión interna o una construcción social que aprendemos a temer?
Para mí, la bestia siempre ha sido el miedo. No un monstruo que llega desde fuera, sino esa parte de nosotros que aparece cuando sentimos que podemos perder el amor, nuestro lugar o incluso nuestra propia identidad. Lo hermoso es que, cuanto más intentamos esconder esa bestia, más grande se vuelve. La película habla precisamente de eso: de dejar de huir y atreverse a mirarla de frente. Porque cuando entiendes de dónde nace, deja de ser un monstruo.
“Hacer esta película fue mi forma de enfrentarme a mis propios miedos. Descubrí que aquello de lo que más huimos suele ser, precisamente, lo que termina transformándonos.”
Más allá de la historia, la película transmite una atmósfera muy concreta. ¿Cómo trabajaste junto al resto del equipo para que la puesta en escena y el lenguaje visual expresaran emociones que quizá los personajes nunca verbalizan?
Para mí, la atmósfera no es algo que se añade al final del proceso; es una forma de narrar. Siempre intento que las emociones existan antes que las palabras. Hay cosas que un personaje nunca será capaz de decir pero que un paisaje, una determinada luz o un silencio pueden expresar con mucha más precisión. Con todo el equipo hablábamos constantemente de cómo queríamos que se sintiera cada escena, más que de cómo debía verse. La forma siempre estaba al servicio de la emoción. Todo lo demás venía después.
Tus películas nunca parecen juzgar a sus protagonistas; al contrario, se acercan a ellos con mucha empatía. ¿Crees que el cine tiene la responsabilidad de comprender antes que de emitir un juicio?
Creo que comprender nunca significa justificar. Lo que me interesa es acercarme a los personajes con la suficiente curiosidad como para preguntarme de dónde nace aquello que hacen. Cuando entiendes una herida, una pérdida o un miedo, incluso las decisiones más difíciles adquieren una dimensión distinta.
No hago películas para decirle al espectador qué debe pensar de un personaje. Me interesa ofrecerle la posibilidad de mirarlo desde la complejidad.
En un momento en el que muchas películas buscan respuestas claras, Mala bèstia parece sentirse cómoda en la ambigüedad. ¿Te interesa más que el espectador salga con preguntas que con certezas?
Sí, sin ninguna duda. Las películas que más me han acompañado son aquellas que han seguido creciendo dentro de mí mucho después de salir del cine. Nunca me dieron respuestas; me hicieron mejores preguntas. Me gusta pensar que una película no termina cuando aparecen los créditos, sino cuando empieza la conversación que cada espectador mantiene consigo mismo.
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¿Qué conversaciones esperas que despierte la película cuando el público salga de la sala? ¿Hay algún debate que te gustaría provocar especialmente?
Más que un debate, me gustaría que despertara una conversación con uno mismo. Que, al salir del cine, alguien se preguntara cuáles son los miedos que llevan años guiando sus decisiones sin que apenas sea consciente de ello. Creo que muchas veces vivimos intentando proteger heridas muy antiguas. Si la película consigue abrir esa pregunta, sentiré que ha encontrado un lugar donde seguir viva.
Como directora, ¿cómo encuentras el equilibrio entre mantener una visión muy personal y permitir que los actores, la dirección de fotografía o el montaje transformen esa idea inicial durante el proceso creativo?
Dirigir tiene mucho más que ver con escuchar que con imponer. Una película comienza siendo una intuición muy personal, pero poco a poco deja de pertenecerte. Se va llenando de las miradas, las preguntas y la sensibilidad de todas las personas que la construyen contigo. Mi trabajo consiste en cuidar esa intuición inicial sin impedir que la película encuentre una forma más verdadera de la que yo había imaginado.
En términos de referencias, ¿hubo películas, libros, obras de arte o incluso experiencias personales que alimentaran el universo de Mala bèstia de forma consciente?
Siento que comparto una manera de mirar con obras como Cría cuervos, El espíritu de la colmena o Picnic at Hanging Rock, y con autores como Mercè Rodoreda, Silvina Ocampo, Lucrecia Martel, Alice Rohrwacher o Lynne Ramsay. Me conmueve la forma en la que convierten lo cotidiano en algo misterioso, cómo filman la infancia con absoluta seriedad y cómo confían en que las imágenes pueden expresar aquello a lo que las palabras no alcanzan.
Pero intento que las referencias nunca sean un lugar al que regresar, sino un punto de partida. Me interesa mucho más comprender cómo miran el mundo que cómo construyen una escena. Creo que hago películas para aprender a mirar: el mundo, a los demás y también a mí misma. Las referencias me enseñan un lenguaje, pero las películas aparecen cuando dejo de mirar hacia fuera y empiezo a observar el mundo —y a observarme a mí misma— con honestidad.
“Nunca me han interesado los personajes que tienen claro quiénes son. Me conmueven mucho más aquellos que todavía están buscándose, equivocándose e intentando comprenderse.”
El miedo adopta muchas formas en el cine. En tu caso parece surgir más de lo cotidiano que de lo extraordinario. ¿Te interesa explorar aquello que resulta inquietante precisamente porque forma parte de nuestra vida diaria?
Sí. Creo que los miedos más profundos rara vez tienen que ver con algo extraordinario. Nos da miedo no ser queridos, dejar de pertenecer, crecer, cambiar o perder aquello que amamos. Son temores que forman parte de la vida cotidiana y, precisamente por eso, me parecen los más universales. Me interesa descubrir cómo esas emociones transforman nuestra manera de mirar el mundo. Creo que el cine puede hacer visible aquello que normalmente permanece oculto. No tanto inventando monstruos como revelando que lo cotidiano ya contiene algo profundamente misterioso.
El cine español vive un momento especialmente diverso, con nuevas voces y formas de narrar. ¿Dónde sientes que encaja tu manera de hacer cine dentro de ese panorama y qué echas de menos en las historias que se cuentan actualmente?
Estamos viviendo un momento muy bonito, con voces muy diversas y muy libres. No siento la necesidad de encontrar un lugar concreto dentro de ese panorama, sino de seguir siendo honesta con la forma en que quiero mirar el mundo. Quizá lo que más echo de menos son películas que se permitan ser vulnerables. Que no tengan prisa por explicarse ni por responder a todo. Me emocionan las historias que confían en el silencio, en la fuerza de las imágenes y en la inteligencia del espectador.
¿Cómo ha evolucionado tu forma de dirigir desde tus primeros proyectos hasta Mala bèstia? ¿Hay alguna convicción creativa que hayas tenido que abandonar por el camino?
Creo que lo que más ha cambiado es mi manera de habitar el proceso. He dejado de intentar parecer una directora para permitirme ser yo dirigiendo. Puede parecer una diferencia pequeña, pero para mí lo cambia absolutamente todo. Al principio buscaba certezas. Sentía que debía tener todas las respuestas, controlar cada decisión y demostrar que sabía exactamente hacia dónde iba. Hoy confío mucho más en mi intuición, en las dudas y en la honestidad conmigo misma.
Quizá la mayor convicción que he dejado atrás es pensar que dirigir consiste en tener todas las respuestas. Ahora creo que dirigir consiste en hacer las preguntas adecuadas y crear el espacio para que aparezca algo verdadero.
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En muchas ocasiones, los espectadores interpretan una película de maneras muy distintas a la intención original de quien la dirige. ¿Disfrutas de esa pérdida de control o prefieres que el mensaje llegue de una forma más concreta?
Sí, la disfruto. De hecho, creo que es una de las cosas más hermosas del cine. Hay una parte de la película que me pertenece mientras la estoy haciendo, pero, en el momento en que se comparte con el público, deja de ser únicamente mía. Cada persona llega con su propia historia, sus miedos, sus recuerdos y su manera de mirar, y eso hace que la película siga transformándose.
Nunca me ha interesado transmitir un único mensaje. Me interesa mucho más abrir una pregunta o un espacio en el que cada espectador pueda encontrarse con algo distinto. Si todos salieran entendiendo exactamente lo mismo, sentiría que la película habría perdido parte de su misterio. Las películas más vivas son aquellas que cambian cada vez que alguien vuelve a mirarlas.
Cuando empiezas un proyecto, ¿qué pesa más en tus decisiones: la intuición, la planificación o el riesgo de descubrir algo inesperado durante el rodaje?
Creo que todo comienza con una intuición. Es una sensación muy difícil de explicar, pero suele manifestarse como una imagen, una emoción o una pregunta que no deja de acompañarme. A partir de ahí llega la planificación, que para mí no consiste en cerrar la película, sino en conocerla lo suficiente como para poder escucharla. Intento preparar cada proyecto con mucho detalle porque esa preparación es, precisamente, la que después me permite ser libre.
Cuando llega el rodaje, lo más interesante suele aparecer donde menos lo esperabas: una mirada, una luz, un gesto o una idea inesperada que hace que la película encuentre un camino mejor del que habías imaginado. Creo que una película está viva precisamente porque puede sorprenderte. Si al terminar el rodaje es exactamente igual que la que imaginé al principio, siento que no la he escuchado lo suficiente.
Después de Mala bèstia, ¿qué inquietudes sientes que todavía no has llevado a la pantalla? ¿Hay territorios narrativos o emocionales que te gustaría explorar en tus próximos trabajos?
Siento que todavía tengo muchas preguntas por hacerme. Al final, las películas son la manera que he encontrado de poner amor en el mundo. No porque hablen necesariamente del amor, sino porque nacen del deseo de comprender un poco mejor a los demás y también a mí misma.
Me gustaría seguir explorando personajes que buscan su lugar, pero también empezar a hablar más del deseo, del amor, de la libertad y de todas esas formas de querernos que, a veces, todavía no sabemos nombrar. Siento que, después de Mala bèstia, tengo ganas de mirar un poco más hacia la luz sin dejar de abrazar la complejidad.
“Los miedos más profundos rara vez tienen que ver con algo extraordinario. Nos da miedo no ser queridos, dejar de pertenecer, crecer, cambiar o perder aquello que amamos.” 
Si tuvieras que definir Mala bèstia con una única pregunta, en lugar de con una respuesta, ¿cuál sería?
Quizá sería esta: ¿qué parte de nosotros dejamos de escuchar para poder convertirnos en quienes somos? Creo que la película nace de esa inquietud. Muchas veces crecer implica adaptarnos, encajar o responder a expectativas ajenas, y en ese proceso corremos el riesgo de alejarnos de una parte muy esencial de nosotros mismos. No me interesa ofrecer respuestas cerradas, porque creo que cada espectador encontrará la suya. Lo que me gustaría es que esa pregunta siguiera resonando cuando salgan de la sala.
A lo largo de la película hablas del miedo, pero también de la transformación. ¿Crees que ambas cosas están inevitablemente unidas?
Sí. De hecho, creo que no existe transformación sin miedo. Cada vez que algo cambia en nuestra vida hay una parte de nosotros que siente vértigo. Nos gustaría atravesar los cambios sin perder nada, pero eso casi nunca sucede. Crecer implica despedirse de versiones anteriores de uno mismo, y eso siempre produce cierta incertidumbre. Con Mala bèstia entendí que el miedo no siempre es un enemigo. A veces es simplemente la señal de que estamos cruzando un umbral importante. Quizá la cuestión no sea cómo dejar de sentir miedo, sino cómo aprender a caminar con él.
En tu cine hay una confianza absoluta en el poder de las imágenes y de los silencios. ¿Crees que vivimos un momento en el que el cine tiene miedo al silencio?
A veces sí. Vivimos rodeados de estímulos constantes y parece que existe la necesidad de explicarlo todo, de llenar cada espacio con palabras o con información. Sin embargo, creo que el silencio también comunica. Muchas veces dice mucho más que cualquier diálogo porque obliga al espectador a implicarse emocionalmente, a completar aquello que la película no verbaliza.
Siempre me ha interesado ese cine que confía en quien mira. Creo que las imágenes tienen una capacidad inmensa para emocionar sin necesidad de explicarse continuamente. Cuando una película deja espacio para que el espectador respire, imagine o proyecte su propia experiencia, se convierte en algo mucho más vivo.
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