Miquel Melero aterriza en el cine con A fuego, el primer largometraje de Estel Díaz, donde interpreta a Nico: una presencia tan magnética como omnipresente cuyo recuerdo articula toda la trama. Aunque para el gran público su rostro esté asociado a la creación de contenido en redes sociales y al universo de la danza, Melero demuestra en este debut una madurez interpretativa capaz de esquivar cualquier etiqueta previa. En esta entrevista reflexiona sobre el tránsito entre disciplinas, la disciplina del movimiento y la vulnerabilidad que exige ponerse ante la cámara sin más escudo que la propia emoción.
A través de la historia de Nico, el actor explora terrenos tan incómodos como universales: la presión por encajar, el miedo al fracaso, las expectativas ajenas y el peso invisible del rechazo en la juventud. Lejos de encararlo desde el plano teórico, Miquel comparte con honestidad los paralelismos entre su personaje y sus propias vivencias en salas de ensayo y escenarios, reconociendo el agotamiento emocional de buscar la perfección a cualquier precio. Una conversación honesta sobre el valor de confiar en los procesos, el aprendizaje de soltar el juicio externo y el inicio de una carrera actoral que promete moverse con voz y luz propias.
Miquel, antes de hablar de Nico y de A fuego, me interesa empezar por el lugar desde el que llegas a esta película. Tu trayectoria está muy vinculada al baile, al movimiento y también a una forma de exposición que nace de las redes sociales. ¿Qué parte de todo ese recorrido sientes que te ha preparado para ser actor y qué parte, por el contrario, has tenido que desaprender?
Si me paro a pensarlo, creo que son tres materias que se retroalimentan. Evidentemente, lo más importante ha sido mi formación en interpretación. Pero también creo que la danza me ha ayudado a ser más consciente del movimiento, de la postura y de cómo estar presente cuando estoy en escena. Y las redes sociales, a su manera, me han ayudado a entender que siempre hay un espectador al otro lado de la cámara y, en cierta medida, a perder el pudor de estar delante de ella. Pero insisto en que, para mí, lo fundamental es la formación en interpretación.
El baile parece ocupar un lugar muy particular en tu vida: es disciplina pero también libertad; exige técnica pero al mismo tiempo una enorme capacidad de exponerse. ¿Qué has aprendido sobre ti mismo bailando que ahora reconoces también en tu manera de interpretar?
Lo que más he aprendido bailando, y que ahora aplico mucho a la interpretación, es a tener paciencia con el proceso. A veces tendemos a ser muy exigentes con nosotros mismos y juzgamos el trabajo mientras todavía lo estamos construyendo, como si ese fuera ya el resultado final. La danza me enseñó que todo resultado necesita tiempo, práctica y ensayo, y que lo que estás haciendo durante el proceso puede ser muy distinto de aquello a lo que finalmente llegas. Creo que he aprendido, sobre todo, a confiar más en ese proceso y a no juzgarme antes de tiempo.
Hay algo especialmente interesante en que tu primer papel cinematográfico esté dentro de una película en la que el baile no es simplemente un elemento estético, sino una forma de comunicación y una vía de escape para los personajes. ¿Qué significó para ti entrar en el cine a través de un lenguaje que ya conocías corporalmente?
Fue muy gratificante que mi primer largometraje estuviera tan vinculado al baile porque es algo que ha formado parte de mi vida desde siempre. Poder iniciarme profesionalmente en el cine desde un lenguaje que ya conocía fue una sorpresa y una manera muy bonita de empezar. A nivel corporal, además, pude descubrir cómo cambia el baile delante de una cámara.
Nunca había bailado en un set y de repente tienes una cámara a dos metros, tienes que ser consciente de dónde está y adaptar o acortar determinados movimientos. Como bailarín estás acostumbrado a ensayar y adaptarte a espacios muy distintos, así que no lo viví como una dificultad, sino como una nueva forma de explorar el movimiento.
Nico está presente en toda la película incluso cuando ya no está físicamente. Es alguien cuya ausencia condiciona las decisiones, los recuerdos y la búsqueda de Lola. ¿Cómo construiste a un personaje que, de alguna manera, tenía que existir tanto en lo que vemos como en lo que los demás proyectan sobre él?
No sentí una dificultad especial a la hora de construirlo desde ese lugar. Evidentemente, hice mi trabajo de construir la historia de Nico, entender quién era y desde dónde actuaba, pero creo que el propio guion tiene suficiente peso para que su ausencia y lo que representa se proyecten después sobre los demás personajes. Además, la decisión que toma Nico es ya muy definitoria en sí misma y condiciona inevitablemente la manera en la que el resto de personajes se relacionan con su recuerdo. Yo tenía que construir a Nico desde mi lugar y confiar en que el guion y el trabajo de mis compañeros construyeran todo lo demás.
“La danza me enseñó que todo resultado necesita tiempo, práctica y ensayo, y que lo que estás haciendo durante el proceso puede ser muy distinto de aquello a lo que finalmente llegas.”
Tu personaje está atravesado por unas expectativas muy concretas: lo que se espera de él, lo que él espera de sí mismo y aquello que quizá no consigue cumplir. ¿Hasta qué punto reconociste en Nico una experiencia que también puede aparecer en la vida de alguien joven cuando siente que tiene que demostrar constantemente quién es y qué vale?
Aunque Nico sea un personaje ficticio, podemos reconocer en él a muchas personas de nuestro día a día. Sobre todo a gente joven que se impone expectativas que quizá no son realistas y acaba frustrándose por querer llegar a determinados resultados antes de tiempo. Para mí, ahí entra algo fundamental: la paciencia. Cualquier proceso requiere tiempo, práctica y muchos fallos. Además, tendemos a compararnos con personas que creemos que están en nuestra misma situación, cuando nunca conocemos realmente su proceso. Hace falta cierta madurez emocional para aprender a no vivir desde esa comparación ni imponernos una presión constante. Al final, la verdadera competición es con uno mismo y con cómo decidimos afrontar nuestro propio camino.
En A fuego el rechazo no aparece solamente como un conflicto externo, sino como algo que puede terminar interiorizándose. ¿Te interesaba especialmente explorar esa frontera entre que alguien te diga que no puedes hacerlo y empezar tú mismo a creer que realmente no puedes?
Creo que el entorno en el que estás puede llegar a contaminar la percepción que tienes de ti mismo. Puedes sentirte muy capaz de algo, pero si estás constantemente en un espacio en el que se te dice, directa o indirectamente, que quizá no eres apto, es fácil que esa seguridad termine debilitándose y empieces a cuestionarte. Por eso es muy importante trabajar el autoconocimiento y la confianza en uno mismo, porque, de lo contrario, la percepción que tenemos de nuestro trabajo y de nuestras capacidades puede acabar demasiado condicionada por lo que sucede fuera.
El mundo del baile puede ser tremendamente competitivo. Hay cuerpos que se comparan, talento que se juzga, audiciones, batallas, espectadores y una necesidad constante de demostrar algo. ¿Cómo has aprendido a convivir con esa presión y qué relación tienes actualmente con la idea de ser evaluado por los demás?
Sinceramente, ahora mismo estoy en un punto en el que me da bastante igual lo que opinen los demás sobre aquello que yo creo que soy capaz de hacer. Suena muy bien decirlo, pero evidentemente no siempre ha sido así. Llegar a tener esa seguridad ha sido un proceso largo: me he llevado muchos palos, me he cuestionado muchas veces si era capaz de alcanzar mis objetivos, me he autosaboteado y me he comparado constantemente con el trabajo de otras personas. Con el tiempo he entendido que también hay que hacer un trabajo personal en ese sentido. Para mí, la seguridad en uno mismo es probablemente la mejor gasolina que puede tener una persona.
Existe una contradicción muy potente entre bailar para liberarse y bailar delante de los demás: haces algo que te pertenece, pero en cuanto alguien está mirando aparece inevitablemente la posibilidad del juicio. ¿Cuándo sentiste por primera vez que esa mirada externa podía modificar tu manera de moverte o de expresarte?
Creo que estar en una academia, rodeado de personas que están siguiendo un camino parecido al tuyo, facilita muchísimo perder ese miedo a la mirada externa. Entiendes que todos estamos atravesando un proceso y que no tiene por qué dar vergüenza equivocarse, probar o no llegar todavía al resultado que buscas. Como decía antes, para llegar a un resultado final hay que pasar necesariamente por muchas etapas. Creo que fue cuando entendí que las personas que tenía a mi alrededor estaban viviendo ese mismo proceso cuando la mirada de los demás empezó a importarme mucho menos.
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Pasar del baile a la interpretación implica aceptar una vulnerabilidad diferente. Un bailarín puede esconderse parcialmente detrás del movimiento, mientras que un actor tiene que enfrentarse a silencios, miradas, palabras y emociones que no siempre puede controlar. ¿Qué fue lo que más miedo te dio al enfrentarte por primera vez a una cámara desde ese lugar?
No creo que un bailarín pueda esconderse realmente detrás del movimiento. Para mí, la danza y la interpretación son dos disciplinas distintas, pero ambas tienen sus propias herramientas para expresar y liberar emociones. Al empezar a interpretar tuve que descubrir cuáles eran esas nuevas herramientas y aprender a utilizarlas delante de una cámara, pero no lo viví tanto desde el miedo. De hecho, creo que la interpretación puede ser también una especie de lienzo en blanco en el que expresar cosas que quizá de otra manera no expresarías.
¿Hubo algún momento durante el rodaje en el que sintieras que habías dejado de ‘interpretar’ y simplemente estabas viviendo una situación? Me interesa especialmente saber si hubo una escena con Nico en la que desapareciera por completo la distancia entre personaje y persona.
Como compartía muchos aspectos con Nico y había vivido emociones muy parecidas durante mi etapa como bailarín, hubo una escena en la que esa distancia se redujo muchísimo. Fue durante el rodaje en el Teatro Coliseum de Barcelona, en la academia de baile que aparece en la película. Estuvimos muchas horas grabando de noche y Nico tenía que ensayar una serie de movimientos que no le salían, con la presión de que tenía que conseguirlos porque, si no, podía quedarse fuera de la academia. A eso se sumaba la comparación constante con los demás: ver que otros saltaban más, tenían más flexibilidad o giraban mejor que él.
En algún momento dejé de ser tan consciente de que estaba en un set y empecé a llevarme la situación a un terreno muy personal, como si volviera a estar yo mismo en una sala de ensayo. Entré en ese bucle de cuestionarme y las emociones fueron creciendo poco a poco. Terminé ese día de rodaje emocionalmente agotado. Fue probablemente el momento en el que más cerca estuve de vivir lo que le estaba ocurriendo a Nico en lugar de pensar simplemente en interpretarlo.
Trabajar con Estel Díaz en su primer largometraje también supone formar parte de un proyecto en el que todos están descubriendo algo por primera vez. ¿Qué encontraste en su manera de dirigir que te permitiera asumir riesgos y no estar tan pendiente de si lo estabas haciendo bien o mal?
Me sentí muy a gusto tanto durante el rodaje como en el trabajo previo con Estel. Tiene una manera de dirigir que hace que el trabajo sea muy fácil para los actores, porque escucha las propuestas que puedas tener y te ayuda a desarrollarlas y llevarlas más lejos. En ningún momento sentí juicio por su parte hacia mi trabajo; al contrario, sentía que acogía mis ideas y buscaba potenciarlas. Eso me dio mucha libertad para probar, equivocarme y explorar al personaje sin estar constantemente pendiente de si lo estaba haciendo bien o mal. Es una directora con la que resulta muy fácil trabajar porque te escucha y construye contigo.
La película habla de juventud, pérdida, identidad, amistad y de la necesidad de encontrar una familia elegida. Pero debajo de todo eso hay una pregunta mucho más incómoda: qué ocurre cuando el lugar en el que pensabas que encajabas deja de reconocerte. ¿Has vivido alguna vez esa sensación de no saber exactamente dónde colocar tu identidad?
Sí, claro. Creo que todos hemos pasado en algún momento por esa sensación. Puede ocurrir cuando estás en el colegio y pasas a bachillerato, cambias de grupo y descubres que quizá ya no encajas de la misma manera con personas con las que antes sí lo hacías. Y vuelve a suceder cuando empiezas a entrar en la vida adulta: unos empiezan a trabajar, otros toman caminos distintos y de repente no sabes exactamente qué personas van a seguir formando parte de tu vida. Sentirse desubicado en determinados momentos es algo completamente natural. Al final, nuestra identidad, nuestras relaciones y el lugar que ocupamos también van cambiando a medida que nosotros cambiamos.
“Estoy en un punto en el que me da bastante igual lo que opinen los demás sobre aquello que yo creo que soy capaz de hacer. Suena muy bien decirlo, pero evidentemente no siempre ha sido así.”
Tu primer largometraje llega en un momento en el que ya existe una imagen pública de ti construida a través de internet. ¿Cómo negocias la diferencia entre la persona que los demás creen conocer y la persona que eres cuando nadie está mirando? ¿Te preocupa que esa imagen pueda convertirse también en una expectativa de cara a tu carrera como actor?
Durante mucho tiempo me preocupó bastante más de lo que me preocupa ahora. Llevo muchos años exponiéndome en redes y soy consciente de que eso hace que la gente construya una idea de quién soy a partir de una parte muy concreta de mí. Pero esa imagen nunca puede ser una representación completa de una persona. Lo que enseño en internet forma parte de mí, pero hay muchísimas otras cosas que pertenecen a mi intimidad, a mis relaciones o simplemente a quién soy cuando no hay una cámara delante.
De cara a mi carrera como actor, sí soy consciente de que puede existir una expectativa o incluso una idea preconcebida sobre mí por venir de las redes, pero intento que no me condicione. No quiero renegar de esa etapa ni esconderla porque también me ha dado herramientas y forma parte de mi recorrido, pero tampoco quiero que defina los personajes que puedo interpretar o el tipo de actor que puedo llegar a ser. Precisamente una de las cosas que más me atraen de la interpretación es poder romper con la imagen que alguien pueda tener de mí y conseguir que, durante un rato, deje de ver a esa persona que cree conocer para ver únicamente al personaje.
Después de haber vivido el rechazo, la presión o la necesidad de demostrarte en otros ámbitos, ¿qué significa para ti ahora conseguir un papel como el de Nico? ¿Lo sientes como una confirmación, como un comienzo o incluso como una nueva fuente de presión?
No lo he vivido en ningún momento como una presión. Cuando empiezas a poner demasiadas expectativas sobre un trabajo que realmente amas, corres el riesgo de dejar de disfrutarlo y perder parte de la emoción que te llevó a querer dedicarte a ello. Y más en una profesión como la interpretación, en la que sabemos que es muy difícil vivir de esto y donde es fácil imponerse constantemente la necesidad de conseguir el siguiente papel.
Para mí, Nico no ha sido tanto una confirmación de haber llegado a algún sitio, sino un comienzo. Me ha confirmado que tengo todavía más ganas de dedicarme a esto, que me queda muchísimo camino por recorrer y que quiero disfrutar de ese camino. Lo siento como el comienzo de algo que espero que sea muy bonito.
Si pudieras volver al Miquel que todavía no sabía que acabaría protagonizando A fuego y explicarle lo que significa llegar hasta aquí, ¿qué le dirías sobre el miedo a no ser suficiente, sobre el rechazo y sobre la necesidad de seguir moviéndose incluso cuando no sabes hacia dónde?
Le diría que es muy importante mantenerse siempre en movimiento y seguir aprendiendo, incluso cuando parece que nada está sucediendo. Que no estar viendo florecer tu trabajo en ese momento no significa que no vaya a hacerlo en el futuro. Muchas veces no sabes exactamente hacia dónde te está llevando el camino, pero eso no significa que estés parado. Hay que seguir preparándose, aprendiendo y estando dispuesto a recibir lo que venga. Al final, cuando llegue una oportunidad, lo importante es que te encuentre preparado.
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