Quizá La Odisea de Christopher Nolan sea la película más extraña de toda su filmografía. Y, sin embargo, aquí no hay nada nuevo que inventar: La Odisea es una de las historias fundacionales de la literatura occidental, un relato que ha sido contado, adaptado y reinterpretado hasta la saciedad. Más que una obra de arte, la película parece una obra de artesanía, como ocurre con buena parte del cine de Nolan. Y no lo digo como un reproche, al contrario. Hablo de un cine construido con una precisión casi obsesiva, donde cada pieza encaja con exactitud.
Desde El viaje de Chihiro hasta O Brother, Where Art Thou? de los hermanos Coen, pasando por capítulos de Los Simpson, el viaje de Ulises ha impregnado buena parte de la cultura popular. Es un relato que prácticamente todo el mundo conoce. Sin embargo, Nolan consigue que su versión se sienta viva y relevante, convirtiéndola en una película que, durante sus casi tres horas de duración, resulta sorprendentemente entretenida.
Es una obra de artesanía sostenida por la potencia técnica de sus imágenes. Vista en IMAX alcanza una dimensión apabullante; en formatos convencionales pierde parte de esa capacidad para impresionar. Donde realmente alcanza otro nivel es en el apartado sonoro. El diseño de sonido, por momentos, pasa por encima del espectador y consigue transmitir la sensación de que el viaje de Ulises es, efectivamente, una odisea.
El entusiasmo que rodea a la película no responde únicamente al nombre de Christopher Nolan. Incluso sin él detrás de la cámara, el reparto ya bastaría para convertirla en uno de los grandes acontecimientos del año: Matt Damon, Anne Hathaway, Zendaya, Elliot Page, Robert Pattinson, Tom Holland o John Leguizamo forman un reparto propio de una superproducción de Marvel. Y, en esta ocasión, esa constelación de estrellas rara vez deja de brillar. Matt Damon construye un Odiseo sobrio y contenido, sin excesos interpretativos, sosteniendo gran parte del peso dramático de la película con absoluta solvencia. Más discreto resulta Tom Holland, demasiado encasillado en ese eterno adolescente que parece perseguirle de proyecto en proyecto y cuya presencia termina diluyéndose entre el resto del reparto.
Son precisamente los secundarios quienes terminan robando la función. John Leguizamo está irreconocible como Eumeo y firma una interpretación tan precisa que podría ser, sin exagerar, el mejor trabajo de toda su carrera. Anne Hathaway, por su parte, ofrece una Penélope de enorme fuerza emocional y probablemente el mejor papel de su trayectoria hasta la fecha. También destaca Robert Pattinson, que convierte a Antínoo en un villano profundamente despreciable, transmitiendo con enorme naturalidad el carácter sibilino, mezquino y rastrero del personaje. Gracias a ellos, la película resulta mucho más ligera de lo que suelen ser las grandes epopeyas de casi tres horas.
Nolan presenta aquí su versión más fantástica y mitológica, mucho más alejada de la modernidad y del rigor casi matemático que suele definir su cine. Es, probablemente, la faceta más inesperada de un director acostumbrado al control absoluto. Pero la mayor sorpresa llega cuando abraza el surrealismo. Las secuencias dedicadas a la hechicera Circe y al cíclope Polifemo son, probablemente, las dos mejores de toda la película. Nolan toma decisiones visuales y narrativas completamente alejadas de su forma habitual de filmar. La transformación de los hombres en cerdos o los lamentos de Polifemo no solo resultan sonoramente arrolladores, sino también profundamente incómodos y perturbadores. La puesta en escena se acerca por momentos al cine de horror, con imágenes de una extrañeza que sitúan al director en un territorio mucho más bizarro y visceral de lo que jamás había explorado dentro del gran cine comercial.
La Odisea es, en definitiva, una superproducción de autor. Una película sostenida por un reparto magnífico que bien podría convertirla en una de las grandes favoritas, si no la principal candidata, al Óscar al Mejor Casting. También presume de uno de los mejores trabajos de sonido que ha dado el cine reciente. Está lejos de ser una obra maestra y tampoco alcanza la cima de la filmografía de Christopher Nolan, pero sí demuestra que el director todavía es capaz de sorprender. Con sus aciertos, sus limitaciones y las filias y fobias que inevitablemente despierta su cine, consigue que una epopeya de casi tres horas sea absorbente, espectacular y, sobre todo, accesible para un público mucho más amplio del que cabría esperar. En definitiva, el estreno con más expectación de los últimos años termina justificando gran parte del enorme hype que lo ha acompañado y se confirma, sin demasiadas dudas, como una de las películas del año.
