Itzan Escamilla habla de cine con la misma intensidad con la que lo vive. No lo hace desde la distancia del espectador que consume imágenes, sino desde la urgencia de quien necesita desentrañarlas, cuestionarlas y volver a ellas una y otra vez. Su mirada es curiosa, incisiva, siempre en movimiento: una mirada que no se conforma, que busca, que se incomoda y que, precisamente por eso, no deja de crecer. Hay en él algo profundamente inquieto, una necesidad constante de probar, de equivocarse, de volver a empezar.
Entrevista extraída de ACERO vol. 13, publicada en mayo de 2026. Hazte con tu copia aquí.
Conocido por el gran público por su trabajo en televisión, Escamilla se encuentra ahora en un momento de transición silenciosa pero firme. El actor ha comenzado a explorar otros territorios creativos, alejándose de la repetición y del lugar cómodo que puede ofrecer la continuidad de un personaje. En esa búsqueda aparece con fuerza su relación con el cine: no solo como referencia o inspiración, sino como lenguaje propio. Habla de películas, directores y lecturas con una pasión contagiosa, pero también con una honestidad poco habitual, reconociendo sus contradicciones, sus entusiasmos radicales y sus decepciones.
Actualmente, Escamilla compagina esa inquietud creativa con su trabajo sobre las tablas en El efecto, la obra de Lucy Prebble dirigida por Juan Carlos Fisher, donde explora desde la interpretación preguntas sobre la percepción, la emoción y los límites de la mente. Una experiencia que refuerza su interés por los procesos y por el riesgo, alejándose de lo mecánico para volver a un lugar más vivo y presente en escena.
Su manera de enfrentarse a las historias, ya sea como intérprete o como creador, está atravesada por esa dualidad: el placer absoluto cuando algo le atraviesa y el rechazo frontal cuando no lo hace. Esa intensidad, lejos de ser un obstáculo, se convierte en el motor de su proceso. Escamilla no busca certezas, sino preguntas. Y en ese camino ha empezado a escribir, a dirigir y a imaginar nuevas formas de contar.
Esta conversación recorre ese momento vital en el que todo parece estar en construcción: desde su relación con el oficio y la autoexigencia hasta su interés por el terror, la literatura o la creación de sus propios proyectos. Un diálogo que revela a un actor en plena transformación, guiado por una curiosidad insaciable y un amor profundo por el cine.

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¿Cómo te gustaría empezar?
Pues hablando de cine, ¿no? Ayer vi The Witch, protagonizada por Anya Taylor-Joy, y me gustó, la verdad.
A mí también me gustó The Witch, aunque luego El faro o The Northman me gustaron menos.
Robert Eggers en general me mola, es un director que me interesa mucho. El faro la vi hace bastante tiempo y tendría que volver a verla para decirte si me encantó o no. A veces me pasa que la primera vez que veo una película no me fascina, pero cada vez que la revisito me va gustando más. También me ha pasado lo contrario: ver una película que creía que me encantaba y, al volver a verla, que se me caiga un poco el mito. Te diría algún ejemplo, pero siento que, si lo hago, me estoy autoboicoteando… no quiero cerrarme puertas.
Va, seguro que algún ejemplo puedes decirme.
Pues me viene a la cabeza Toy Story. La recordaba como algo muy mágico y, al volver a verla, no me lo pareció tanto.
Quizá es que nos hemos hecho mayores…
Sí, y esa sensación es una auténtica putada.
¿Dirías que sueles tener opiniones muy tajantes?
Soy muy radical, sí, sí. Y me enfado conmigo mismo por serlo a veces, porque salgo del cine en plan: esto es la hostia. Es todo muy extremo. Y cuando discuto con alguien, claro, me lanzan argumentos que, cuando eres tan radical, te los tomas muy personales. Y lo mismo pasa al contrario: cuando algo no me gusta, no me gusta nada. Si una película me pega un viaje, es un placer absoluto; y si no pasa, hay veces que hasta me enfado.
¿Cuál es el último viajazo que te has pegado?
Amarga Navidad me flipó. Fue un gran viaje.
A mí me flipó también.
Tampoco te creas que soy un gran fan de Pedro Almodóvar. Con él me he pegado dos viajes impresionantes, y han sido con Dolor y gloria y Hable con ella. El resto de su filmografía no me flipa tanto, pero me demuestra constantemente que es un genio.
¿Te gustaría currar con él?
¿A quién no?
¿No te ha cogido para ningún cameo, como a Omar Ayuso?
No, a mí no me ha considerado “de la pomada” (Risas).
En el teatro sí que te consideran, porque vuelves a las tablas con El efecto.
Vuelvo al teatro con El efecto. Volvemos a Madrid del 15 de abril al 24 de mayo en el Teatro Marquina, y después seguiremos de gira. Me siento muy bien haciendo esta obra. Cuando haces teatro corres el riesgo de que el proyecto se alargue y acabes cansado, pero a mí no me está pasando. Está siendo una gran experiencia.
Tú tienes cierta práctica en interpretar durante largo tiempo al mismo personaje.
Totalmente. Y, por eso mismo, también tengo cierta práctica en aburrirme (Risas). Si eso pasa, terminas mecanizándolo todo y se convierte en una rutina. Pero yo la repetición la he intentado enfocar desde otro lugar: como una rutina actoral que me permite seguir investigando. Y, desde ahí, lo estoy disfrutando mucho más.

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¿Alguna vez te has sentido atrapado en un personaje que estabas interpretando por compromiso?
Joder, claro. Bueno… pensándolo bien, atrapado no sería la palabra, pero sí que me he sentido demasiado dentro de la comodidad. No estoy en una posición laboral en la que pueda escoger siempre los personajes que me gustaría hacer, así que, en mi caso, siempre hay cierto compromiso, también por una cuestión económica. No nos olvidemos de que hablamos de un trabajo, y como en todos los trabajos hay veces que te apetece más hacerlo y otras que menos. Yo hago castings y recibo respuestas afirmativas y negativas, como todo el mundo.
Hay muchos actores que han pasado décadas interpretando a un mismo personaje, y más ahora, con todos los revivals, ¿a ti te gustaría hacer lo mismo?
No, no me gustaría.
No mentías al decir que eres tajante.
Las etapas que se cierran, se deben quedar cerradas. Soy alguien que se aburre bastante de sí mismo, y por eso estoy constantemente probando cosas nuevas, desprendiéndome de gustos o costumbres pasadas e incorporando otras nuevas a mi vida. A veces echo la vista atrás y pienso: ¿pero qué coño estaba haciendo hasta ahora?
¿Cómo es eso de aburrirse de uno mismo? ¿No te consideras lo suficientemente interesante?
Yo me llevo muy bien conmigo mismo, pero eso no quita que muchas veces me harte de lo que hago. Tengo días en los que paso mucho tiempo hablando solo, soy muy intenso, me cuestiono constantemente y soy muy duro. Llego al final del día agotado de haber sido tan cargante conmigo mismo.
Pero también te divertirás…
La verdad es que, en general, me lo paso muy bien conmigo mismo. Soy muy buen amigo mío. Pero sí creo que hay días en los que es mejor desenchufar esa vocecilla interna.
¿Te consideras una persona sociable o más bien alguien solitario?
Me considero bastante sociable, pero este último año me he dado cuenta de que también soy más solitario de lo que pensaba. Me gusta hacer cosas solo, estar tranquilo en casa a mi aire o con mi pareja. En esos momentos aprovecho para leer mucho, ver cine y trabajar.
¿Qué estás leyendo ahora mismo?
La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Es un libro que recuerda un poco a ese imaginario tipo backrooms, como la película que va a estrenar A24. Parte de una idea muy inquietante: en una casa aparece una puerta que antes no estaba, y esa puerta conduce a un espacio que cambia constantemente, crece, se encoge, se deforma. Aparecen escaleras, estructuras… todo en un ambiente muy oscuro, casi infinito. La novela no da una explicación clara de ese espacio, y además está narrada de una forma bastante particular, con varias voces que van construyendo la historia. Es un libro muy extraño, bastante largo, unas seiscientas páginas, y muy experimental, con un componente también bastante reflexivo.
¿Te suelen gustar las lecturas tan enrevesadas?
Me compré La casa de hojas porque escuché cómo lo recomendaba Esther García Llovet, que además acaba de lanzar su nueva novela.
No la he leído, pero Los guapos está en mi lista para este año.
Para leer lo de Danielewski hay que echarle huevos, ¿eh? Es un buen mazacote.
¿Sigues teniendo el ejemplar de El exorcista que te presté? Era una edición muy bonita.
¡Joder, sí que lo tengo! Además, te lo podría haber traído.
¿Te lo has leído?
Te confieso que no… ¡Es que me da miedo leérmelo!

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¿Pero cómo te va a dar miedo leerlo? ¡Si seguro que has visto la película!
Sí, sí la he visto, pero me han dicho que el libro acojona mucho más. Aun así, te juro que es el siguiente en mi lista. Además, me viene muy bien porque me apetece escribir una historia de terror.
¿De qué trata, si se puede saber?
Está todavía en una fase muy prematura, apenas he empezado a darle forma.
Ya sabes que el terror siempre tiene unos rasgos bastante reconocibles…
Ya, pero me da miedo contarte algo por si me roban la idea.
¿Maldición, asesino en serie, fantasmas…?
Trata sobre un pacto con el diablo.
¿Al estilo de El corazón del ángel? Me encanta Mickey Rourke en esa película.
No, no te puedo dar más pistas… ¡Que esto queda grabado!
¡Qué exagerado! (Risas). ¿Cuándo surgió la idea de escribir esta historia?
La tenía desde hace tiempo. Acabo de terminar el tratamiento de una película en la que llevo mucho trabajando y ya he empezado a moverlo. Y esta nueva historia llevaba tiempo rondándome la cabeza, así que quería ponerme con ella.
¿Has escrito una película?
Más bien una primera versión de guion, o una memoria del proyecto para empezar a moverlo. Tiene algo de ciencia ficción.
¿Tienes en mente a alguien para el papel protagonista?
No tengo ni idea, entre otras cosas porque los personajes principales son niños.
Desde que te conocí, tenía la sensación de que en algún momento ibas a dar el salto a la dirección. Se intuye que te gusta mucho el cine.
No sabría decirte exactamente cuándo surgió la idea de montar todo esto, pero sí, me gusta demasiado el cine. Y creo que a todos los que nos gusta tanto, en algún momento nos pica el gusanillo de contar una historia. Eso es justo lo que estoy sintiendo ahora. Y yo, cuando me propongo algo, voy a por ello de verdad. Sabía que la escritura era una parte clave para desarrollar un proyecto así, así que empecé a formarme. Yo ya tenía bastante formación como actor, y haber pasado tanto tiempo en rodajes me ha dado cierta noción de lo que ocurre detrás de las cámaras. Pero la escritura era lo que más lejano veía, lo menos intuitivo para mí. Hice un par de másteres de guion y me obligué a empezar a escribir, aunque al principio fuese más como un hobby. El corto que acabo de rodar ha sido el primer paso real en este camino detrás de las cámaras. Ya está terminado y estamos empezando con su distribución.
¿Has dirigido un corto?
Me cuesta explicarlo, porque cuando intento contar de qué trata siento que la idea se diluye un poco. Pero, si tengo que resumirlo, diría que es la historia de una adolescente de doce años que intenta recuperar a su exnovio en pleno funeral de su abuelo.
¿Novio con doce años? Qué niños más precoces.
(Risas). ¿Recuerdas que te dije que hice un par de másteres de guion? Pues la idea salió de un ejercicio en uno de ellos. Yo quería contar algo sobre adolescentes hablando de sexo en un funeral, porque la situación me parecía completamente irreverente y gamberra. A partir de ahí fui desarrollando la trama, alimentándola mucho desde el capricho, desde lo que a mí me apetecería ver como espectador. Y así nació todo.
¿Cómo ha sido la experiencia?
Estoy satisfecho con la experiencia en general. No lo digo de forma tajante porque ha sido un camino difícil: de insistir mucho, de no disponer siempre de la capacidad suficiente para hacer exactamente lo que quieres, de enfrentarte a que es la primera vez y, por lo tanto, sabes que vas a cometer errores. Toda esa suma de factores resulta bastante frustrante, y tienes que aprender a aceptar y encajar que, quizá, el resultado, no solo el cinematográfico, sino también a nivel profesional, no va a ir exactamente por el camino que tú habías imaginado. Tienes que saber lidiar con eso y, sobre todo, ser flexible.

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Debió de ser muy especial ver el corto terminado por primera vez.
¿Sabes lo que pasa? Que lo he visto tantas veces en distintas etapas que no ha habido una sensación única. La primera vez, de hecho, me llevé las manos a la cabeza. Cuando el montador hizo una primera versión, me acojoné porque no tenía nada que ver con lo que yo quería contar. Pero claro, eso forma parte del proceso: le das libertad para que encuentre cosas y luego llega ese primer choque. En este caso tuvimos que hacer un montaje intenso para solucionar planos que no dio tiempo a rodar, mal enfocados o distintos imprevistos. Además, el rodaje fue muy exigente: dos días a toda hostia y desplazándonos a una iglesia en Guadalajara para un funeral. Eso implicaba bastante figuración, lo que añade complejidad para ser un corto. A partir de ahí fuimos dándole forma, trabajando mucho el montaje y también el sonido, que es determinante. Ha sido un proceso de ir redescubriendo la pieza poco a poco. De tanto verlo ya no sé qué tengo delante. Ahora mismo creo que estoy contento, pero he perdido la noción. Necesito dejar de mirarlo con lupa y que lo vean otras personas.
¿Quién fue la primera persona ajena al corto que pudo verlo?
Pues mira, la primera persona que tiene sentido mencionar, porque es alguien a quien la gente puede ubicar y que lo vio al margen del equipo, fue Fernando Franco.
¿El director de cine?
Sí, le enseñamos el corto a gente externa, incluido Fernando, en un momento en el que estábamos bastante perdidos en el montaje, antes de dar con la tecla que vertebró la pieza. Por eso, el feedback que recibíamos entonces era más de hacer pruebas, no uno definitivo sobre la obra actual. De hecho, aún no he tenido feedback externo de la versión final y te digo que me da bastante miedo. Cuando lo enseño, prefiero no estar presente. Como actor me pasa igual: me cuesta muchísimo verme. Seguramente sea que me juzgo demasiado, pero no puedo, de verdad que no puedo.
¿Y cuando acudes a la premiere de una de tus películas?
Lo llevo fatal, la verdad. No sé… Tengo ganas de que llegue el momento en el que haga un trabajo y diga, buah, me apetece ver esto, y lo vea. Porque también me ha pasado de tener ganas de verlo, hacerlo, y pensar: adiós. Me gustaría poder verlo y decir qué gusto, me gusta verme. Pero eso, hasta ahora, no me ha pasado.
¿No hay ninguna de tus actuaciones con las que te sientas satisfecho?
Te lo juro, no podría decirlo. Te mentiría si lo hiciera. No me sale, no sería honesto. No sabría decirte ninguna.
Estoy seguro de que en el teatro hay cosas de ti como actor que te han sorprendido.
Sí, o en momentos muy concretos de mis películas o series, como en algún plano secuencia. Son más bien hallazgos, momentos de goce. En teatro, sobre todo durante la preparación y los ensayos de La otra bestia, he sentido una conexión muy fuerte con lo que estaba haciendo. Momentos en los que, de alguna manera, vuelo. Esos instantes de vuelo poético, de encontrar sensaciones abstractas muy difíciles de explicar, son los que hacen que todo merezca la pena. No te sabría decir si una función o un proyecto en concreto ha sido el mejor, no funciona así para mí. Lo importante es que hay momentos dentro del proceso que hacen que todo cobre sentido.
¿No crees que alguien con unas opiniones tan tajantes como tú debería aprender a recibir las opiniones ajenas?
Ese es el tema. Por eso necesito dejar de ser tan radical con las opiniones de los demás, para no serlo también con las mías propias.
Has mencionado tu trabajo en La otra bestia, donde Teo Planell y tú compartíais el mismo personaje en funciones alternas. ¿Cómo trabajaste dadas esas circunstancias?
La intención era que cada uno desarrollase su propia propuesta y para mí fue una buena decisión. No compartíamos tanto el proceso. Sí es verdad que, precisamente por eso, cuando de repente nos dábamos feedback o yo veía algo suyo, podía resultar un poco contaminante.
Pensaba: ¿en qué punto del proceso está él? Creo que, para poder dar una opinión válida en lo actoral dentro de un trabajo, tienes que estar dentro del proceso. Tienes que conocerlo bien, porque la actuación es muy volátil. Y en el teatro, aún más: un día puedes estar más afinado y otro menos. También es importante conocer al equipo con el que estás trabajando para poder opinar con criterio. Si no, puede resultar un poco… delicado. Por eso creo que las opiniones hay que darlas en su justa medida.
Pensaba: ¿en qué punto del proceso está él? Creo que, para poder dar una opinión válida en lo actoral dentro de un trabajo, tienes que estar dentro del proceso. Tienes que conocerlo bien, porque la actuación es muy volátil. Y en el teatro, aún más: un día puedes estar más afinado y otro menos. También es importante conocer al equipo con el que estás trabajando para poder opinar con criterio. Si no, puede resultar un poco… delicado. Por eso creo que las opiniones hay que darlas en su justa medida.
¿Qué ha sido diferente en El efecto? ¿De qué manera recibes el feedback de tus compañeros?
Entre Elena Rivera y yo ha habido muchísimo intercambio y consejos, pero siempre creando a la vez, probando cosas juntos. Pasábamos texto y, desde ahí, surgían ideas de forma muy orgánica. Por su parte, Alicia Borrachero es una maestra con un ojo increíble; nos daba indicaciones muy precisas, como “probad a reíros mucho aquí”, que abrían nuevas posibilidades. Fran Perea también tiene muy buen ojo. Además, al tener papeles más de observadores, tanto Alicia como él podían ofrecernos una perspectiva distinta y muy valiosa.
¿Cómo fue la primera vez que os juntasteis Elena, Alicia, Fran y tú?
Fue guay. Sí que es verdad que a mí me pilló en un momento personal un poco raro, porque me pasó una cosa familiar y estaba algo descolocado. Llegué a esa primera lectura sin saber muy bien dónde estaba. La recuerdo un poco borrosa en ese sentido, pero, aun así, fue una buena experiencia. El texto es muy divertido de leer y daban muchas ganas de ponerlo en pie enseguida. Me quedo con eso: con la sensación de entusiasmo, de que todos teníamos muchas ganas de empezar a trabajar.
¿Dirías que eres una persona que se lleva lo personal a lo profesional y viceversa?
¿No crees que eso nos pasa a todos? Pero los actores, especialmente, tenemos que tener cuidado, porque trabajamos con nuestro cuerpo de una manera muy íntima. Hay que escucharse mucho, saber cuándo acelerar y cuándo parar.
¿Has aprendido a hacerlo?
Creo que voy entendiendo poco a poco cómo funciona esto. Al principio no tenía esa sensación de riesgo de pensar que mi cuerpo, mi instrumento, es importante. Hoy la profesión está bastante banalizada: hay tanta producción que muchas veces los actores nos convertimos en brazos ejecutores. Yo mismo estuve mucho tiempo en una serie y acabé mecanizando, olvidando la magia real del cuerpo. He pasado por varias etapas: los descubrimientos del principio, una época más mecánica y ahora, que soy más maduro y me han pasado más cosas. Ahora afronto la profesión desde un sitio más humilde. Es un proceso de crecimiento. Ahora soy consciente de que el instrumento es delicado y hay que cuidarlo. Y si lo cuidas, puedes llegar a hacer cosas importantes.

Full look JAVIER GUIJARRO.
