Incontables artículos se habrán escrito sobre el éxito de
Ca7riel y Paco Amoroso. Algunos tildaron ese boom de un golpe de suerte, una bendición algorítmica acompañada de una sobresaliente performance acústica que los puso en el mapa para la mayoría del público. La extravagancia de sus letras y su visión única sobre el amor y el tabú lograron que, en escasos meses, pasasen de la sala al estadio. Por lo que pudimos observar en su vuelta al Movistar Arena de Madrid, aquella viralidad que les otorgó Tiny Desk no fue mera casualidad. El dúo argentino despunta en una tarima que, pese a su extensión, parece quedársele pequeña.
Una excéntrica clínica estética se plasma en el escenario. Dos sillas ocupan el centro de la tarima y, al fondo, una escalinata rodea la banda y promete llenarse de gente vestida con túnicas blancas. A lo largo del tour, esas escaleras se han llenado de gente de la industria, artistas y celebridades. ¿Os suena esta fórmula? Bueno, este tema da para otro artículo. La idea del Free Spirits World Tour, el nuevo viaje del dúo por los escenarios, es tratar de satirizar la belleza exterior, haciendo énfasis en la importancia de la estética interior. Vaya, quererse a uno mismo, limpiar la mente antes que el cuerpo. Esa búsqueda eterna por alcanzar el canon no es solo un problema actual sino que está presente en la vida, nos guste o no, de la mayoría de nosotros.
El show, dividido en cuatro actos, tiene una estructura digna de una obra teatral. Incluso nos muestra en las pantallas el porcentaje completado de cada acto, algo que no convence a todos los asistentes. Durante uno de los cambios de vestuario, un breve descanso entre las dos horas de puro frenesí, oí a un adulto que acompañaba a su hija decir: “Ponen ahí lo que queda como si quisiésemos saberlo”. Pero cuesta mantener la vista en los visuales con la cantidad de cosas que están pasando a ras de suelo. La explosión de energía es palpable desde No me sirve más, la primera canción del show. El público grita las letras, bota al son de los ritmos y, por más o menos enérgicas que fueran las canciones, parecía que no iba a parar. El primer acto es breve, una presentación de la propuesta del dúo con pequeñas intervenciones de una doctora que enuncia las distintas “fases de purificación”. Ella se dedica a conducir el concierto y aparece al final de cada canción para indicar en qué parte del acto nos encontramos.
Uno de los puntos más fuertes del show es lo bien que se presenta ante el público. Cada parte tiene sentido, nos dirige hacia una conclusión y refuerza de manera excelente la idea detrás del proyecto que sostiene este tour. El segundo acto, algo más introspectivo, trabaja las letras más serias y reflexivas del repertorio. Hasta Jesús tuvo un mal día supone un cambio de ritmo en el concierto. Ca7riel y Paco Amoroso se sientan al borde de la tarima, se acercan a su público y se sinceran en sus letras sobre todo lo que ha cambiado estos últimos años. Hay incluso, para mi sorpresa, autocrítica sobre cómo se han tomado este éxito. Aun así, el amor prevalece ante otros temas y es ese cariño al prójimo el que más se estila durante el transcurso del concierto.
Cuando se sientan en aquellas dos sillas que se nos presentaron al inicio del show, el dúo hace protagonista a la banda. Las versiones acústicas del Tiny Desk suenan a máxima potencia y las sentimos más cerca que nunca. Baby Gangsta es uno de los momentos de la noche, en el que el público se rinde ante los dos argentinos que, por segunda vez en dos años, coronan su paso por España en el Movistar Arena. En este tercer acto me doy cuenta de lo que contagia la música de estos dos a su público. Son libres en su sonido, en sus letras y en cómo se comunican con sus fans. Su manera de tratar algunos temas puede parecer infantil, pero es solo una capa sobre la que debemos rascar para entender qué nos quieren decir.
El talento es innegable y casi parece que lo que hacen les sale solo. Ca7riel, en un momento de éxtasis, nos deleita con un solo de guitarra eléctrica que retumba en todo el estadio. Cuando parecía que el público se desinflaba por la energía y el esfuerzo, lograban reconducir el show hacia un nuevo punto. El cuarto y último acto es el ejemplo perfecto de este logro. Se apagan las luces; los rayos y los faros LED alumbran el centro del escenario, donde colocan una mesa de sonido. Para despedirse de todos los asistentes, Ca7riel y Paco Amoroso prometen poner un broche de oro a la noche. Suenan himnos de su discografía como Culo con caca (sí, creedme, suena bien) o Beto’s Horns, junto al gigante de la electrónica Fred again...
La fiesta no parece acabar, el porcentaje de las pantallas se desborda y, aunque nos hayan dado todo, el dúo parece negarse a parar. Cierran con El himno del mediocre, tema con el que el público pierde los papeles y decide dar un último tirón de esfuerzo antes de volver a casa. Se despiden y saludan a la banda, que recibe una ola de vítores por parte de los fans. Paco Amoroso baja al foso para abrazar a los asistentes más fieles de la primera fila, que lo reciben como a un mesías. Ca7riel decide que, hasta que no le apaguen el micrófono, no va a abandonar a su público y sigue cantando ante miles y miles de personas.
Solo imaginad la sensación de que, tras bordar un show de más de dos horas, veáis que la gente sigue coreando vuestras canciones aun con las luces encendidas. Bueno, lo que consiguió el dúo argentino en el Movistar Arena no se puede llamar casualidad. Este talento no se ve todos los días, y menos en dos jóvenes que no solo cantan, sino que proyectan una cruda realidad y transmiten un mensaje que cada vez se siente más necesario: la belleza emerge cuando nos queremos a nosotros mismos y a quienes tenemos cerca.