Al parecer, un concierto termina cuando se apagan las luces, la artista abandona el escenario y el público empieza a salir del recinto. Pero el de Valeria Castro en el Palau Sant Jordi de Barcelona demuestra que no siempre es así. Hay emociones que no se quedan entre las paredes de una sala, sino que te acompañan mucho después del último acorde. Una despedida de gira hecha de canciones, memoria, vulnerabilidad y mucho amor.
Hay algo especialmente bonito en ver a una mujer volver a encontrarse consigo misma. Y quizá eso fue lo que hizo tan especial esta última noche: que, más allá de la música, sobre el escenario había una historia de superación, de límites, de heridas que empiezan a mirarse con ternura y, sobre todo, de una mujer orgullosa de haber llegado hasta aquí. Después de un año marcado por un parón y por la necesidad de aprender a escuchar el cuerpo, Valeria se despedía de esta etapa con un discurso que atravesaba mucho más que las paredes de la sala. Hablaba de lo vivido, de lo que cuesta detenerse y de esa necesidad de mirar con cariño una piel que, a veces, no hemos sabido tratar con la delicadeza que merece. “El cuerpo queda lo suficientemente entero para todo lo que merece la pena”, afirmó. Una idea que cobra otra dimensión cuando se escucha de alguien que ha tenido que aprender a parar. Porque no siempre se trata de llegar hasta el final intacta. A veces, llegar ya es muchísimo.
Y Valeria llegó. Con la emoción a flor de piel, con la voz abierta y con esa mezcla de fragilidad y seguridad que hace que resulte tan difícil apartar la mirada. La música, en Valeria, nunca parece querer imponerse. Todo se coloca a su alrededor para dejarla respirar. La banda acompaña, sostiene y conversa con ella, pero es la voz la que marca el camino. Una voz al desnudo que no necesita esconder sus pequeñas imperfecciones ni disfrazar sus quiebres. La puesta en escena seguía esa misma filosofía: orgánica, cálida, delicada y sin artificios innecesarios. El blanco de su vestuario, la iluminación y esa manera tan espontánea de moverse por el escenario dibujaban una atmósfera casi doméstica. También había sudor, movimiento y mucha verdad. Porque no se trata de estar siempre perfecta, como tantas veces nos han enseñado que debemos estar. Se trata de poder ser. Y Valeria era ella misma.
Hubo momentos en los que el Palau Sant Jordi pareció hacerse mucho más pequeño. Como si miles de personas hubieran dejado de compartir un pabellón para reunirse en un mismo salón. La guitarra, tan presente durante la noche, se convirtió en un símbolo de sus raíces y de su manera de entender la música. También la silla, ya parte de su imaginario, acompañó algunos de los momentos más especiales. Sentada, sin grandes artificios, Valeria interpretó Devota, utilizando incluso la guitarra como instrumento de percusión. Y allí, en esa sencillez, volvió a demostrar que no necesita demasiado para llenar un escenario. Cada instrumento encontraba su lugar en una banda que se sentía como una pequeña familia musical. Con Campi Campón al frente de la dirección musical y la producción, las canciones respiraban con naturalidad. Valeria quiso detenerse también para agradecer a sus músicos, dedicándoles unas palabras a cada uno. Un gesto bonito que recordaba que detrás de cada canción y de cada escenario hay muchas personas compartiendo el mismo camino.
Si había un encuentro capaz de hacer todavía más especial aquella despedida era el de Valeria con Sílvia Pérez Cruz. Había hablado de ese deseo de compartir escenario con su artista favorita, de esos sueños que una guarda dentro y que, cuando por fin suceden, cuesta incluso terminar de creer. Y aquella noche se hizo realidad. Juntas compartieron un momento de una sensibilidad especial en el que las voces no competían, sino que se escuchaban. También María de la Flor y Meritxell Neddermann se sumaron para interpretar Hoxe, mañá e sempre, antes de que La corriente abriera una pequeña ventana a otros sonidos.
Hay canciones que hablan de una misma y otras que, sin dejar de ser personales, terminan perteneciendo a muchas personas. Guerrera es una de ellas. Dedicada a su madre, a su abuela y a todas esas mujeres que han seguido adelante incluso cuando la vida no se lo ha puesto fácil, la canción adquirió una dimensión especial en una noche atravesada por la memoria y la herencia. “Soy lo que soy, canto lo que canto por las que han venido antes, por las que he escuchado”, decía Valeria emocionada. En esa idea cabe buena parte de la esencia de la artista: la conciencia de que una no empieza de cero, de que hay voces anteriores que nos acompañan y que también cantan cuando abrimos la boca.
Hacia el final de la noche hubo otro gesto que resumió muy bien su relación con el público: despojarse del micrófono y cantar directamente a quienes tenía delante. ¿Qué puede haber más íntimo que eso? Sin nada que se interponga entre una voz y quienes han venido a escucharla. El público tampoco fue un simple espectador. Hubo personas que se levantaron para arroparla, que permanecieron de pie acompañándola, como si quisieran devolverle un poquito de todo lo que ella había entregado durante la noche.
Durante toda la noche hubo algo de flor en Valeria. Quizá por el blanco, por la delicadeza de sus movimientos o por esa manera de abrirse sobre el escenario sin dejar de ser ella misma. Pero también por lo que representa una flor: la belleza de crecer, la necesidad de cuidado y la capacidad de volver a florecer después de atravesar temporadas difíciles. Una flor que no necesita estar siempre en su mejor momento para seguir siendo bonita y a la que también hay que dejar descansar, regar y cuidar.
Quizá por eso resultó tan significativo escucharla hablar de sus límites, de mirar con ternura esa piel que durante un tiempo no había podido mirar así. La música puede ser oficio, pasión, herencia y vocación, pero también un bálsamo invisible. Algo que acompaña sin hacer ruido y que, sin prometer curarlo todo, consigue que durante un rato pese un poquito menos. El último concierto tuvo algo de círculo que se cierra. Valeria necesita ahora poner la música en pausa, escribir, encontrar palabras nuevas y preparar canciones que merezcan la pena. Nos quedamos con sus canciones, con la guitarra, con la silla, con las voces que se encontraron y con la imagen de una artista que no intentó esconder ninguna de sus partes. Ni la fragilidad ni la fuerza. Ni las cicatrices ni la alegría. Todo convivía en ella.
Después de todo, seguimos aquí. Y quizá eso sea lo que mejor resume esta despedida: no haberlo hecho todo perfecto, sino haber llegado hasta aquí siendo una misma. A veces, lo más valiente que puede hacer una artista es bajarse del escenario durante un tiempo. Y lo más bonito que puede hacer su público es dejarla ir sabiendo que, cuando vuelva, no tendrá que demostrar absolutamente nada. Solo tendrá que volver a ser ella.
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