La última noche del Sonorama Ribera 2026 arrancó con una mezcla de ganas de recuperar el sueño perdido durante estos cuatro días y la pena de saber que pronto tocaría volver a la realidad. A la mañana siguiente habría cita obligada en el pueblo, pero ya se intuía que más de uno no daría señales de vida. Tocaba aprovechar lo que quedaba.
Cuando llegamos al recinto sonaba La raíz, de Valeria Castro. La canaria conseguía mover hasta a quienes esperaban a Belén Aguilera en el escenario contiguo. El espacio tardó algo en llenarse, así que todavía había hueco para quienes tenían ganas de bailar. Costó un poco entrar en calor, pero, a medida que caía la noche, el concierto fue ganando intimidad, especialmente con Soledad, dedicada a su difunta abuela. Acompañada de seis bailarinas y una banda íntegramente femenina, ofreció probablemente uno de los shows más cuidados de la jornada a nivel escénico.
También hubo tiempo para reivindicar la importancia de Aranda de Duero, algo que muchos artistas han remarcado estos días. Y es que esta tierra tiene algo especial. De aquí han salido Drummie, productor y miembro de Rusia IDK; Sam Gold, guitarrista de Ralphie Choo; Barry B... Son conexiones que se extienden hasta algunos de los nombres más destacados del cartel, como Rusowsky.
Algo antes de cerrar, salimos corriendo para llegar a tiempo a Aluo. El grupo valenciano nos recibió con una bulería psicodélica y una estética retrofuturista. Sonaron temas inéditos junto a otros de Cerebros electrónicos, su primer EP.
Al terminar, nos acercamos a ver a La M.O.D.A. desde las pantallas, como no podía ser de otra manera. El concierto ya estaba en su segunda mitad y el público había calentado de sobra. La banda respondió con una ráfaga de sus canciones más escuchadas: Los tiempos que vivimos, No te necesito para ser feliz, PRMVR, 1932... Para cerrar, sonaron Héroes del sábado y Mañana voy a Burgos, dos títulos que describían la realidad de muchos.
Acto seguido fuimos a ver a Al Safir, que, como ya había ocurrido en menor medida con Depresión Sonora, concentró a un público que parecía pertenecer a un festival distinto al del resto de la jornada. Quizá por eso, los presentes fueron de los más entregados de la noche. Amenazó con terminar con Blow up, pero el cierre llegó con Moonlight’s puppet remix, que dejó ver el alivio en la cara de más de uno.
Tras este encadenamiento de conciertos, nos fuimos a reponer fuerzas. Aún nos esperaba uno de los nombres que más ansiábamos de la noche: El Mató a un Policía Motorizado. Llegamos con tiempo y, aun así, ya había congregado a unos cuantos fieles. Pronto sonó La noche eterna, con la que comenzó el repaso a La síntesis de O’konor. La más sonada, El tesoro, llegó a mitad del concierto, en lo que pareció una declaración de intenciones: estaban allí por quienes de verdad habían venido a escucharlos.
La última parada fue Ojete Calor. Extremismo mal y Opino de que gastaron nuestras escasas reservas de energía. También hubo versiones de antiguos clásicos, que recuperaron ese espíritu de verbena que, de una forma u otra, ha acompañado al Sonorama durante estos días. El festival todavía tenía una jornada por delante, pero ya tocaba despedirse de los grandes escenarios. Al día siguiente quedaba volver al pueblo, exprimir los últimos conciertos y cerrar así cinco días de absoluto compromiso con la música.

Belén Aguilera

La M.O.D.A.

Ojete Calor

Valeria Castro

