Después de cuatro días, el Sonorama Ribera 2026 se despedía con una jornada más tranquila y con todos los conciertos concentrados en el pueblo. La mayoría ya había recogido la tienda de campaña, así que Aranda amaneció bastante más despejada que durante los días anteriores. Aun así, todavía quedaban algunos fieles dispuestos a estirar el festival hasta el último momento.
Nuestra primera parada fue la Plaza de la Sal, donde tocó Drugos en lo que parecía casi una reunión de amigos. Allí se mezclaban los vecinos con quienes aún no querían quitarse la pulsera. Sin grandes aglomeraciones ni demasiadas prisas, el grupo fue ganándose a quienes se acercaron hasta que llegó Siento que estoy levitando, momento en el que las agujetas parecieron dar algo de tregua.
La excepción estaba en la Plaza del Trigo. Allí sí se había concentrado una buena cantidad de gente para esperar a la última sorpresa del festival. Y, barriendo para casa y sin intención de ocultarlo, apareció La M.O.D.A. La banda burgalesa volvió para repasar algunos de los temas que ya habían sonado la noche anterior, esta vez con la participación de Leiva para cantar Subiendo como el Chava Jiménez. El público respondió como era de esperar y convirtió la plaza en el último gran punto de encuentro antes de que tocara pensar en la comida y en la retirada definitiva.
Que este festival siga apostando por los artistas emergentes es una de sus mayores virtudes. En un cartel cada vez más grande, conseguir que nombres que todavía no han encontrado su público compartan espacio con artistas consolidados sigue siendo una buena manera de apoyar la música. Pero crecer también obliga a hacer equilibrios y, de vez en cuando, aparecen propuestas que parecen responder más al objetivo de atraer a otras audiencias que al de completar un cartel fiel al espíritu del festival.
No obstante, son excepciones dentro de una programación que, por encima de todo, sigue teniendo claro a quién quiere hablarle. El Sonorama sigue siendo un festival para los amantes del indie y de esa mezcla entre conciertos, pueblo y verbena que no es fácil de encontrar. Cinco días después, el cansancio pesa y cuesta recordar qué concierto fue qué día, pero también queda la sensación de haber exprimido Aranda hasta el último minuto. El año que viene, más.

