Tony es una película ‘pequeñita’ que quizás pase desapercibida para muchos. Está protagonizada por Dominic Sessa en el papel de un joven Anthony Bourdain que tiene como mentor a un Antonio Banderas divertidísimo (y que claramente se divierte) en el papel de chef. Dirigida y coescrita por Matt Johnson, el filme relata los comienzos de Bourdain en el mundo de la cocina en un pequeño pueblo costero de Massachusetts, y su desarrollo no solo como cocinero sino como persona.
Tony es un Bildungsroman, una historia de aprendizaje o, como el propio personaje lo llama, un “Bildín Roman”. Pero, además de esto, es una futura película de culto: me la imagino dentro de quince años como uno de esos títulos que los estudiantes de cine creen haber sido los únicos en descubrir y mencionan para hacerse los interesantes. Y esto no lo digo en tono jocoso; es un halago, y uno muy grande.
Esta película es de las que cambian vidas. A mí no, desde luego, pero creo que si se ve en el momento adecuado puede conseguirlo. Es como leer El guardián entre el centeno. De hecho, es bastante similar porque Holden Caulfield recuerda al joven Bourdain: es un idiota inmaduro, egocéntrico y narcisista al que le coges cariño porque, en el fondo, es un pobre chaval que todavía no tiene idea de nada. Bourdain tampoco sabe nada aunque encuentra el amor y la espiritualidad, y lidia con la frustración, el fracaso, el abuso de sustancias y la estricta rutina de un restaurante para turistas. Pero también descubre algo.
Tony es una obra que se puede encasillar dentro de las feel-good movies, aunque resulta algo más caótica, cruda y dura de lo habitual. Aun así, el resultado es el mismo: que todo acabe bien —en esta ocasión, tras generar continuos problemas con cada pequeña acción— con un final feliz. Tristemente, Bourdain no tuvo un final tan feliz como el de su biopic: se quitó la vida en 2018 a los sesenta y un años.
Esto le hubiera chocado, y le chocó, a cualquiera que lo conociese. De hecho, el suicidio le choca al propio personaje en un breve diálogo que puede pasar desapercibido, pero que supone una de las escenas más trascendentales de la película. Bourdain era una persona tremendamente vitalista y, aunque suene a topicazo, amaba la vida.
Tony quizás, desde lejos, no da esa impresión, pero también ama la vida. Vemos cómo Bourdain descubrió la cocina y la pasión que tomó el control del resto de sus días. Quizás a alguien le cambie la vida, quizás no, pero merece la pena sentarse dos horas a ver Tony para que, tal vez, una pasión olvidada en el fondo de la cabeza vuelva a tomar el control.
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