Saber qué esperar de una película de Nicolas Winding Refn nunca es fácil. Her Private Hell, que se estrena en España el 9 de octubre, se presenta como la historia de un asesino en serie que acecha una metrópolis futurista envuelta en una misteriosa niebla, pero definirla así se vuelve casi imposible. A ratos es un thriller; en otros, ciencia ficción, una comedia absurda, una distopía o incluso un cuento de hadas retorcido. Una escena te hace reír y la siguiente te deja completamente en tensión. Como suele ocurrir con Refn, nada parece diseñado para ofrecer una única interpretación.
La película también marca el regreso de Refn a la gran pantalla tras diez años de ausencia: es su primer largometraje desde The Neon Demon (2016). Sin embargo, más que una vuelta a algo familiar, Her Private Hell se percibe como una acumulación de las obsesiones del director: violencia, deseo, belleza, miedo y el subconsciente, todo ello situado en algún punto entre la realidad y la fantasía.
En el centro de todo está Elle, interpretada por Sophie Thatcher. Bajo la violencia y el exceso, la película explora una compleja relación padre-hija y la sensación de nunca ser suficiente. Familia, deseo y resentimiento comienzan a entrelazarse, sin que Refn nos diga nunca exactamente cómo debemos interpretarlos. Y ahí es donde vive Her Private Hell. No en la misteriosa niebla, en la violencia ni en la extraña ciudad que rodea a Elle, sino en algún lugar dentro de ella. La película difumina constantemente la línea entre lo que sucede y lo que sus personajes podrían representar, dejando a sus figuras abiertas a múltiples interpretaciones. Un asesino no tiene por qué ser solo un asesino y el infierno no tiene por qué ser necesariamente un lugar.
La niebla no hace sino reforzar esa incertidumbre. Borra los límites de la ciudad y hace casi imposible comprender dónde, o incluso cuándo, estamos. Sabemos que se trata de una especie de futuro, pero no sabemos con exactitud qué tan lejano es. Todo parece suspendido en algún punto entre la realidad, el sueño y la pesadilla.
Por otra parte, uno de los elementos que más transforma Her Private Hell es su música. Las composiciones de Pino Donaggio no se limitan a acompañar las imágenes; las guían. Combinadas con los planos largos y los movimientos deliberadamente coreografiados, hacen que la película se sienta más cercana a una ópera o una representación teatral que al cine convencional. Esa teatralidad se vuelve esencial para la película. Estéticamente, Her Private Hell es, sin duda, un acierto. Refn crea un mundo hipnótico, cuidadosamente construido y del que resulta difícil apartar la mirada.
La narrativa es una cuestión más compleja: está tan profundamente arraigada en el simbolismo y en el subconsciente que, por momentos, su ambigüedad parece alejar al espectador en lugar de acercarlo. El director deja tanto espacio para la interpretación que algunas ideas terminan perdiendo fuerza antes de llegar a desarrollarse por completo. Refn no parece demasiado interesado en que todas las piezas encajen, sino en construir una experiencia que cada espectador deberá interpretar por su cuenta.
Puede que no todas las ideas lleguen a desarrollarse con la misma fuerza, pero reducir Her Private Hell a una película sobre un asesino en serie ignora gran parte de lo que la hace interesante. Todo gira, de una forma u otra, en torno a Elle. Quizás el título sea la pista más clara que nos da: no estamos simplemente presenciando un descenso al infierno. Estamos presenciando el suyo.