Enrique Tena Padilla, mejor conocido en el circuito como Escuby, se define como un hacedor de “contrabando cultural”, un selector que se toma el tiempo de dejar correr las canciones hasta el final para que la gente entre en catarsis y, además, un tauro excéntrico de un metro noventa y tres que creció entre rollos de tela y la escena punk de Los Ángeles.
A propósito de Kalesar, su colaboración con Cancino, una pizza inspirada en la clásica ensalada César tijuanense que estará disponible durante todo el mes de julio, nos juntamos para platicar sobre la migración, la resistencia a la inmediatez, su estudio rescatado de los incendios y por qué el toque final de la vida siempre lo pone uno mismo.
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Para quienes apenas van entrando a tu universo, te describes como alguien que hace “contrabando cultural” antes que como alguien que solo hace música. ¿De dónde viene eso?
Siempre tengo una espinita de ser lo más punk posible porque mi contexto viene de ahí. Produje y trabajé con muchas bandas de punk durante mis años en Los Ángeles. Aunque mi proyecto ahora sea más de ‘amor y paz’, me gusta explorar caminos que no todo el tiempo son populares. Para mí, la música que toco es una conversación cultural. Este contrabando consiste en ponerme a escuchar todas las canciones de las que me pueda acordar para, en el momento correcto, entregárselas a ustedes y que digan, ¡ah, esa es mi rola!
Creciste entre México y Los Ángeles, un choque cultural intenso. ¿Cómo convive el ADN de ambos lados en lo que haces?
Cualquier migrante experimenta un torbellino de emociones. Yo me fui a trabajar en la música que me gustaba desde niño, pero lo que me hacía diferente de los otros mil niños que querían lo mismo era mi background, el hecho de ser mexicano. Quizás de morro, como rockero indie en México, uno trata de negar esa carga cultural gigantesca, pero allá me conecté mucho más con ella porque era lo que me hacía proponer ideas diferentes. En ciudades como L.A. hay una conversación constante sobre qué es la cultura mexicana y la chicana, nos mezclamos mucho.
Tu estudio en Los Ángeles, conocido como El Cubo, tiene un lore increíble. ¿Cuál es su historia?
Es una pieza hecha por dos artistas de un colectivo llamado Los Hijackers (Julio César Morales y Eamon Ore-Giron) para Apariciones fantasmales, una de las exhibiciones de arte chicano más grandes de la historia. Años después la reconstruimos en el patio de un amigo en Pasadena y fue mi estudio durante todo mi tiempo en L.A. Estuvo a punto de quemarse en el incendio de Altadena; mi barrio se fue por completo, pero El Cubo sobrevivió por cuatro calles. Tiene muchas ganas de vivir. Ahora me traje gran parte del equipo a mi espacio en CDMX, Estudio Silencio, y estamos planeando una última exhibición de despedida en Los Ángeles para El Cubo.
¿Cómo termina un productor musical metido en la cocina de Cancino creando una pizza de ensalada César con kale y chile güero?
Siempre he sido muy de la cocina, sobre todo de la comida italiana; cocino en mi casa para mis roomies un par de veces a la semana. La idea nació platicando con uno de los dueños de Cancino y gran colaborador mío en fiestas acá en la Ciudad de México. A mí me gusta mucho la apropiación de las cosas. La ensalada César es un invento mexicano de un restaurante italiano en Tijuana. Entonces, ponérsela a una pizza en un restaurante italiano en México es la mexicaneada perfecta para apropiarme de una receta que ya es nuestra, pero con herencia italiana, en un lugar de pizzas. Es el vivo ejemplo de lo que hablábamos al principio, esto también es contrabando cultural.
Si hicieras una playlist para escuchar mientras la gente se come la Kalesar, ¿qué artistas o canciones tendrían que estar sí o sí?
Originalmente, la idea era entregarla impresa en un cassette, pero por cuestiones de tiempo con la máquina ya no salió, aunque la playlist existe. Combina música de películas italianas de directores como Piero Umiliani o Ennio Morricone con proyectos de Tijuana que han tenido un impacto personal en mi vida, como Ramona, Mint Field y Vanessa Zamora. Me gustan mucho los soundtracks de Italia y cruzar eso con el sonido de Tijuana amarra perfecto el concepto de la pizza.
Visualmente, para la campaña te vemos como un Julio César moderno, con toga, audífonos y lentes oscuros. Se nota que la dirección creativa y tu estilo personal van muy de la mano.
Hice una regresión de mi vida pasada en hipnosis y, lamentablemente, no descubrí que era un príncipe como yo creía. Pero vivo una vida éticamente hedonista y me gusta que eso se refleje en cómo me veo, en cómo actúo. No conecto con la nueva ola de logos gigantes o el streetwear; me fascina vestirme de traje, tengo una colección muy grande. Mi papá y mi abuelo tenían una fábrica de uniformes, así que crecí entre telas y soy muy de la sensación textil. Soy tauro, excéntrico, mido un metro noventa y tres y busco expresarme de una manera que se sienta sincera.
Hablemos de la pizza. Elegiste ingredientes de sabores pesados como anchoas, ajo, parmesano y un limón amarillo al centro. ¿Por qué esa interactividad?
Me gustan los sabores fuertes. Quería que, como buen mexicano, la gente tuviera la chance de interactuar echándole el queso extra o exprimiendo el limón a su gusto. El mexicano nunca está satisfecho hasta que le echa su propia cucharada de la cosa. Te doy una pizza César, pero te dejo ponerle tu toque final.
¿Esa apertura al toque final también aplica cuando estás tocando o eres más celoso con tu selección musical?
Definitivamente hay una conversación con la gente, aunque no soy el más fan de los requests porque genuinamente soy muy Marie Kondo con mi música. Toco solo las canciones que me causan alegría y no tengo rolas guardadas ‘por si acaso’. Mi proceso es muy antagonista al de un DJ normal que busca lo más nuevo; yo dejo que sea la gente la que me compruebe con el tiempo que un hit es un hit. Si ya van tres o cuatro personas en un par de shows que me mencionan una canción que no tengo, me genera curiosidad escucharla en casa y entender por qué están gravitando hacia ella.
Vivimos en una era de gratificación instantánea, TikToks de quince segundos y consumo rápido. ¿Cómo resistes a esa velocidad?
Aprecio mucho el tomarme el tiempo, tanto para compartir el lore de mi vida como para escuchar el de los demás. Mi show es de formato largo, no tengo prisa en cambiar la canción, me gusta dejarlas correr hasta el final y ver que la gente aplauda. Para que la gente entre en catarsis se necesita tiempo, eso no puede ser rápido. Por eso estoy empezando proyectos de formato más largo, como un Substack, para darle espacio a la gente que realmente quiera meterse en mi cabeza.
¿Qué viene ahora para Escuby después de devorarse esta pizza de julio?
Estoy por empezar una residencia aquí en México. Va a ser una fiesta con una propuesta mucho más teatral y de performance art, que es hacia donde quiero llevar mi show. Será un esfuerzo por juntar todos mis mundos, los de Los Ángeles y Ciudad de México, en un solo lugar, esperando que la gente lo reciba bien.
La Pizza Kalesar de Escuby estará disponible durante todo el mes de julio en todas las sucursales de Cancino.
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