En un momento donde diseñar parece ser cuestión de producir más, Manuel Bañó propone una idea distinta: antes de crear un objeto, hay que preguntarse si realmente merece existir. “Es una escultura. Lo que pasa es que te puedes sentar.” El diseñador lo dice entre risas, recordando la cantidad de comentarios que recibió una de sus piezas más conocidas: una silla de cobre que muchos calificaron de incómoda. Él nunca entendió del todo la discusión. Porque la pregunta nunca fue si la silla era cómoda. La pregunta era otra: ¿Por qué asumimos que un objeto solo tiene valor cuando su función es inmediata? Esa forma de pensar atraviesa toda la conversación.
Manuel no habla del diseño como una disciplina encargada de resolver problemas. Habla de ideas. De ingenio. De objetos capaces de provocar una pregunta antes que ofrecer una respuesta, pues para él, el diseño no comienza cuando aparece una forma interesante ni cuando un material encuentra su función. Comienza mucho antes: cuando existe una razón suficientemente buena para convertir una idea en un objeto. Quizá por eso una de las frases que más repite durante nuestra conversación también resume su filosofía de trabajo: “No porque lo puedas hacer, lo debes hacer.”
Vivimos en una época donde fabricar nunca había sido tan sencillo. La tecnología permite producir más rápido, experimentar más y lanzar nuevas colecciones constantemente. Sin embargo, para Manuel esa posibilidad no implica una obligación, pues poder hacer algo no significa que el mundo necesite una pieza más. Diseñar también consiste en decidir qué no hacer.
Esa postura resulta especialmente interesante dentro del diseño coleccionable, una disciplina que suele asociarse con piezas exclusivas y mercados de lujo. Manuel reconoce esa realidad sin rodeos, pero rápidamente desplaza la conversación hacia otro lugar. El verdadero valor de un objeto, explica, nunca está únicamente en su precio. Está en la idea que lo sostiene. Está en el ingenio. Y esa palabra aparece una y otra vez.
Cuando le pregunto qué le gustaría que alguien pensara si encontrara una de sus piezas dentro de doscientos años, no habla de trascendencia. No menciona el legado ni la permanencia. Mucho menos la fama. Solo dice una cosa: “Qué ingenioso.” No espera que alguien admire el objeto por lo que cuesta ni por el nombre de quien lo diseñó. Le basta con que descubra una idea que antes no existía.
Quizá por eso, cuando habla de los objetos que más admira, no menciona únicamente piezas icónicas del diseño, sino también soluciones cotidianas, como el banco improvisado de un albañil construido con retazos de madera. De esos pequeños gestos donde alguien encuentra una respuesta inesperada a un problema común. Ahí también hay diseño.
Y quizá uno de los momentos más interesantes de la conversación llega cuando habla del proceso creativo. Contrario a la imagen del diseñador que controla cada etapa de una pieza, Manuel entiende el diseño como un ejercicio profundamente colaborativo. Trabaja con artesanos porque reconoce que el conocimiento de un oficio no se improvisa. “Sería una estupidez pensar que puedo hacer algo cercano a lo que hacen ellos”, dice al hablar de los talleres de cobre con los que colabora. Sus piezas llevan su firma, pero también el conocimiento acumulado de personas que llevan décadas perfeccionando una técnica. No es un gesto de modestia sino una forma de entender el diseño.
Después de casi catorce años viviendo en México, esa visión también transformó su trabajo: aquí encontró una cultura material distinta, una relación mucho más cercana con el oficio y con los procesos manuales. No busca reproducir la tradición; la utiliza como punto de partida para construir un lenguaje contemporáneo. Sus piezas dialogan con técnicas centenarias, pero nunca desde la nostalgia. Todo vuelve, inevitablemente, al mismo lugar. A la idea.
Mientras muchos objetos nacen para responder a una tendencia, Manuel parece preguntarse primero si realmente tienen algo nuevo que decir. Y quizá por eso aquella silla de cobre nunca fue solo una silla. Era una escultura, lo que pasa es que también podías sentarte en ella.
Al terminar la conversación, queda la sensación de que Manuel Bañó no entiende el diseño como una colección de objetos, sino como una colección de historias, manos, ideas y trabajo. Porque la función puede resolverse de muchas maneras, pero la verdadera diferencia está en encontrar una idea que todavía no existía y entonces sí, convertirla en un objeto.
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