Cuando crees que algo no es para ti porque simplemente nunca lo has hecho, quizá estás más equivocado de lo que piensas. A veces nos ponemos límites antes incluso de darnos la oportunidad de probar, convencidos de que ciertas cosas no encajan con nuestra forma de ser, con nuestro cuerpo o con nuestra vida. A
Belén Segarra le pasó algo parecido con el yoga. Durante mucho tiempo pensó que no era para ella, hasta que se acercó a esta práctica y descubrió que podía ser mucho más que posturas sobre una esterilla: una forma de parar, escucharse, aceptar sus emociones y volver a conectar consigo misma.
De esa experiencia nace
Mi libro de yoga (Lumen), un proyecto tan personal como difícil de encasillar en el que Belén une ilustración, escritura, humor y reflexión para contar un proceso de transformación. A través de sus dibujos y palabras habla de ansiedad, resiliencia, cuerpo, amistad y de la necesidad de aprender a sostenernos cuando todo tiembla. Pero, sobre todo, su historia invita a cuestionar esas ideas que nos repetimos sobre quiénes somos y sobre lo que podemos hacer. Porque quizá, como ella misma ha aprendido a través del yoga, somos mucho más capaces de transformarnos de lo que imaginamos.
Hola, Belén, es un placer poder hablar contigo. ¿Cómo ha empezado tu día? ¿Ha habido yoga?
Pues la verdad es que no porque supongo que te refieres a la práctica de asana. Aunque últimamente estoy intentando practicar más por la mañana, prefiero hacerlo sobre todo por la tarde. Me gusta llegar a la esterilla cuando el día ya está lleno de cosas para volverlo a vaciar, para pausarlo un poco. Me ayuda a detener el trabajo, las tareas pendientes, las tensiones, cualquier cosa que pesa. La práctica se convierte en una especie de limpieza, de ritual para cerrar el día. Sin embargo, sí que he intentado volver a mí conscientemente en otros momentos. Paseando a mi perro, observando el paisaje, agradeciendo pequeñas cosas cotidianas o simplemente respirando. Una de las cosas más bonitas que me ha enseñado el yoga es que no es solo lo que ocurre durante una hora sobre la esterilla.
¿Crees que fue cuando empezaste a dibujar en tu diario cuando surgió la idea de este libro, o fue un proyecto que nació posteriormente?
Tengo diarios, cuadernos y notas de todo tipo. Aparecen por todas partes. Siempre digo que necesitaría vivir cien vidas para llevar a cabo todas las ideas que colecciono. La idea del libro surgió más tarde, hablando con mi editora. Lo que sí tenía ya, gracias a esta costumbre, era mucho material: recuerdos, reflexiones, experiencias, apuntes de formaciones.
Al principio me parecía complicado porque quería mezclar muchísimas cosas: una historia personal, una parte más divulgativa, emociones complejas con humor, ilustraciones, etc. Pero encontré bastante rápido la forma de unirlo todo. Creo que solo tenía que ser yo misma. De alguna manera, Mi libro de yoga es como un diario personal. Como si hubiera agitado todas esas pequeñas notas que fui tomando en el tiempo para convertirlas en libro. Me siento muy afortunada de que mi editora Lola y Lumen me dieran esta oportunidad.
Tus ilustraciones, a primera vista, tienen un carácter surrealista por sus formas y colores, pero, a medida que conocemos tu historia y nos adentramos en la cultura del yoga, todo va cobrando sentido. ¿Ilustrar tu historia fue una decisión que tuviste clara desde el principio o la idea de hacer una obra ilustrada surgió después?
Yo no concebía este libro sin ilustraciones. Siempre he contado cosas a través de dibujos, no lo hacía a través de las palabras. Escribir un libro ha sido algo completamente nuevo para mí. Toda la parte del texto me daba muchísimo respeto. Quizás en este caso escribir e ilustrar forman parte de la misma conversación. Creo que se van complementando. Hay momentos en los que las palabras llevan más peso en el relato y otros en los que el dibujo esconde en un instante mucha información. Esto siempre me ha interesado muchísimo de mi trabajo, una imagen puede contener mucha información en un instante. Además de que el mismo dibujo permite muchas interpretaciones cada vez. Creo que es interesante en este libro porque la ansiedad, las emociones o la experiencia del cuerpo tampoco son cosas que tengan una única lectura.
En cuanto a las ilustraciones, el corazón del sirsasana es precioso y destaca especialmente en el libro por su significado. El pájaro que aparece en su interior yo lo interpreté como un símbolo de libertad, de esa sensación que se experimenta cuando aprendemos a escuchar y seguir las indicaciones de nuestro corazón. ¿Qué representa para ti?
Me gusta mucho que lo hayas interpretado como un símbolo de libertad porque para mí tiene mucho que ver con eso. Representa un corazón libre, un corazón que puede sentir, amar y expresarse sin miedo. Y también es un corazón en paz. Creo que cuando dejamos de luchar constantemente contra nosotros mismos y estamos en calma, aparece una sensación de ligereza muy parecida a volar. Quizá suena muy cursi pero es casi como sentir una sensación de ingravidez al respirar.
“Una de las cosas más bonitas que me ha enseñado el yoga es que no es solo lo que ocurre durante una hora sobre la esterilla.”
En tu libro explicas que el yoga, una práctica que nunca habías hecho antes, te llevó paradójicamente a conectar con tu niña interior. ¿Podrías explicarnos un poco más en qué consiste esa conexión y qué descubriste de ti misma a través de ella?
Hay muchas cosas fascinantes en el yoga, pero una de las más importantes para mí fue recuperar el juego. Creo que fue precisamente lo que hizo que me quedara. Si observas a los niños jugar les ves completamente ensimismados en su tarea, en el juego hay mucha presencia. Estás concentrado, eres libre, estás contigo, mantienes un estado meditativo impresionante. El juego también te ofrece una posibilidad bellísima, la de permitirte caer y volverlo a intentar. Cuando somos niños probamos cosas sin esperar hacerlo todo bien, sin esperar nada a cambio, solo por el disfrute instantáneo. Nos caemos, nos reímos, volvemos a intentarlo.
En la práctica encontré algo muy parecido. Podía explorar, equivocarme, perder el equilibrio y volver a empezar. Había mucha más curiosidad que juicio. Esa sensación de presencia absoluta que tiene el juego sin ninguna duda aparece en el yoga. Cuando estás realmente dentro de una postura o de una respiración, durante unos instantes no existe nada más, es como si casi ni existieras tú.
El ruido, como concepto, está muy presente a lo largo de tu historia. ¿En qué momento dirías que aprendiste a dejar de culpar a ese ruido que rondaba en tu cabeza y empezaste a entenderlo como parte de tu propio proceso?
Ocurrió cuando dejé de pelearme con lo que me estaba pasando. Mientras intentaba ignorarlo o convencerme de que estaba bien, el ruido se hacía cada vez más fuerte. Creo que las cosas solo pueden cambiar cuando eres capaz de observarlas. No es fácil enfrentarte a ti misma para reconocer que no estás bien, que hay tristeza o agotamiento. Pero aceptarlo es el primer paso para que algo pueda cambiar. Ahora entiendo que el ruido no es un enemigo, es una señal. Algo que pide atención. La verdadera transformación no consiste en dejar de sentir dolor, sino en aprender a relacionarte con él de una manera diferente.
Una de las lecciones más importantes que nos deja tu libro es la de aprender a apreciar y amar nuestro cuerpo. ¿Cómo dirías que has aprendido a hacerlo a través del yoga?
El yoga me ayudó a cambiar la forma en la que miraba mi cuerpo. Es habitual que lo observemos desde fuera, pensando en cómo se ve o en cómo debería ser. Las mujeres hemos vivido históricamente sometidas a una presión enorme. No solo sobre nuestro aspecto físico, sino también sobre cómo debemos ser, comportarnos, sentirnos, relacionarnos o incluso en qué momento de la vida debemos alcanzar determinadas metas. Parece que alguien ha decidido lo que es válido y lo que no. Vivimos en la era de la comparación, los juicios y la perfección. Nos dicen qué tipo de cuerpo deberíamos tener, cómo deberíamos vivir e incluso a quién deberíamos amar. Por eso siento que fue tan importante que la práctica me invitara a experimentar mi cuerpo desde dentro, y no desde la mirada de los demás.
En el libro hay un momento en el que hablo de cómo me doy cuenta de lo mal que nos hablamos. Me parece terrible porque es precisamente ese cuerpo el que nos sostiene, nos mueve, nos permite vivir.
Creo que lo que llamamos imperfecto es, muchas veces, la belleza más pura. Son esas diferencias las que nos vuelven únicos. Para mí la perfección tiene mucho más que ver con la autenticidad que con cumplir ningún ideal. El yoga también me enseñó a agradecerle cosas a mi cuerpo en lugar de exigirle constantemente otras nuevas.
La amistad es uno de los temas presentes en Mi libro de yoga. A lo largo del libro vemos cómo el yoga te ha aportado mucho más que la práctica en sí, entre otras cosas, personas y vínculos. En un momento escribes: “Estamos aquí para sujetarte si te caes”. ¿Qué significa para ti esa frase?
Significa exactamente eso. Que las personas que nos quieren están ahí para sostenernos. Durante mucho tiempo pensé que ser fuerte era poder con todo sola, pero ahora sé que también hay mucha fortaleza en dejar que los demás nos ayuden. Una de las cosas que más me gusta del yoga es sentir que no hay comparación ni juicios. Transitamos juntos el camino. Compartimos mucho desde la vulnerabilidad, desde el amor y no desde el personaje que mostramos fuera. Como si dejáramos las máscaras en la puerta. Creo que esa frase habla precisamente de eso: de confiar, de dejar de fingir, de permitirnos no tener que sostenernos solos todo el tiempo.
Tú eres un ejemplo de perseverancia y dedicación, como cuentas a lo largo del libro, y así lo has demostrado en los dos procesos que compartes con nosotros. Pero, ¿crees que el yoga llegó a tu vida por casualidad o que, de alguna manera, estaba destinado a encontrarte?
No sé si creo literalmente en el destino, pero sí siento que había partes de mí que ya estaban profundamente conectadas con lo que después encontré en el yoga. Siempre he sentido una atracción enorme por la naturaleza, la observación, la introspección. Aunque en el libro hablo mucho del ruido, creo que mi vida, mi manera de ser, están mucho más conectadas al silencio. Durante algún tiempo tuve la sensación de que era mejor renunciar a eso, sentía que para encajar mejor tenía que entrar en un ritmo muy frenético, ser extrovertida, dinámica, sociable. Amo a las personas y conectar con ellas, pero quizás estaba forzando hacerlo desde una parte de mí que necesitaba regresar a un punto más calmado. Cuando apareció el yoga tuve la sensación de volver a algo que ya conocía. Como si más que descubrir algo nuevo estuviera recordando una parte de mí que llevaba tiempo esperando a que volviera.
¿Podrías hacer un paralelismo entre las asanas y los distintos momentos de tu proceso?
Me cuesta asociar una postura concreta a una etapa concreta porque creo que las asanas cambian contigo. Una misma postura puede enseñarte cosas completamente distintas dependiendo del momento vital, físico o emocional en el que te encuentres. Hay días en los que una postura te habla de fuerza y otros en los que te habla de humildad.
Lo que sí encuentro es un paralelismo entre el camino del yoga y el proceso personal. Hay posturas que exigen valentía, otras paciencia, otras confianza. Algunas nos enseñan a sostener y otras a soltar. El yoga te muestra que como te enfrentas a la práctica, te enfrentas a la vida fuera de la esterilla. Es muy interesante cuando te das cuenta. Me gusta pensar que las asanas son pequeñas revelaciones cada día, una cajita interminable de aprendizajes.
En uno de los capítulos hablas sobre el sirsasana y compartes una reflexión muy bonita: en esta asana, es el corazón el que queda por encima del cerebro. ¿Dirías que uno de los objetivos del yoga es precisamente ese: aprender a poner el corazón por encima del cerebro a la hora de practicarlo?
No necesariamente. Creo que necesitamos ambas cosas. La cabeza es importante. Nos ayuda a comprender, a organizar, a tomar decisiones. Lo digo en el mismo capítulo y quizá pueda parecer un poco contradictorio, pero vivir en una sociedad que nos exige estar pensando, produciendo y resolviendo constantemente hace que todo pese demasiado. Por eso me parece valioso que existan espacios donde la mente pueda descansar, que esas responsabilidades y preocupaciones no sean las que manden. No para desaparecer completamente sino para dejar de ocuparlo todo. El yoga me recuerda que también existe el cuerpo, la intuición, la emoción, y que es importante darles el lugar que merecen. Vaciar la cabeza, dejarla descansar y permitir sencillamente que nuestro corazón esté por encima y sienta. A veces basta solo con eso, con sentir, sin tener que analizarlo constantemente todo.
En Mi libro de yoga nos muestras tu proceso de distintas maneras, pasando por todas tus asanas —literal y metafóricamente— hasta llegar a tu shavasana. Ahora que ha pasado el tiempo desde que comenzaste este camino, ¿sientes que has llegado a tu propia shavasana, a ese punto de calma o plenitud que buscabas para sentirte completa?
No siento que haya llegado a ninguna meta definitiva. De hecho, una de las cosas más bonitas que me ha enseñado el yoga es que no hay una línea de llegada, es un camino infinito. Por eso me emociona tanto transitarlo, una misma postura cambia según el día, el momento o el estado en el que te encuentres. Lo que hoy te enseña una cosa puede enseñarte otra completamente distinta el día siguiente. Creo que el yoga es un camino interminable. Siempre tiene algo nuevo que mostrarte.
“A veces aquello que pensamos que no tiene nada que ver con nosotros termina enseñándonos algo importante. Somos mucho más capaces de transformarnos de lo que imaginamos.”
¿Qué parte de la Belén que eres hoy crees que existe gracias al yoga?
La parte que sabe parar. La que respira más despacio, se observa sin miedo y se escucha sin juicios. La que entiende que descansar también es importante y que la comparación no sirve de mucho. La que intenta exigirse un poco menos. No siempre lo consigo, por supuesto. Pero el yoga me ha dado herramientas para volver a ese lugar cuando me alejo de él.
Es curioso pensar en tu manera de entender la resiliencia: de uno de los momentos más vulnerables y dolorosos de tu vida has conseguido construir una nueva faceta de ti misma y convertirla en un proyecto artístico tan personal. ¿Qué les dirías a todas esas personas que todavía ponemos excusas y pensamos que “esto no es para nosotros”?
Yo misma pensé durante mucho tiempo que el yoga no era para mí. Creo que muchas veces nos contamos historias sobre quiénes somos y sobre las cosas que podemos o no podemos hacer. Nos colocamos límites antes incluso de probar. No creo que todo el mundo tenga que practicar yoga, pero sí creo que merece la pena acercarse a las cosas con curiosidad. A veces aquello que pensamos que no tiene nada que ver con nosotros termina enseñándonos algo importante. Somos mucho más capaces de transformarnos de lo que imaginamos.
Ahora mismo Belén Segarra es ilustradora, escritora y profesora de yoga. Siendo una artista multidisciplinar como tú, ¿te imaginas ampliando tu proyecto artístico después de este primer libro y explorando nuevas formas de unir todas tus pasiones?
Sí, me encantaría. Durante mucho tiempo pensé que la ilustración, la escritura y el yoga eran caminos distintos. Ahora los veo como partes de una misma identidad. Me interesa seguir explorando los lugares donde se encuentran. Crear proyectos que mezclen imagen, palabra, cuerpo y experiencia. Ahí es donde siento más curiosidad ahora mismo.
Después de leer tu libro y ver tu evolución, tanto personal como en la práctica del yoga, y ahora que estás en un momento vital totalmente distinto, me gustaría acabar con algo muy sencillo: dime la cosa más grande que conoces. Namasté.
Para mí es una lista interminable. No sabría cómo explicar esto, creo que a veces las cosas más insignificantes son enormes. Por ejemplo, un suspiro puede ser gigantesco, tener una infinidad de cosas dentro. Pero hoy me quedo con la curiosidad y la capacidad que tenemos las personas para transformarnos. A veces creemos que ya sabemos quiénes somos, que estamos completamente definidos y que nuestra vida será siempre de esta o aquella manera, pero de repente cambia, aprendemos algo nuevo o encontramos un camino inesperado. Si algo me ha enseñado el yoga es precisamente eso: que somos más infinitos de lo que creemos.