¿Ralphie chu? ¿Ralphie cho? A estas alturas, ya da igual. Lo importante es que saque Charmain, su nuevo álbum, envuelto todavía en una niebla de dudas que alcanza incluso al propio título. En su momento, la noche del viernes en el Sant Jordi Club de Barcelona apuntaba a ser su presentación en directo, pero Ralphie Choo (léelo como quieras) ya dejó claro que nos tocará esperar. Aun así, que no haya disco no significa que no hubiera espectáculo.
Una banda de seis músicos calentaba motores con una intro casi de película de superhéroes, como si en cualquier momento fuera a irrumpir alguien con capa. Pasados unos minutos, apareció Ralphie sin capa y también sin camiseta, desatando un estallido que despejaba toda duda: la espera, de un par de horas en pista y de meses sin álbum, tenía sentido.
Desfiló de izquierda a derecha, con un in-ear incapaz de soportar su energía. Arrancó con Pirri, single que llevamos unos meses escuchando, atravesado por un “escúpeme en la cara, nene” lanzado desde alguna parte del público, en contraste con la intimidad que esconde la canción en su segunda mitad. El show siguió con sus altos y sus bajos, pero sin apenas descanso: temas inéditos convivían con otros más que aprendidos, como Lamento de una supernova, Omega o Bby Romeo. Whipcream lo llevó al suelo con un resbalón y Rookies terminó de levantar incluso a los más rezagados del palco.
En un gesto familiar, se tomó una birra de espaldas al público, mirando a su banda y amigos, entre los que se encontraba Jose Heredia, pieza clave en la composición de los últimos dos singles que anticipan el nuevo trabajo. Fue aquí cuando confesó haber estado bajo de ánimos recientemente y se detuvo en esas pequeñas cosas que nos ilusionan de verdad y nos permiten decir: “me merece la pena”.
La noche también dejó espacio para sorpresas, como la aparición de Mori para compartir WCID? o el guiño pícaro al cantar “Si vaig amb tot”, que revolucionó la sala. A mí me llamó la atención el brillo cegador del móvil de una mujer de mediana edad, junto a su pareja, en mitad del público. Aunque, en realidad, tenía todo el sentido: si algo están consiguiendo artistas como Ralphie es ensanchar los márgenes y llevar géneros como la salsa o el flamenco, que parecían exclusivos de los de la quinta de esa pareja, a un público que también vive pegado al móvil, aunque con el brillo más bajo. Aun así, el pogo que se armó con Valentino dejó claro que algunos no encajan tan bien. Quizá sí que es para muchos, pero no para todos.
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