Teo Lucadamo nunca quiso ser ‘el típico rapero’, y con El dilema del rapero blanco lo deja más que claro. Tras años produciendo para otros, ha decidido darle la vuelta al juego con un álbum que desafía etiquetas, mezcla humor y profundidad, y se nutre tanto del hip-hop clásico como de influencias inesperadas. Entre letras afiladas, ritmos minimalistas y una puesta en escena que parece más una performance que un concierto, Teo se posiciona como una de las voces más originales del momento.
Si algo deja claro el artista con El dilema del rapero blanco es que la etiqueta de rapero le queda tan ajustada como unos skinny jeans en plena moda oversize. Su álbum debut es un ejercicio de identidad, de ironía y de libertad creativa. No es rap, dice él. Pero si te gusta el rap, lo vas a gozar. Y si no te gusta el rap, también. Porque lo de Teo va más allá del género: es un universo propio donde lo serio y lo absurdo bailan juntos sin pisarse los pies.
Desde los primeros compases, el álbum se siente como un viaje que homenajea el hip-hop de los 90 y 2000 sin convertirse en un tributo nostálgico. Con la producción de Roy Borland, cada beat está bañado en sintetizadores y un groove minimalista que recuerda a Pharrell o Outkast, pero con una frescura que lo aleja del déjà vu musical. UMG, su colaboración con Escandaloso Xpósito, es un golpe maestro: una sátira brutal sobre el privilegio en la industria que se burla de sí mismo sin perder contundencia. Y Llamadas es puro Lucadamo en su versión más caricaturesca, un desparpajo lírico que roza el stand-up. Luego están cortes como Te vas a curar, con Ciutat, que te arrugan el alma de la forma más inesperada.
Pero el mayor dilema aquí no es si Teo es o no es rapero. Es cómo puede hacer que en un mismo álbum nos partamos de risa con Con esta cara, con este pelo, y acto seguido nos ponga a reflexionar sobre el amor en la era del scroll infinito con Tengo un amor. Y si eso no es talento narrativo, no sabemos qué lo es. Simón abre el álbum con sonido que rebota entre el indie y un hip-hop con ecos de Mac Miller. Desde el primer verso, deja clara su postura: no será lo que esperas, pero tampoco lo que él mismo había imaginado. Y en Sabes lo que es, junto a Mucho Muchacho, se saca un banger veraniego que parece hecho para romper cuellos en cualquier fiesta.
Y luego está el apartado visual, que ya es otro nivel. Inspirado en la obra de Michel Gondry, cada canción tiene su propio videoclip DIY, un collage de artes plásticas, referencias cinematográficas y una estética que grita ‘esto lo hemos hecho entre colegas, pero es mejor que el noventa por ciento de lo que ves por ahí’. Si El dilema del rapero blanco fuera solo un disco, ya sería un discazo. Pero es mucho más que eso: es un manifiesto.
Si el disco nos había dejado claro que Teo Lucadamo juega en su propia liga, la listening party en la Sala B de Madrid lo confirmó. Más que un show, parecía una reunión entre amigos donde, casualmente, había un escenario. Y un baterista. Y un guitarrista. Y un teclista. Y un saxofonista que, en un par de solos, dejó a más de uno con la boca abierta.
El escenario, decorado con una lona que representaba dos caminos: uno despejado y otro lleno de obstáculos ya dejaba pistas de la narrativa de la noche. ¿El privilegio versus el no privilegio? Posiblemente. ¿Una metáfora del dilema del artista? También. Pero más allá de simbolismos, lo que importaba era lo que se vivía ahí dentro: un ambiente íntimo, natural, sin presiones ni artificios. Teo no solo rapeaba, interpretaba. Simulaba llamadas telefónicas, gritaba, se reía a carcajadas, interactuaba con el público como si estuviéramos en su salón. Este desparpajo en el escenario probablemente lo lleve en los genes; Aitana Sánchez-Gijón, su madre, cantaba entre el público con ese brillo en los ojos que solo tienen las madres orgullosas.
Lo mágico de la noche fue el equilibrio entre lo espontáneo y lo calculado. El concierto tenía estructura, claro, pero no se sentía ensayado. En un momento te estabas riendo con una de sus ocurrencias y al siguiente te metía de lleno en un tema profundo que te hacía sentir nostalgia sin previo aviso. La complicidad con su banda era evidente, y la sensación general era que, más que tocar, estaban disfrutando. No había egos, solo música y diversión.
Si algo quedó claro después de esa noche es que Teo Lucadamo no es un rapero común, ni siquiera sabemos si quiere serlo. Pero sí sabemos que su álbum debut ha puesto sobre la mesa una propuesta original, fresca y genuina. Y que su directo es de esos que te hacen sentir que, aunque el dilema del rapero blanco no tenga una única respuesta, al final, lo que importa es hacer lo que te sale del alma.