El sábado entré al Movistar Arena con la sensación de que iba a ver un concierto. Salí con la certeza de haber vivido algo mucho más cercano a una ceremonia. Sen Senra cerraba en Madrid su trilogía PO2054AZ y, durante dos horas y media, convirtió ese cierre en un viaje emocional, estético y vital que se sintió tan íntimo como gigantesco.
El silencio inicial ya avisaba de que aquello iba a ser distinto. Una voz con acento gallego arrancó el show. Un tono íntimo, casi familiar, que colocó al público en un lugar de escucha antes incluso de que apareciera nadie sobre el escenario. Los focos se abrieron y apareció apoyado sobre un tronco de árbol sin ramas, con chaqueta de cuero y gafas negras. Desde ese primer plano quedó claro que no íbamos a asistir a un show atropellado ni construido para encajar veinte hits en una hora. Fue una experiencia con pausas, cambios de atmósfera, descansos, nuevas escenografías, variaciones de vestuario y bailarines que aparecían y desaparecían como si el escenario respirara. Todo estaba pensado para contar una historia.
La noche se articuló en tres actos, uno por cada volumen de la trilogía. Y esa decisión ya decía mucho: este concierto estaba concebido, sobre todo, para quienes han acompañado el proceso desde dentro, con la voluntad de mirar atrás, atravesar el presente y despedirse.
El primer bloque fue energía y raíz. Christian apareció con una presencia tranquila, sin prisa, dejando que las canciones marcaran el pulso. Hubo fuego, pantallas, una casa como decorado y un tronco plantado en mitad del escenario. Todo minimalista pero cargado de intención. No intentó impresionar desde el exceso, sino desde el foco: él en el centro, la música alrededor. Cuando sonó Familia, junto a Juan Habichuela a la guitarra, se produjo uno de esos silencios colectivos que valen más que cualquier grito.
El segundo acto cambió por completo de tono. La casa se transformó en un dormitorio: cama, mesilla, luz cálida. Un espacio más mental que físico. Aquí el concierto se volvió introspectivo, casi confesional. Sen cantando desde un lugar más vulnerable. Durante todo el concierto se transitó una montaña rusa de sensaciones, pero incluso dentro de ese clima íntimo también hubo espacio para la potencia. Temas como Uno de esos gatos, Hermosa casualidad o No se preocupe rompieron la contención y el pabellón saltó y vibró con el público. La energía se contagiaba por el cuerpo, como cuando se pega un bostezo.
El tercer acto terminó de sellar la experiencia. Al tronco le brotaron dos ramas, como símbolo del camino recorrido con PO2054AZ. Sen reapareció vestido de blanco, ligero. Sin prisa. Se sentó en el sofá y tomó una guitarra que llevaba escrita una frase sobre el olvido. Desde ahí, el concierto entró en su fase más desnuda. Versiones más crudas, momentos a solas con guitarra y pedal de loop y una sensación constante de despedida.
Aunque el eje fue la trilogía, el artista sabía que no podía marcharse sin recuperar himnos como Perfecto, Tumbado en el jardín viendo atardecer o la ya mítica Ya no te hago falta. En ese momento, lo único que se escuchaba eran miles de voces con una mano en el corazón. Uno de los grandes aciertos del show fue el uso de bailarines. No estaban ahí para decorar, sino para expandir el significado de las canciones. Movimientos abstractos, contemporáneos, casi teatrales, integrados de forma orgánica con la música.
En uno de los momentos finales, lo dijo claro: este proyecto ha sido un proceso. No un simple conjunto de discos. Un camino que le obligó a atravesar cosas, a perder una vida para ganar otra. Y se notaba. En la voz, en los silencios, en la forma de mirar al público. Había raíces y corazón. Sin olvidar su tierra, Galicia, pero proyectando su voz al mundo.
Lo que transmite Sen Senra con su música lo consiguen pocos artistas hoy en día: simple, vulnerable, sincera y directa al pecho. Lleva tiempo diciendo que no quiere ser solo un cantante, que aspira a ser algo más. Y lo que vivimos esa noche en Madrid fue exactamente eso. Cerró una etapa enorme sin fuegos artificiales innecesarios. Con canciones, cuerpo y verdad. Y mientras el público aplaudía, quedaba la sensación de que no asistíamos a un final, sino a un punto y seguido. Una última misa. Un abrazo colectivo. Y la intuición clara de que lo que venga después también va a merecer la pena.





