Que sí, que somos unos plastas hablando de Rebe, pero si no te cuento lo que vi en su concierto en La Nau sería como tragarme la llave de un cofre repleto de oro. La madrileña arrancó su gira en Donosti y Barcelona era su segunda parada en un tour que aniquila por completo el apodo que un día le pusimos: la princesa de España. Sus próximas fechas son París, Londres y Bruselas, y en mayo cruza el charco hacia México. Quizás deberíamos plantearnos rebautizarla porque este aka ya se le queda muy, pero que muy corto. En fin, La Nau, en mi p**a vida había visto la sala tan llena, en una noche en la que Rebeca Díaz nos abrió paso a su universo durante una perversa hora y cuarto.
Entré tarde y me encontré la sala abarrotada, todo el mundo con su cerveza charlando detrás de una melodía de fondo, dulce pero siniestra. En la espera de un bolo, mientras la mayoría te meten un DJ set, ella prefiere ir introduciendo su atmósfera. No se hizo esperar demasiado; salió con cigarro en boca, fumando lentamente y tirándole el humo a los de la primera fila, a mí casi me empaña la cámara. Se me ha olvidado comentar que antes de arrancar, uno de los fotógrafos me advirtió: cuidado, que en la tercera canción hay láseres, para que os vayáis haciendo a la idea del concierto. Su look, inocente y sexy a la vez, y sus miradas… parecía la muñeca de la cajita de música que aparece de repente en el sótano de una película mala de terror en la que uno de los protas está a punto de ser brutalmente asesinado. Y por si no era suficiente, efectuó un ejercicio de hipnosis con unas bandas de gimnasia artística.
A su lado, una pianista, y con los primeros compases de Pienso en ti a todas horas y los gritos de la gente, empezó el show definitivamente. Rebe no dejó de moverse en todo momento en un escenario repleto de luces (gracias a una bola de discoteca clásica, muy concierto de los 70 o algo así). No escasearon los detalles teatrales, tanto en sus gestos como en la realización del concierto, y por supuesto no faltaron los efectos especiales de las luces y el sonido simulando una traca de pirotecnia al final del tema Suenan los petardos. Y para fuegos artificiales los que despertó con Yo te llevo conmigo al cielo y Mándame una señal.
Siguió tocando su excelente discografía, pasando también por sus canciones más melancólicas, oscuras y lo-fi, pero folclórica como pocas; como si Concha Piquer tuviera una hija con Mia Wallace. Se olvidó de un par de letras, lo que hizo reír al público, pero su performance hipnótica sobrescribía constantemente, haciendo olvidar al toque todo lo anterior. Un par de hits clásicos: Wapa wapa y su colaboración con nuestra queridísima Amore para llegar al cierre. Se acercó el micro a la boca y susurró: Adiós. Todos nos quedamos atónitos y, tras los míticos e incesantes gritos de ¡otra, otra, otra!, volvió para poner el broche final con su versión de Un ramito de violetas, de Manzanita. La perfección sí existe, al parecer, y como en las mejores historias, Rebe nos dio un final feliz, porque ella es la antiheroína perfecta de un cuento de hadas.



