Recuerdo visitar Matadero Madrid en 2017. Tenía unos once años recién cumplidos y el rap inundaba la biblioteca de un iPod de segunda mano que llevaba a todas partes. En un pequeño escenario improvisado apareció una figura tímida, primeriza, pero con una voz que rebotaba en toda la ciudad. Nathy Peluso presentaba un show amateur, como todos los artistas que están empezando a dar sus primeros coletazos en la tarima. Su arte lo bendecían las producciones de Oddliquor y lo respaldaba Guayaba Records, que por aquellas eran una de las uniones más interesantes de hip-hop español. Su imagen era muy distinta a la de ahora, pero esa esencia es algo que Nathy se niega a perder. Nueve años después, la artista clausura su Grasa Tour en uno de los escenarios más emblemáticos de nuestro país. Y sigo viendo esa misma mirada en ella, esa misma voz (ahora perfeccionada), esa mismo hambre.
El 17 de febrero fue la fecha seleccionada para que la argentina volviese a la ciudad donde se crio y a la que tanta música y momentos inolvidables ha regalado. No es casualidad que la escogiese como final de una gira que la ha llevado a recorrer el globo entero. El pistoletazo de salida fue Corleone, la introducción de su último disco. Nathy salió al escenario como un animal en cautividad que acaban de liberar: la energía rebosaba el escenario, y el público no se quedaba atrás. Siguió con Aprender a amar y Business Woman antes de darse un momento para coger aire. Fue un inicio enérgico y una advertencia de lo que íbamos a vivir. 
La banda, que se encontraba recogida bajo unas tarimas al fondo del escenario, fue de las sorpresas más satisfactorias de toda la noche, con un abanico de instrumentos y un sonido muy potente (pese a ser el Movistar Arena, que no siempre suena en condiciones). Lo más positivo fue que cada miembro tenía un momento de protagonismo a lo largo del concierto, ya que, además de tocar bien, vestían de maneras distintas y únicas.
El concierto usó elementos teatrales para medir el ritmo de la noche. Se dividió por actos, anunciados siempre a través de una cinemática en las pantallas. Estos vídeos breves solían mostrar a una Nathy Peluso encarnando una figura entre Beatrix Kiddo en Kill Bill y James Bond. El concepto de una mujer como Nathy enfrentándose a un mal incipiente que se materializaba en ladrones y ninjas fue algo muy interesante. Era un ritmo y una puesta en escena digna de un tour mundial. 
Luego siguió con himnos como Delito o Ateo, con C.Tangana, aunque él no asomó la patita por el concierto. A estas alturas, era gratificante ver que ni la energía ni la acústica decaían. Llevábamos veinte minutos y Nathy no había fallado una nota. Incluso al final de una canción se le cayó la peluca y se la recolocó mientras cantaba y bailaba. Hay incluso una canción en la que incorpora el auto-tune y queda de maravilla. Es algo que más artistas deberían de implementar sin miedo a que se les considere ‘menos cantante’. Los bailarines acentuaban la noche con números que te dejaban embobado y con cambios de vestuario y personajes que se iban adaptando al tono que tomaba el bolo.
A pesar de sus años sobre el escenario, Nathy Peluso parece estar en su prime ahora. Y, ¿a qué se debe tal éxito? En gran parte, a que tiene muy bien pillada fórmula. Tiene tablas, y eso se nota: sabe cuándo interpelar al público, interactuar con él, o descansar sin que se sienta un parón. Hay un momento en el que el estadio se quedó mudo ante un discurso motivacional que caló en toda la gente allí reunida. Todo lo que relataba Nathy era puro y genuino.
Nathy Peluso ha logrado la receta del éxito en los escenarios: un público más que entregado, una trama sobre la que envolver tu música, un discurso empoderador y, por supuesto, un vozarrón. Tiene incluso un toque cómico en su manera de escenificar el mundo de Grasa, y eso ameniza mucho la duración del concierto. Para despedirse de Madrid y de su tour, Nathy hizo hincapié en la importancia del amor y de equivocarse en él. De no jugar sobre seguro, tirarte a la piscina y permitirte fallar. Antes de sacar los pañuelos, sonó Vivir así es morir de amor, en homenaje a Camilo Sesto, un momento sumamente bonito. Nathy Peluso había logrado que volviese nueve años atrás, cuando era un niño encandilado con su figura en una minúscula tarima en Matadero.
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