Hay algo en las canciones de El Bugg que cuesta explicar pero se reconoce enseguida. Puede estar en una frase que hace gracia hasta que, un segundo después, te deja pensando. En cómo conviven lo tierno y lo descarado. O en esa manera de encajar ideas que, sobre el papel, parecerían difíciles de juntar. Su música tiene un ingrediente secreto: nadie sabe señalar del todo qué es pero basta con escuchar un tema suyo para distinguirlo. En su concierto en Shôko, ese sello también se hizo visible en su forma de ocupar el escenario.
La cita madrileña dejó una sensación clara: su directo ha crecido. Había una intención detrás de la puesta en escena, un cuidado que se percibía desde el arranque. La lona, con El Bugg situado detrás y los visuales proyectados sobre ella, generaba el efecto de estar viéndolo dentro de una pantalla. Su figura se mezclaba con las imágenes y convertía las primeras canciones en una entrada a su universo. Los visuales firmados por Lefleur tuvieron mucho que ver con ello. Daban juego, aportaban profundidad y ampliaban una estética que quienes escuchan a El Bugg ya conocen pero que aquí adquiría otra dimensión. La propuesta tenía personalidad y dejaba ver las ganas de construir un espectáculo con un lenguaje propio.
También hubo un pequeño fallo en el sistema, un guiño involuntario a su nombre artístico. El contratiempo técnico se resolvió enseguida y El Bugg se lo tomó con humor: vino a decir que todo el mundo tiene fallos en esta vida. Siempre hay espacio para improvisar. Sobre el escenario, se le veía más suelto, cómodo y dispuesto a disfrutar de lo que estaba pasando. Bailó, se movió y se dejó llevar por sus canciones con una soltura que acabó contagiando a la sala. Ese disfrute llegaba hasta la última fila. Por muy preparado que estuviera el show, había algo muy inmediato en verlo pasárselo así de bien: daban ganas de acompañarlo.
Las apariciones de Guxo, Chiche Nieto y Biberon sumaron nuevas energías a la noche. Cada invitado encontró su momento dentro del concierto, y la presencia de Biberon vino además con una sorpresa: una colaboración inédita que permitió asomarse a lo que ambos tienen entre manos. El Bugg también adelantó Los novios de Mika, otra muestra de una creatividad que parece estar siempre en marcha.
Entre esas novedades hubo espacio para volver atrás. Escuchar cabrita bb hizo especial ilusión, de esas que aparecen cuando una canción a la que tienes cariño encuentra su sitio entre los lanzamientos más recientes. El repertorio permitió recorrer distintas etapas de su música y comprobar que, incluso cuando cambia de registro, hay una sensibilidad que las conecta.
Ahí está una de las cosas más interesantes de El Bugg. Publica con frecuencia y, aun así, sigue encontrando formas de sorprender. Sus letras pueden ser divertidas, extrañas, sensibles o directas; a veces, todo eso cabe en una misma canción. Tiene una forma muy suya de medir cuánto enseñar, dónde colocar la broma y cuándo dejar caer una frase que pesa más de lo que parecía al principio. Ese equilibrio hace que sus temas conserven frescura y, al mismo tiempo, resulten inconfundibles.
Shôko permitió escuchar ese recorrido y ver cómo empieza a tomar una forma escénica más cuidada. Hubo sorpresas, reencuentros con canciones antiguas y avances de lo que viene, pero lo que quedó fue la imagen de un artista cada vez más cómodo llevando su mundo al directo. El Bugg se lo gozó y consiguió que la sala lo hiciera con él. Salimos con esa sensación de haber visto cuánto ha crecido y con ganas de descubrir hasta dónde puede llegar.
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