En un concierto suelo ser de los que entran rápido para pillar sitio y esperan impaciente, pero esta vez me dio por asomar la cabeza por una de las terrazas de Razzmatazz. Observando la fachada de la emblemática azotea, veo a todo el mundo en sintonía con la estética y, entre mucho acento argentino, me encuentro con cigarrillos consumiéndose con ansiedad y presagios sobre el thriller psicológico que está a punto de ocurrir abajo, en la sala principal. Se podría decir que Dillom no es un artista normal y sus conciertos tampoco lo son, así que para este, dentro del marco del Fstvl B, tampoco; su voz, que tanto le caracteriza, la energía oscura y psicótica del show y la absoluta entrega del público convirtieron Barcelona en un limbo entre Dios y el anticristo.
No cabía un alma más, que cuando nos dimos cuenta las luces se apagaron y se proyectó en los visualizers un vídeo de unas células vistas desde un microscopio. Ahí entró en escena Dillom: abriendo la noche con Coyote, vestido de traje, con guitarra en mano y acompañado por tres músicos: dos guitarristas y un batería. A la vieja usanza pero con los decibelios a punto de abrir un portal en el suelo. Si hay un concierto en el que tu tío el punk, que dice que ‘la música murió con el rock&roll’, y tus colegas del hard techno podrían abrazarse y meterse juntos en un moshpit, sin duda es este.
Con su característica gesticulación, en los primeros compases del show interpreta desde clásicos como Mick Jagger y Pelotuda hasta los tracks experimentales del último álbum, La novia de mi amigo y Mi peor enemigo, tema junto al legendario Andrés Calamaro. En este momento ya estábamos todos sudando, pero no era más que el aperitivo para ir matando el hambre. El siguiente run, para el cual el argentino se quitó la chaqueta del traje, fue digno de infarto. El agitador 1312, sumado al histórico Ola de suicidios y terminando con Muñecas, dejando al público gritando a una sola voz: “Hay problemas que solo los soluciona la muerte”. Después se lanzó un inédito que terminó en pogo prácticamente unánime.
Y después de la tormenta… sí, más tormenta. La insania no cesó; una luz roja, medio radiactiva, sonidos infernales y un bajo atronador que se iba haciendo cada vez más oscuro abrieron paso a Post Mortem. Fueron momentos de pura enajenación los que vivimos, con las siguientes canciones acompañadas de visuals en blanco y negro, al más puro estilo Robert Eggers. Un solo de la banda concluye dejando un silencio en el que la gente, convirtiendo Razzmatazz en una cancha de fútbol argentina, se arrancó con los cánticos; entre los más sonados, el inconfundible “y ya lo ven, y ya lo ven, el que no salta es un inglés”. Para el cual Dillom añadió: “el que no salta votó a Milei”.
Se quitó la corbata y se abrió definitivamente la camisa; estábamos llegando al final. No faltó el cover, como ya hizo en La Riviera y como es de costumbre en sus conciertos. A Barcelona le tocó Out of Time, de los Rolling Stones. Terminó de cerrar el tracklist de Por cesárea y, tras el tóxico y emocionante Cirugía, dedicó unas bonitas palabras a la gente. Agradeció poder volver a “una sala tan mítica como esta”, a los barceloneses y a “todos los compatriotas argentinos que me siguen allá donde voy”.
Con su respectiva teatralidad y versionando a guitarra y golpes punzantes sus temas ‘más lentos’, cerró una noche redonda con Ciudad de La Paz, Amigos nuevos, Reiki y yoga y Buenos tiempos. Aplausos y gritos, terminó el paso por Barna de la gira Irreversible, en un día en el que el porteño agarró el bisturí y nos trasplantó el corazón, como por cesárea, devolviendo de la muerte a cada persona que acudió al concierto. Y sí, al igual que hizo en Madrid, cerró el telón de Razzmatazz al ritmo de My Way, del gran Frank Sinatra, entre los gritos de la gente, teñidos de rojo profundo.




