El Chato canta que en esta vida todo es cuestión de azar. Siempre caprichoso, aquella noche el azar quiso que el día de San Valentín se celebrara con Barry B. Lo que se auguraba como una velada romántica en pos del 14 de febrero, acabó degenerando –y menos mal– en una cita a lo grande en busca de algo más y a base de pogos forzosos “en hermandad”, en palabras del de Burgos. A la friolera de las ocho y media de la tarde, ya había parejas jóvenes y no tan en la flor de la vida esperando en la cola, ansiosas por acogerse a la eternidad de un concierto en la Sala Impala de Córdoba capitaneada por uno de los nombres más exitosos del momento. La carita, desde luego, nos era familiar.
Barry B se escurrió, puntual, por uno de los laterales del escenario para abrir un show que, ya desde su “cu, cu, cú” y sus botas cowboy, destilaba punk y rock. Comenzó a sonar Joga Bonito. Una de las más sonadas de su primer disco, Chato, que cantó en consonancia con un público entregado. Se inauguraba así una noche que fue in crescendo.
No se puede negar que Barry B rezuma carisma sobre el escenario. Nada en él es impostado, tampoco lo fueron sus pasos de baile a lo Joaquin Phoenix en Joker ni su camiseta de camuflaje en la que se leía a la perfección un “low timers” en letras rosas, que a duras penas se alcanzaba a descifrar, pues el artista de Aranda de Duero no se detuvo ni un instante durante el bolo. Ni siquiera cuando permaneció tumbado en el suelo del escenario.
Las primeras notas desmontaron TK, uno de los temas que más sorprendió entre los fans del burgalés. A este le siguieron Quieres autodestruirte conmigo?, Tussi y Vis a vis. “¿Tenéis pareja? ¡Hoy es San Valentín!”, preguntaba Barry en ocasiones, sin dejar de hacer referencia a la fecha de nuestra cita tan bien escogida. Uno tras otro fue repasando, durante casi toda la primera parte del concierto, muchos de los temas de su LP debut ya mencionado: Taj Majal, Kit Kat y Rookies, de los más antiguos, fueron tomando forma entre copas de cerveza que subían y bajaban en un mar de brazos en alto y con gran ausencia de móviles. 
Llegaban justo tras su paso por Alicante, y así nos lo hicieron saber a lo largo de todo el encuentro, poniendo a prueba al público ya no solo cordobés, sino de diferentes puntos de Andalucía que se habían desplazado hasta allí. La ocasión lo merecía, aunque tan solo fuera para disfrutar del brutal directo que ofreció Barry B tocando temas como Trankis, Todo ese dolor o El lago de mi pena, momento en el que recordó a su pareja y acompañante en la canción: “Gara no ha podido venir. Le he enviado un Glovo con rosas”.
El espectáculo duró unas pocas horas, pero se sintió y vivió con una intensidad infinita. Tanto fue así que incluso hubo tiempo para que el artista, junto al resto de los allí presentes, cantaran al unísono el Cumpleaños feliz a una chica de rojo que de pronto emergió sobre unos hombros. Por supuesto, tuvo tiempo hasta de bajarse del escenario para pasearse y cantar entre el público a modo de despedida.
El efímero arte de perdonar, Komantxería, Infancia mal calibrada, Chocolate Axe y Monster Truck fueron reservadas para el colofón final. Un broche de oro que remató dos veces. La primera fue al cantar Victoria en acústico, creando una atmósfera y energía intocables, y recordando que “la música es esto”. La segunda fue cuando, tras unos instantes sin sonido, retomó el control y concluyó con Pensaba que me había tocado Dios, probablemente uno de sus éxitos más populares. Un fin de fiesta que nos dejó despeinados y con un hueco gigante. Para cuando él quiera volver.
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