Desde la cola ya se intuía que lo de Barry B en La Paqui de Madrid iba a ser un evento grande. “Podría haber llenado una Riviera”, se escuchaba por ahí, y razón no les faltaba: el artista de Burgos agotó entradas y junta a un público que venía con ganas de dejarse la garganta.
Y es que esta no era más que una fecha dentro del ciclo de conciertos de Mazo, sino que la fecha contaba con el partners de la nueva apuesta por la música en vivo, BERSHKA MUSIC together with DICE. En cualquier caso, durante toda la noche vimos mucho estilo, mucha emoción y, sobre todo, mucho romance flotando en el aire. Parejas abrazadas esperando su tema favorito, grupitos de amigos listos para cantar a grito pelado e incluso corazones rotos buscando refugio en las letras del artista.
El escenario, aún en penumbra, ya prometía. Una batería, varias guitarras eléctricas preciosas y un telón con un logo que dejaba clarísimo su rollo: dragones, castillos y épica en estado puro. Todo ello con un toque muy hooligan, fiel reflejo del espíritu de su último disco, Chato.
Y entonces, el show comenzó. Acompañado por dos guitarristas y un batería, Barry apareció en escena con una sonrisa que nunca llegó a borrarse. Desde la segunda fila se podía ver el brillo en sus ojos al contemplar una sala completamente abarrotada. La energía era indescriptible; la conexión con su público, total. Entre gritos y coros, el propio Barry no pudo evitar soltar más de un ‘madre mía…’ al verse envuelto en esa ola de entusiasmo.
Las canciones fluían sin apenas pausas, salvo en momentos clave que quedaron grabados en la memoria de todos. Como cuando Gara Durán subió al escenario para interpretar juntos El lago de mi pena. La combinación de sus voces, los focos blancos iluminando el escenario y los acordes de piano hicieron que a más de uno se le escapase la lágrima. Pero si hubo un instante en el que toda la sala contuvo el aliento fue cuando Barry dedicó un tema a su sobrina, una peque que había superado una enfermedad terminal. Entre el público y en brazos de su familia, ella se convirtió en la verdadera protagonista de la noche. Ojos vidriosos, un nudo en la garganta y un aplauso interminable que lo decía todo.
Pero no todo fueron lágrimas. Si algo caracterizó la noche fue el equilibrio perfecto entre emoción y locura. Todo explotó con Yo pensaba que me había tocado Dios, auténtico himno para muchos. Barry, en un arrebato de adrenalina, abrió un pasillo entre el público y se lanzó de lleno, como un auténtico Poseidón partiendo las aguas. El estribillo estalló en un pogo brutal, con el artista en el centro de la tormenta. Épico.
La energía de la sala But esa noche fue algo fuera de lo normal. El público cantó cada tema como si fuera la última vez, y Barry B se dejó el alma en cada acorde. Un concierto que se va directo al recuerdo de todos los afortunados que estuvieron presentes. Ahora solo queda esperar a su próxima cita el 11 de julio en La Riviera. ¿Volverá a reventar la sala como dice su público? Todo apunta a que sí. Lo de Barry B ya es imparable.



