Llenar el Palau Sant Jordi tres noches seguidas y colgar el cartel de entradas agotadas certifica que Bad Gyal juega en su propia liga. Este pasado domingo remataba su triplete barcelonés y daba el pistoletazo de salida oficial al Más cara tour, una gira que marca exactamente la ambición y el ritmo de lo que podemos esperar en sus próximas paradas por Madrid, Valencia, Sevilla o Bilbao. Queda muy lejos aquella época en la que Alba Farelo rastreaba rarezas caribeñas encerrada en su habitación. Una década después, mira por el retrovisor a una industria históricamente diseñada por hombres y se sienta sola en la cabecera de la mesa. Lleva diez años aguantando el esnobismo del sector para acabar imponiendo sus propias reglas, y las diecisiete mil personas que abarrotan la pista son la prueba física de que su visión no admite discusión.

Quien busque un ejercicio de nostalgia inofensiva se equivoca de puerta, porque aquí no hay rastro de clásicos primerizos como Mercadona o de la etapa de sus primeras mixtapes. La catalana plantea el directo como una apuesta kamikaze por su presente y le otorga el peso absoluto a su último disco. El ritual arranca con los graves de Un coro y ya, que tira de la base mítica de Ivy Queen para electrizar el ambiente al instante. Enmarcada en el interior de un gran cubo negro, irrumpe en el escenario convertida en una deidad intocable, enfundada en un body minimalista de encaje fucsia, antifaz de tul y botas de tacón de aguja. A partir de ahí, despliega un arsenal letal que encadena reguetón fresco con cortes como Más cara y Gatitas.
Es justo en este arranque donde se hace evidente el salto de nivel de esta nueva era. La artista que hace años dominaba el escenario desde un estatismo minimalista desaparece para dar paso a una performer total. Baila y canta mejor que nunca, sosteniendo unas exigencias coreográficas brutales sin perder el aliento en ningún momento. Sorprende la limpieza de su voz, reduciendo drásticamente el uso del autotune y los efectos vocales que antes le servían de escudo, para demostrar un control absoluto sobre el micrófono. Rodeada de doce bailarines frente a una gigantesca pared de ornamentos rococó durante Noticia de ayer, la maquinaria escénica roza el delirio.


Sobre las tablas, el cuerpo sustituye al discurso y el exceso visual funciona como un manifiesto inapelable. El pussy que mana convierte la provocación en un mecanismo de relojería, ya sea reduciendo al chico de turno a un devoto esclavo a sus pies en Te daré o transformando el decorado con figuras en poledance al ritmo de Duro de verdad pt.2. El show muta orgánicamente hacia un ambiente de club nocturno lleno de humo y luces rojas con Fashion Girl pt.2, para luego abrazar la figura de la femme fatale empuñando un cuchillo en Perro. La propuesta desactiva las jerarquías típicas de los macroconciertos poniendo a todo su equipo a bailar en horizontal pegado al suelo en Última noche, y reivindica el control total de su deseo proyectando en pantalla cómo devora una ostra con absoluta parsimonia.
En medio de este despliegue físico y sudoroso, la única visita de la velada corre a cargo de 8belial, que pisa el pabellón para acompañarla en la shatta de Tic Tac y en la viral Orilla, donde los movimientos se vuelven más carnales y despojados de artificio. El nivel de devoción roza lo litúrgico cuando miles de linternas iluminan las gradas en Otra vez más, como si la pista entera canonizara a su reina.
Entre tanta exigencia donde casi no hay margen para la interacción verbal, la coraza cede un segundo para dejar respirar a la humana. Frena el ritmo, mira a la multitud y suelta la frase que da sentido a la locura de este fin de semana: "Sabéis que os quiero mucho, que siempre os voy a agradecer apoyarme desde el principio. Hoy rematamos un finde épico, qué placer hacerlo con vosotros. ¡Nos fuimos!". La recta final vuelve a disparar las pulsaciones con De por vida, donde interactúa con la cámara dando vueltas sobre una mesa de cristal luciendo un full body de encaje blanco. El cierre definitivo llega encadenando el baile libre de Fuma y una Fiebre que deja al estadio completamente eufórico, mientras ella aguarda sola entre los bloques negros de la escenografía. El domingo termina certificando una realidad cruda: gobierna el género con mano de hierro y, sencillamente, su coño es el que manda.











