Hay artistas que, de alguna forma, se ganan el cariño de la sociedad casi sin esfuerzo. Pasan los años y siguen siendo igual o incluso más queridos que en sus comienzos. No solo por la evolución de su música, su persona o su talento, sino por ese carisma que hace que el público conecte con ellos casi sin quererlo. Ese algo especial que nos hace conectar con el artista y que, en el caso de Aitana, ha llegado a convertirse en un fenómeno que trasciende generaciones. El 11 de septiembre, la catalana volvió a demostrarlo en Madrid.
El Movistar Arena se llenó de personas que no solo cantaban sus canciones, sino que las sentían y expresaban como si estuvieran contando sus propias experiencias. Aitana ha demostrado que crecer, cambiar y evolucionar como artista puede ser algo positivo siempre que las letras continúen siendo reales. Entre polémicas, rumores y relaciones muy públicas, publicó su último proyecto Cuarto azul, un álbum que no solo ha llegado a los corazones de sus fans, sino que también ha conseguido llamar la atención de un público internacional y ajeno a su trayectoria gracias, en buena parte, al éxito de Superestrella.
El concierto abrió con 6 de febrero, un tema cuya llegada no fue sencilla al no encajar inicialmente del todo con la idea de un hit seguro, pero que aquella noche puso al estadio en pie. Es extraño, recuerdo ver a Aitana por primera vez, con diecisiete años, en la pequeña pantalla. Creo que la mayoría de personas recordamos el delirio colectivo y el furor que causó aquella edición de Operación Triunfo 2017, y que hoy en día nos ha dado a algunos de los artistas más influyentes de nuestro país. Y, claro, por aquel entonces y en el instituto todas las niñas adoraban a Aitana. Yo nunca conecté y, sin embargo, nueve años después, tras llenar cuatro veces el Movistar Arena con el cartel de sold out, por primera vez entiendo el magnetismo que había causado desde el principio.
Como toda gran producción pop, Aitana se presentó ante el público madrileño acompañada de doce bailarines y con la representación de una casa en cuyo interior se encontraba su famoso cuarto azul. La puesta en escena servía como escenario para dar vida a cada uno de sus pensamientos y sentimientos, y con ellos, cada canción del show. No era solo una casa: era una representación visual del universo de Cuarto azul, el espacio desde el que Aitana podía contar su historia y permitir que diecisiete mil personas entraran en ella durante más de dos horas de show.
Tras la apertura, lo supimos: el show estaría medido al milímetro, cada segundo organizado por interludios entre canciones y coreografías. Entonces apareció Jay Wheeler, y como ya se sabía, interpretaron Duele un montón despedirme de ti. Después de despedirse entre aplausos del artista invitado, llegó uno de los primeros momentos de pausa de la noche. Aitana se dirigió al público y se mostró vulnerable, reconociendo sus nervios por conseguir una noche perfecta y estar a la altura de lo que esperaba la gente. También fue uno de esos momentos de conexión directa con sus fans en los que tuvo la oportunidad de recibir algunos regalos, dejando ver el lado más tímido y vergonzoso de la cantante.
Después de esa pequeña pausa llegó la nostalgia. El repertorio se trasladó a 11 razones, el álbum con el que gran parte del público conoció a Aitana y que dejó canciones como +Más, Y no te has ido y ya te extraño. Momento emocional de la noche: check. De repente, y al ver la expresión de todo mi alrededor en la grada, aquellas canciones que durante años había considerado demasiado ñoñas, hoy tenían sentido en el show.
Quizá ahí esté precisamente una parte del secreto de Aitana. El fanatismo puede hacer que cualquier cosa que diga o haga un ídolo provoque miles de emociones, pero conseguir llegar a personas que no han crecido siendo fans tuyos y captar igualmente toda su atención tiene un valor diferente. Y eso es algo que aquella noche pude comprobar conmigo misma.
Lo siguiente que pudimos escuchar fue Cuando hables con él, una canción en la que habla con sinceridad de una de sus relaciones más mediáticas, y después llegó el turno de Alpha y un cambio de registro para todo el concierto. Luces, bailes, break, techno y un sample de Toxic de fondo transformaron el escenario. Aitana dejaba atrás la imagen de aquella niña que muchos seguían asociando con sus primeros años de carrera y mostraba una versión mucho más adulta y segura de sí misma.
Alpha había sido precisamente el álbum que había provocado críticas por la imagen sexualizada y adulta que presentaba, chocando con aquella percepción de niña buena y perfecta que arrastraba desde OT. Y después de volver a interactuar con el público y agradecer el apoyo, Aitana reconoció que “nunca iba a acostumbrarse a esto” y volvió a reivindicar su vínculo con Madrid, a la que considera su segunda casa. La grada respondió bailando con canciones como Gran vía y 24 rosas.
La fiesta continuó con Mon amour y Las babys, y entonces llegó el turno de Cuarto azul. Aitana regresó a su universo más personal y aprovechó canciones como La chica perfecta para hablar del acoso y de la opinión constante que existe sobre el cuerpo de las mujeres. Y, al fin, llegó el momento más esperado de la noche con Superestrella. La cantante dejó atrás las baladas y convirtió el recinto en una especie de festival, mezclando su gran hit con We Found Love de Rihanna. El público respondió como era de esperar: saltando, bailando y cantando cada palabra.
Llegaron las once de la noche en Madrid y, después de más de dos horas, el concierto llegaba a su fin. Aitana no solo había demostrado en el Movistar Arena que su reconocimiento como cantante y artista referente está más que justificado. La catalana continúa construyendo su carrera desde la evolución y la exposición de una parte cada vez más personal de sí misma. Ha crecido bajo el ojo público, ha cambiado de imagen, ha recibido críticas y ha roto con algunas de las etiquetas que la acompañaron desde sus comienzos. Y, mientras tanto, su público ha crecido con ella. Y por eso tiene más que ganado el título de superestrella.