Puede sonar algo brusco, pero leer un libro, ver una película o una serie implica, en esencia, introducirse como espectador en un relato de ficción ajeno. Supone un ejercicio que, aunque pueda parecer una idea retorcida, no deja de ser cierto: durante un periodo de tiempo observamos la vida de otros. Ya sea la intimidad de una reina victoriana, de un asesino, de un matrimonio infeliz en Manhattan o de cualquier otra existencia que no es la nuestra. Al ser humano, de forma intrínseca, siempre le ha interesado la vida de los demás: quizá para paliar su propia soledad, para combatir el aburrimiento o, en ocasiones, para verse reflejado. Nos gusta saber qué ocurre a nuestro alrededor, qué le pasa al vecino, qué se esconde tras una puerta cerrada.
Durante las vacaciones de Navidad se han estrenado dos películas muy diferentes entre sí pero que comparten un hilo común. Una de ellas es Vida privada, dirigida por Rebecca Zlotowski y protagonizada por Jodie Foster, y la otra es La asistenta, dirigida por Paul Feig y con Sydney Sweeney y Amanda Seyfried como protagonistas. Sorprendentemente, ambas historias giran en torno a una misma temática: la intimidad y la forma en que esta se integra en el relato como motor narrativo.
En Vida privada, Foster interpreta a una psiquiatra que vive y trabaja en París. La muerte de una de sus pacientes despierta en ella la sospecha de que podría tratarse de un asesinato, lo que la lleva a indagar en la vida de esa mujer, interpretada por Virginie Efira. Una paciente que, durante años, le ha confiado su vida, sus inquietudes, sus miedos y sus remordimientos. A lo largo de la investigación, el personaje de Foster se enfrenta a una revelación incómoda: ha habitado la intimidad de los demás sin llegar a conocerlos, sin haber visto nunca con claridad quiénes eran en realidad.
En La asistenta nos encontramos con un juego similar, aunque mucho menos intelectual y abiertamente más comercial, pero igualmente efectivo. La protagonista comienza a trabajar en la casa de un matrimonio adinerado, atractivo y aparentemente exitoso, pero profundamente extraño. Desde su posición de observadora, se convierte en testigo de una relación desconcertante: una esposa inestable, violenta e imprevisible, frente a un marido que parece paciente, cariñoso y estoico. Evidentemente, las cosas nunca son lo que parecen. La intimidad en la que se introduce la asistenta se convierte en un auténtico laberinto, uno en el que, al igual que ocurre en Vida privada, los personajes se adentran hasta perderse.
En ambos casos, el destino de las protagonistas no es tanto descifrar qué está ocurriendo como liberarse a sí mismas a través de la peligrosa trama en la que se ven involucradas. Ambas películas comparten también un cierto tinte erótico, aunque con enfoques muy distintos: una desde un prisma más intelectual y sutil; la otra desde un lenguaje más explícito y directo. Sin embargo, en las dos, la intimidad funciona como un arma narrativa y erótica: ya sea quien la ejerce o quien recibe su impacto, el resultado es siempre el mismo.
Estas dos propuestas cinematográficas conectan, de algún modo, con el cine erótico que tuvo un gran auge entre los años 80 y 90 de la mano de cineastas como Paul Verhoeven o Adrian Lyne, pero evidencian una clara evolución. El sexo ya no es la clave central; lo verdaderamente perturbador es la intimidad. El sexo queda relegado a un elemento accesorio, un adorno visual que no resulta determinante, lejos de películas como Instinto básico. Este cambio abre nuevas posibilidades para que el género regrese a la gran pantalla desde un punto de vista renovado, más curioso, más inquietante y, sobre todo, más interesante. Un territorio que apetece volver a explorar.