Hablar con Tomy Aguilera es encontrarse con alguien que ha aprendido a crecer dentro de una industria que exige velocidad, exposición y una reinvención constante. Desde sus primeros pasos en la interpretación hasta consolidarse como uno de los rostros de su generación, su trayectoria ha estado marcada por una curiosidad casi inagotable y una relación muy consciente con el oficio. Lo suyo no parece responder a la urgencia del éxito inmediato, sino a una construcción lenta, sostenida y profundamente ligada al aprendizaje.
Lejos de la idea de la interpretación como simple escaparate, Tomy habla de ella como un espacio de búsqueda: de preguntas, contradicciones y heridas que a veces solo encuentran forma a través de un personaje. En ese recorrido, títulos como Skam España o Bienvenidos a Edén han sido piezas importantes, pero también lo han sido las aulas, los maestros y los procesos invisibles que no siempre llegan a la pantalla.
Ahora se adentra en Oasis, un thriller sensual donde la tensión, el aislamiento y el deseo funcionan como espejo de los conflictos más humanos. Un proyecto que le ha llevado a explorar lugares incómodos y a reafirmar algo esencial: que actuar no siempre consiste en hacer más, sino en saber sostener lo que ya está ocurriendo. Con honestidad y sin filtros, Tomy reflexiona sobre la ambición, la vulnerabilidad y esa necesidad profunda, tan humana como universal, de ser visto y querido.
Mirando atrás, ¿qué recuerdas del Tomy que empezó en interpretación y qué crees que sigue intacto de aquella versión de ti?
De aquel Tomy recuerdo que le quemaba la curiosidad. Que, con gran inconsciencia, se metía en cualquier fregado, en cualquier curso, en cualquier pequeño proyecto sin presupuesto. Todo viene de un grupo de teatro amateur, Grupo Prieto, en el que nos quedábamos hasta altas horas de la noche haciendo decorados. De ese Tomy ha quedado la curiosidad y la necesidad de entender esto como un trabajo en equipo, de ayudar siempre que pueda. Hoy en día, con más consciencia quizá, siempre que puedo ayudar a mover una caja o cambiar una marca lo hago, aunque más de una vez me lleve una bronca.
Empezaste muy joven y has crecido profesionalmente delante de la cámara. ¿Sientes que tu carrera ha evolucionado al mismo ritmo que tú como persona o han ido por caminos distintos?
Creo que los proyectos que haces son indisociables del impacto que esas vivencias tienen sobre tu personalidad. Cada proyecto me ha hecho crecer y, de alguna manera, he crecido con ellos. Es verdad que alguno quizá te atonta un poco más que otra cosa, pero de eso te das cuenta más tarde, y ahí también creces.
Cuando piensas en proyectos como Skam España o Bienvenidos a Edén, ¿qué aprendizajes concretos te dejaron que todavía arrastras contigo?
Son proyectos muy diferentes que me enseñaron cosas muy distintas. Skam fue uno de los proyectos más importantes de mi vida porque fue el primero. Bego Álvarez Rojas me enseñó todo lo técnico de rodar y, sobre todo, la psicología de cómo comportarse en un set y con un equipo, que, para mí, es lo más importante. Tener la energía necesaria para que, en la medida de lo posible, la gente que trabaja contigo quiera volver al día siguiente. Eso me enseñó Skam.
Edén, en cambio, fue una serie muy frenética, con mucha expectativa, y de ahí aprendí a estar presente en el día a día, sin proyectarme demasiado, por difícil que sea. Así, todo es un regalo y el simple hecho de estar ahí, al margen de lo que pase con la serie, produce un enorme sentimiento de agradecimiento.
Edén, en cambio, fue una serie muy frenética, con mucha expectativa, y de ahí aprendí a estar presente en el día a día, sin proyectarme demasiado, por difícil que sea. Así, todo es un regalo y el simple hecho de estar ahí, al margen de lo que pase con la serie, produce un enorme sentimiento de agradecimiento.
Hay actores que hablan de ciertos papeles como puntos de inflexión. ¿Ha habido alguno que te haya cambiado más a nivel personal que profesional?
Creo que estoy teniendo una carrera con un ascenso bastante constante. Cada proyecto me ha ido trayendo el siguiente, a veces de forma muy lenta y otras de manera más inmediata. He ido forjando una carrera basada en una formación profunda y eso se ha reflejado en una cierta constancia en los proyectos. Pero creo que lo que más me ha cambiado a nivel personal han sido las escuelas a las que he ido, el aula más que el set. Por eso nunca voy a dejar de formarme; si algún día no es como alumno, espero que sea como profe.
“Lo que más me ha cambiado a nivel personal han sido las escuelas a las que he ido, el aula más que el set. Por eso nunca voy a dejar de formarme.”
Con el tiempo, ¿qué has aprendido a proteger de ti mismo dentro de una industria que constantemente te expone?
He aprendido a cuidar mi intimidad y mi cuerpo. Esta profesión es un modo de vida y depende de ti cómo enfocarla. A medida que he ido madurando, he entendido que la forma en la que quiero vivirla es cuidándome física y mentalmente: tener buenos hábitos, contar con buenos psicólogos y mantener la constancia y la disciplina. Eso, unido a un buen círculo familiar y de amistades profundas y sanas, me ha permitido respirar toda esa exposición con distancia y tranquilidad.
¿Qué fue lo primero que te atrapó de Oasis cuando leíste el guion?
Lo que me atrapó de Oasis cuando leí los primeros guiones fue esa diferencia entre lo que aparentemente se veía y lo que realmente estaba pasando. Creo que, como actor, los personajes más interesantes son los que suscitan preguntas difíciles de responder. Si al leerlo por primera vez ya sabes todo de él, es menos emocionante encarnarlo. Y este guion era una investigación psicológica constante para descubrir qué les estaba pasando por dentro en un contexto tan idílico. Creo que eso mismo es lo que te atrapa también como espectador.
¿Cómo describirías a tu personaje y qué partes de él te resultaron incómodas o difíciles de habitar?
Mi personaje es un tío muy noble, generoso y cariñoso, con una mirada muy inocente sobre las cosas, las personas y sus conductas. Sin embargo, esconde una gran herida: la muerte reciente de su padre. Tuve que construir cómo fue esa relación y cómo fue ese impacto en su persona. El mayor reto fue acercarme, sin juicio, a la muerte de un padre querido. Eso estaba muy lejos de mí, pero tuve la suerte de contar con la enorme generosidad de una gran amiga que sí había vivido esa experiencia. Ella me abrió su corazón y me regaló una parte muy importante del mundo interior de mi personaje. Me dijo algo muy acertado: que ella había perdido a un padre, pero su madre había perdido al amor de su vida. Y que lo que más cambia cuando se va un padre es la relación entre quienes siguen vivos, sobre todo con la madre. Esa decisión se ve muy bien en la serie: “Por encima de todo, mamá, yo te voy a cuidar. Y aunque me esté muriendo por dentro, voy a sonreír por ti”.
Oasis parte de un contexto extremo, de aislamiento y tensión. ¿Qué te permitió explorar emocionalmente un entorno así que quizá en otros proyectos no habías tocado?
Cuando ves la serie y cómo está construida, sobre todo la trama de Helena y Dani, el aislamiento y la tensión que viven los personajes es evidente. Pero, rodando las secuencias en desorden, no lo era tanto. Hubo que ser muy conscientes de dónde estábamos y de dónde veníamos para encontrar el punto justo y que, cuando se viera todo montado, esa tensión se sintiera en ascenso.
¿Hubo algún momento durante el rodaje que te hiciera replantearte algo sobre ti mismo o sobre tu forma de actuar?
Muchas cosas, tanto a nivel personal como interpretativo. Os contaré una. Al principio sentía que me quedaba corto en toda esa tensión que había que crear en el thriller, porque gran parte de mis escenas consistían en andar por un pasillo o mirar hacia algún sitio. Sentía la presión de querer hacer más. Pero, en un momento dado, gracias a David Pinillos y Jon de la Cuesta, a quienes les pedí ayuda para entender qué podía mejorar, recibí toda la confianza del mundo y empecé a actuar solo lo que pedía el texto. Solo aquello que, a mi juicio, sentía que era la historia, sin dejar que ninguna mirada externa o interna influyera en mis decisiones. Y, claro, todo empezó a funcionar y yo disfruté mucho más. Aprendí que siempre es más poderoso hacer lo que realmente está pasando, por sutil o pequeño que sea, que inventarte algo grandilocuente por miedo a no llegar a un lugar imaginario, esclavo de una expectativa que tú mismo has creado.
“Como actor, los personajes más interesantes son los que suscitan preguntas difíciles de responder.”
En una serie donde todo parece moverse entre la supervivencia y el deseo, ¿qué dirías que revela realmente sobre la condición humana?
Esta serie revela con mucha honestidad toda la luz y la oscuridad de la condición humana. Muestra una contradicción muy interesante que está en el corazón de la historia. Los personajes pudientes tienen dinero, ropa cara, vacaciones increíbles y, sin embargo, a la mayoría les falta lo esencial: amor. Sufren una soledad silenciada que intentan acallar con las apariencias. Pero tener tanto que esconder no te permite ser tú.
En cambio, aunque los trabajadores también sufran, son ellos mismos; tienen amigos de verdad cerca. Ante el deseo y la supervivencia, ningún bolso caro va a evitar que la vida haga estragos contigo. Pero cuando dejas de demostrar y de defender, al menos queda una esencia que te guía, a través de la intuición, hacia los caminos correctos.
En cambio, aunque los trabajadores también sufran, son ellos mismos; tienen amigos de verdad cerca. Ante el deseo y la supervivencia, ningún bolso caro va a evitar que la vida haga estragos contigo. Pero cuando dejas de demostrar y de defender, al menos queda una esencia que te guía, a través de la intuición, hacia los caminos correctos.
Después de varios proyectos importantes, ¿qué es lo que sigue empujándote a actuar? ¿Qué necesidad cubre en ti la interpretación?
Después de varios proyectos, o incluso aunque no hubiera hecho ninguno, lo que me lleva a actuar sería lo mismo. Es un modo de vida. Un deseo inherente a mí desde que era pequeño. Podría hablarte de cuidar mi curiosidad, mi pasión, mi ilusión, de alimentar mi obsesión genuina, que sin duda son razones de sobra para seguir en esto. Pero creo que eso maquillaría un poco la respuesta. El motor de todo esto, al final, creo que es el deseo de ser visto, aceptado y reconocido y, por encima de todo, amado. De que mi madre y mi padre me quieran, de que mis hermanos me admiren y de que mis amigos me abracen. Eso es realmente lo que hay detrás de tanta obsesión sana con el trabajo.
¿Qué relación tienes hoy con la ambición? ¿Ha cambiado respecto a cuando empezaste?
Sin duda ha cambiado. Soy un tío ambicioso, eso lo tengo claro. Pero antes quizá esa ambición tenía más que ver con ser reconocido por la profesión y ahora tiene que ver, por ejemplo, con hacer una residencia con mi amigo Gonzalo y montar una obra de teatro. Está mucho más centrada en el trabajo y en cómo emplear mi tiempo que en lo que la gente pueda pensar de ese trabajo.
En una industria que a menudo premia la inmediatez, ¿cómo mantienes una conexión honesta con tu oficio?
A través del aula. De maestros y maestras. En la sala de ensayo no hay resultado y, por lo tanto, tampoco hay inmediatez; es justo lo contrario. Se busca fallar dignamente, equivocarse, probar, experimentar, tomarse el tiempo. Ahí es donde más actor me siento. También viendo mucho teatro y mucho cine, y dando clases a alumnos apasionados y generosos. Estar en contacto con el porqué hice esto en un primer momento.
¿Qué tipo de historias sientes que todavía te faltan por contar o qué lugares emocionales aún no has explorado como actor?
Infinitos. Creo que quiero ir hacia papeles quizá más maduros y no tan adolescentes. Investigar la etapa de la vida en la que estoy a través de los personajes. Por ejemplo, el deseo de tener un hijo, o tenerlo. O interpretar profesiones como la de abogado, o algo relacionado con el poder político. Eso me interesaría muchísimo.
Si pudieras hablar con tu yo de hace cinco años, justo antes de todo este recorrido, ¿qué le dirías sobre lo que significa realmente ‘llegar’?
Llegar no es un lugar, sino un estar en el camino. Nunca se llega, pero siempre se puede estar. Hay una frase que leí una vez y que se me quedó grabada: “Tu hogar no tiene por qué ser tu casa; el hogar es donde cesan tus intentos de huida”. Y creo que yo ya lo he encontrado. “Confía y disfruta”, le diría.

