Uno no entra a ver un documental de moda esperando encontrarse con algo parecido a una resurrección. Espera, como mucho, el recorrido habitual: mucho archivo, caída, superación y éxito. Pero el largometraje de Gonzalo Hergueta, The Designer Is Dead, decide jugar a otra cosa: empieza con un funeral y avanza como si, en realidad, estuviéramos asistiendo a un milagro extraño y difícil de clasificar.
Suena un órgano de iglesia. Un sacerdote se viste. Una virgen observa. Hay algo que parece una sepultura de hormigón. Miguel Adrover, el diseñador, ha muerto. La película se instala en un territorio ambiguo, a medio camino entre lo litúrgico y lo simbólico, donde desaparecer no es tanto un final como una mutación. Nos llevan a Mallorca, a una vida retirada y misteriosa, que se acompaña de un paisaje paradisíaco, cantos de pájaros y destellos del sol, y que contrasta con la oscuridad inicial de una fama demasiado fugaz. 
El presente se suspende y Adrover reconstruye su propio relato. Jenneffer Hoffmann abre entonces un baúl, físico y mítico, de imágenes, recortes y recuerdos que ordenan la trayectoria de un diseñador sin formación académica que, en cuestión de muy poco tiempo, pasó de no existir a ocupar el epicentro de la conversación.
Nueva York, finales de los noventa: ruido, caos, Anna Wintour, high fashion. En el lugar donde todo ocurre y donde todo se consume a una velocidad vertiginosa, Adrover irrumpe como una anomalía, esa ‘salsa picante’ de la que hablan quienes le rodearon. Viajamos entre sus colecciones, desde las mujeres de Chiapas en 1999 hasta la polémica Utopia. Vemos como su ascenso lo empuja progresivamente hacia un abismo del que solo cabe saltar.
Ese mismo vértigo es el que recoge la película, que se estrena en cines el 10 de abril tras un recorrido por festivales donde ha ido consolidando su recepción: Mejor Documental en el Moritz Feed Doc, Premio del Público en el Atlàntida Mallorca Film Fest y su paso por el Festival de San Sebastián. Hay algo en la forma en que Hergueta se aproxima a Adrover que conecta con su mismo espíritu indomable.
El director decide contarlo desde la cercanía, en un contraste que se aborda con planos cerrados, gran detallismo y una sensación constante de acceso íntimo. El documental, producido en el entorno creativo de Little Spain, rehúye el brillo de su pasado y se centra en la voz del personaje que crea en un sótano de piedra en una isla del Mediterráneo. La fotografía de Daniel Vignal, desde ángulos bajos, nos sitúa en una posición de admiración, casi de reverencia, casi infantil: miramos a Adrover con una mezcla de fascinación y desconcierto.
El montaje alterna el recuerdo de una vida frenética y ruidosa con los pasajes de un personaje poco menos clerical, real y frágil, que oscila entre la vida y algo que se parece mucho a lo que viene después. El documental se convierte así en una reflexión sobre el impulso creativo, un núcleo difícil de domesticar, dentro de una industria frágil, voraz y contradictoria, donde las líneas entre éxito y fracaso se diluyen constantemente.
Una partitura de Ignacio Simón que roza lo ritual empuja esta idea hasta lo simbólico. Aparecen el fuego, el cuerpo y el movimiento, y la blancura inicial se tiñe de rojo. La escena se transforma en algo más ambiguo, casi pagano. En esa última imagen, a medio camino entre el purgatorio y el cielo, se intuye la figura de un ave fénix. De los restos de una vida pasada emerge un artista que ya no necesita ocupar un lugar en ella. El título deja de sonar provocador para ser, sencillamente, preciso. El diseñador ha muerto, la figura, el nombre y el rol. Pero el gesto creativo sigue intacto. 
DEP Miguel Adrover (el diseñador).