La cuarta jornada del Sonorama Ribera fue in crescendo sin darnos un respiro. Entre los saltos emocionales que provocaron artistas como Amaia, Delgao o Don Patricio, el festival se nos pasó en un suspiro. Tampoco quisimos perdernos a otros como Gara Durán, Carlos Ares o Maestro Espada. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, nos plantamos casi al final de esta edición.
Llegamos al concierto de Gara Durán por recomendación de Barry B la noche anterior. La madrileña sorprendió a más de uno con sus poderosas baladas electrónicas, que reunieron a uno de los públicos más multitudinarios del escenario Glo Music Hall. Enfundada en unas gafas de sol y top vaquero al más puro estilo Charli XCX, Gara consiguió crear una radiografía perfecta de las vivencias amorosas de la generación z a través de su lírica honesta y gestos delicados y sensuales.
Antes de que el sol cayese definitivamente para dar paso a la luna llena, llegó Amaia bajo un calor que declaró llevar “fatal”. La artista desplegó todo su virtuosismo con el arpa en Ya está, mientras el público mantenía un silencio sepulcral; también, taconeando en Despedida, una canción dedicada a su abuela con la que declaró “celebrar la muerte”. A su madre, presente entre el público, le cantó este tema y a los que la llevamos siguiendo desde sus inicios nos regaló Nuevo verano, una de sus canciones más aclamadas que no forma parte del setlist de su actual gira. Antes de despedirse de su público, la pamplonica sentenció: “Yo luego me voy a beber unos vinos, que aquí el vino está muy bueno”.
Mientras actuaba Amaia, también lo hacía Carlos Ares en un abarrotado escenario AFMCYL, un solape que pocos entendieron. El concierto del gallego reunió a casi a la misma cantidad de gente, que no quiso perderse su despliegue instrumental y a un Ares que se maneja como pez en el agua, llevando el folk a terrenos insospechados en un show coreografiado hasta el último detalle.
Aunque el de Carlos Ares y Amaia no fue el único solape que se produjo a las diez de la noche. También a esa hora teníamos a Maestro Espada. El dúo demostró saber aprovechar la potencia de sus guitarras a pesar de que su canción más conocida, La despedía, es una íntima balada folk. El peak de su actuación fue la cover de Maquillaje de Mecano, entre falsetes eléctricos y gritos desgarrados que acabó con uno de los hermanos en el suelo.
Otro dúo fue el encargado de relevar a Maestro Espada, ofreciendo uno de los shows más frenéticos de la edición. Cala Vento demostró que dos personas pueden sonar como cinco, y que el punk-pop emocional no necesita artificios si está cargado de verdad. Su directo fue un torbellino de energía sin filtro, que llevó los gritos del público a un tono desgarrador para hablar de precariedad, desarraigo y la identidad de una generación que canta desde la entraña.
En apenas unos meses, Judeline ha pasado de ser la artista emergente con un directo pobre a convertirse en una bestia escénica y una de las cantantes más reconocidas de su generación. Sobre el escenario, Lara nos cuenta una historia de redención y pureza, a través de una lírica solemne y un slowbeat urbano, sobre cómo sentimientos como la ira o la locura solo necesitan ser tratados con delicadeza y amor para sanar.
El concierto de Delgao condensó el espíritu de pop kinky que le ha definido en los últimos años combinando influencias urbanas y electrónicas, para crear un repertorio que llevó al público del baile a la emoción. El segoviano ofreció el concierto más vibrante de música urbana de este sábado, haciendo saltar y gritar al público con hits como Dos días al mes o el más reciente MI CUUULO.
El retorno o reinvención de Don Patricio provocó tanto entusiasmo como nostalgia con esos hits que marcaron gran parte de los veranos de la pasada década, como Enchochado de ti o Contando lunares. Un concierto en el que el canario ha sabido traer de vuelta su sonido de siempre y hacerlo parte de nuestro presente.

Amaia

Cala Vento

Carlos Ares

Don Patricio

Judeline
