Vivimos rodeados de imágenes: las deslizamos con el dedo, las acumulamos, las olvidamos casi al mismo tiempo que las vemos. Pintura, archivos, pantallas, historias, memes, scroll infinito. El trabajo de Sofía Briales parte de ahí, de esa sensación de saturación constante, pero también de una pregunta más básica: ¿qué hacen hoy las imágenes con nosotros?
Su práctica cruza pintura y cultura digital, pasado y presente, sin establecer jerarquías claras. Para ella, una pintura rupestre y una imagen de internet no están tan lejos: ambas circulan, se desgastan, se reinterpretan y terminan formando parte de sistemas más grandes que nosotros. En su trabajo, la pintura no es algo opuesto a lo digital, sino una forma más, quizás la más antigua, de pensar las imágenes.
En esta entrevista, la artista madrileña habla de la velocidad como una condición inevitable de nuestro tiempo, de la dificultad de imaginar en un contexto donde todo parece haber sido ya visto, sobre la sobreexposición visual y el archivo. Esta conversación no pretende explicar el arte contemporáneo, sino compartir preguntas que atraviesan nuestra forma de mirar, consumir imágenes y habitar una realidad cada vez más rápida y saturada.
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Durante un tiempo trabajaste bajo un seudónimo bastante divertido. ¿Por qué ese nombre? ¿Fue una forma de cansancio, ironía o resistencia frente al sistema del arte?
No nació como una postura crítica ni como un gesto consciente contra el sistema del arte. Apareció casi por accidente, mientras estudiaba en Cuenca, como un juego de palabras lo bastante malo como para quedarse. Con el tiempo dejó de gustarme pero seguí manteniéndolo porque funcionaba como una especie de punto de anclaje: un recordatorio de la relación que tenía con la pintura cuando empecé, de cuáles eran mis intenciones iniciales, incluso cuando ya no me representaban del todo. También tenía algo de humor involuntario: convertido en nombre y apellido, fuera de España mucha gente pensaba que era real. Me parecía divertido dejar que ese malentendido circulara. Más que cansancio o resistencia, fue una forma ligera de tomar distancia del artista como marca y crear un personaje.
Tu trabajo está muy ligado al archivo y al material histórico. ¿Qué personalidades, épocas o gestos del pasado te inspiran más?
Me interesa prácticamente todo, y no por acumulación sino por inevitabilidad. Todo tenía que ocurrir para que yo estuviera aquí, así que el archivo no es una especialidad, es una condición. Podría decir que me interesa todo lo que va de Altamira a Kim Kardashian y no estaría exagerando.
Si pudieras renacer como cualquier persona, famosa o no, ¿quién serías y por qué?
Dios me libre de volver a nacer. Pero si hubiera que hacerlo, probablemente sería una nepo baby, hija improbable de Hito Steyerl y Maurizio Cattelan. Los admiro profundamente y me hace gracia imaginar lo absurdo que sería que acabaran juntos.
Tu trabajo reflexiona mucho sobre cómo las imágenes circulan y producen sentido. ¿Cómo crees que consumimos hoy las imágenes y qué efecto tiene esta sobreexposición constante en nuestra forma de sentir y pensar?
Yo personalmente consumo imágenes a través de atracones indigestos: sin interés pero sin poder dejar de mirar. Creo que ya no las vemos, las gestionamos. La imagen hoy no representa nada, opera. La sobreexposición no nos vuelve más sensibles, sino más planos. No produce memoria, produce reflejos. Vivimos rodeados de imágenes pero con una imaginación cada vez más comprimida. No es que veamos demasiado, es que nos da igual lo que vemos. Ni siquiera somos capaces de retenerlo, y eso termina por reorganizar cómo pensamos, cómo deseamos y cómo nos relacionamos con el mundo.
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¿En qué momento una imagen deja de pertenecernos y pasa a formar parte del sistema?
No creo que las imágenes nos hayan pertenecido nunca. Como mucho las atravesamos durante un instante antes de que entren en circulación. Después ya no son memoria ni experiencia, son datos.
Has dicho que trabajas la velocidad como una forma de poder y de violencia. Esto recuerda en parte al futurismo, aunque desde un lugar casi opuesto. ¿La velocidad es algo que celebras o que condenas?
No la condeno y mucho menos la celebro. La velocidad es un hecho, simplemente aprendo a vivir con ella.
La fast life contemporánea, ¿crees que se ha romantizado en exceso?
Espero que no.
Durante la pandemia fuimos obligados a frenar y ralentizar. Sin embargo, cuando todo volvió a la ‘normalidad’, pareció que ese tiempo se olvidó aún más rápido, como si hubiera que recuperar lo perdido yendo todavía más deprisa. ¿Qué lugar tiene hoy la ralentización en un mundo que teme perder tiempo? ¿Crees que es necesaria y por qué?
Que la ralentización sea necesaria no la vuelve posible. La velocidad ya era un problema antes de las redes sociales, YouTube, el x2 o incluso la pandemia; Paul Virilio y otros lo advirtieron cuando todavía no existía el scroll down. La pandemia no cambió esa lógica, solo la interrumpió brevemente. Ralentizar es una solución difícil de sostener dentro de una estructura que teme, por encima de todo, perder tiempo.
Dices que en un mundo donde todo ya ha sido hecho, lo que cambia es la forma de mirar. Vivimos en un contexto saturado de referencias. ¿Crees que eso es un límite o, justamente, el punto de partida?
Creo que en ocasiones es agotador, pero no lo entiendo como un límite. Para mí es más bien un juego.
“Vivimos rodeados de imágenes pero con una imaginación cada vez más comprimida. No es que veamos demasiado, es que nos da igual lo que vemos. Ni siquiera somos capaces de retenerlo.”
Has dicho que la pintura es un lenguaje previo a su domesticación semántica y que las palabras inventaron el malentendido. Pero la pintura también se interpreta de muchas maneras. ¿Dónde sitúas hoy ese malentendido: en el lenguaje, en la imagen o en quien mira?
Para mí la pintura inventó el significado y las palabras inventaron el malentendido. Ese malentendido no lo sitúo ni en la imagen ni en quien mira en abstracto, sino en mí: en mi propia relación con el lenguaje. Yo soy el malentendido.
En Dejar el pincel a remojo, la pintura funciona como un sistema en loop, casi como un scroll infinito. ¿Qué te interesa de esa idea de proceso continuo, sin principio ni fin?
Principalmente me interesaba ver el agua caer. Así de simple. Crear un espacio para observar cómo las pinturas viven, se comportan y se degradan con el tiempo, permitiendo que el material siga sus propios ritmos.
La muestra viene descrita como un deseo de afirmar presencia y, al mismo tiempo, aceptar la fragilidad. ¿Crees que esa tensión define también nuestra forma actual de habitar el mundo?
Supongo. Más que una contradicción, lo veo como una condición.
Si tu práctica surgiera hoy desde cero, ¿crees que tomaría la misma forma o respondería a otras urgencias?
Creo que sería prácticamente igual. Sigo intentando responder, o al menos formular, las mismas preguntas que cuando empecé. No he llegado a ninguna conclusión; lo único que ha cambiado es la forma en que esos pensamientos se han ido transformando.
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