La nueva película de Ildikó Enyedi propone una estructura poco convencional. Silent Friend articula su relato en torno a un antiguo árbol ginkgo biloba situado en los jardines botánicos de Marburgo (Alemania), que funciona como eje silencioso de tres historias ambientadas en distintas épocas: 1908, 1972 y 2020.
En una de ellas, Tony Leung interpreta a un neurocientífico hongkonés que queda aislado en Europa durante el confinamiento y desarrolla un experimento vinculado al árbol. En otra, situada en los años setenta, un joven estudiante vive una transformación personal a través de su relación con el mundo vegetal. Y, a comienzos del siglo XX, una joven pionera en los estudios de biología descubre nuevas formas de mirar y comprender la naturaleza. Más que una narración clásica, la película funciona como un relato sensorial y contemplativo, una reflexión sobre el paso del tiempo, la ciencia, la soledad y la relación entre los seres humanos y el mundo vegetal. El ginkgo no es solo un decorado: es el testigo mudo que conecta las vidas, los gestos y las preguntas de personajes separados por décadas.
No todos los días uno entra en una sala madrileña sabiendo que, además de una película, va a ver en persona a una de las grandes leyendas del cine contemporáneo. El 22 de enero, en los Cines Golem de Madrid, el preestreno de Silent Friend tuvo ese aire de acontecimiento que ya se percibía en el vestíbulo: no era una sesión más ni un pase anticipado. Estaba allí Tony Leung. La nueva película de Ildikó Enyedi llegaba a Madrid con un extra que lo cambiaba todo: la presencia de su protagonista y un coloquio posterior, organizado en colaboración con Filmin y moderado por Matías G. Rebolledo. Para quienes llevamos años viendo a Leung en pantalla, en algunos de los títulos más emblemáticos del cine de las últimas décadas, tenerlo sentado a pocos metros convertía la experiencia en algo casi irreal.
Desde el principio, el ambiente fue el de una noche especial. No había una distancia fría entre invitado y público, sino esa sensación, tan poco frecuente, de cercanía: de estar compartiendo algo que no se iba a repetir. Hubo una conexión clara con los asistentes, y eso se notaba en la sala: atención sostenida, silencio respetuoso y una escucha que iba más allá de la mera curiosidad.
Silent Friend no es solo un nuevo título en la cartelera. Es también el encuentro entre Ildikó Enyedi, una de las voces más singulares del cine europeo reciente, y una de las grandes figuras del cine asiático. Enyedi, recordada internacionalmente por En cuerpo y alma y su Oso de Oro en la Berlinale, vuelve a desplegar aquí ese cine atento a los estados emocionales, al ritmo interno de los personajes y a una sensibilidad muy personal.
La presencia de Tony Leung añade otra capa no solo por su peso como estrella, sino por lo que representa a nivel cinematográfico. Verlo integrado en el universo de Enyedi subraya el carácter internacional del proyecto y refuerza la sensación de estar ante una película que dialoga entre tradiciones, estilos y maneras de entender el cine.
Para quienes estuvimos allí, la noche no se quedó en la proyección. El coloquio alargó la experiencia, la sacó de la pantalla y la convirtió en conversación. En tiempos en los que el cine se consume cada vez más rápido y de forma más solitaria, este tipo de sesiones recuerdan por qué seguimos yendo a las salas: por el ritual, por el encuentro y por la posibilidad de que, durante un par de horas, el cine vuelva a ser un acto colectivo.
