Creada por Victoria Martín y basada en su novela homónima, Se tiene que morir mucha gente, se estrenó el 21 de mayo en Movistar Plus+. La serie, protagonizada por Anna Castillo, Macarena García, Laura Weissmahr y Sofía Otero, adapta el universo ácido y generacional de la cocreadora de Estirando el chicle en seis episodios de media hora. Una comedia negra generacional que convierte la ansiedad, la amistad y el agotamiento emocional en un relato tan incómodo como tremendamente divertido.
Victoria Martín tiene una capacidad muy concreta, y bastante poco habitual, para detectar lo absurdo dentro del malestar cotidiano. La serie habla de ansiedad, precariedad emocional, dependencia afectiva o frustración laboral, pero nunca desde la solemnidad. Todo está atravesado por un humor ácido, rápido y a veces salvaje que convierte situaciones bastante devastadoras en escenas completamente tronchantes.
Lo mejor de Se tiene que morir mucha gente es probablemente su tono. La serie se mueve muy bien entre la incomodidad y la comedia sin perder naturalidad. Hay diálogos afiladísimos, discusiones absurdas que esconden heridas reales y momentos que parecen exagerados hasta que uno piensa: “Bueno, quizá tampoco tanto”. Victoria Martín entiende perfectamente esa sensación contemporánea de vivir agotado mientras intentas aparentar que todo está más o menos bajo control.
Anna Castillo, Macarena García y Laura Weissmahr construyen tres personajes muy distintos entre sí, pero unidos por una especie de caos compartido. Son mujeres rotas a ratos, egoístas, vulnerables, divertidas y profundamente humanas. La serie acierta especialmente al mostrar una amistad femenina lejos de la idealización: aquí las amigas se sostienen, pero también se cansan unas de otras, se utilizan emocionalmente y se dicen cosas horribles con total naturalidad. Y precisamente por eso resulta creíble.
La serie también sabe encontrar momentos de verdad emocional entre tanto cinismo. Sin grandes discursos ni escenas excesivamente dramáticas, consigue retratar bastante bien esa sensación generacional de no haber llegado nunca del todo a la vida adulta. Hay algo muy reconocible en sus personajes: la dificultad para gestionar emociones básicas, el miedo constante a quedarse atrás y esa mezcla entre ironía y fragilidad con la que mucha gente atraviesa los treinta.
Es verdad que, en algunos momentos, la serie parece disfrutar tanto de su propio ritmo verbal y de su neurosis que ciertas escenas se alargan más de la cuenta o algunos conflictos pierden fuerza entre tanta intensidad emocional. Pero incluso ahí mantiene una personalidad muy clara y una voz propia difícil de encontrar en muchas comedias recientes.
Se tiene que morir mucha gente no intenta dar lecciones ni ofrecer respuestas. Funciona mejor como retrato emocional de una generación que vive entre memes, ansiedad y vínculos cada vez más frágiles. Una serie caótica, afilada y muy consciente de que el humor, muchas veces, no sirve para curar nada, pero sí para hacer un poco más soportable el desastre.
