La expectación ante la séptima entrega de Scream era enorme. El auténtico cataclismo creativo que sufrió la producción tras el despido de Melissa Barrera y la renuncia de Jenna Ortega provocó que el guion volviera prácticamente a la casilla de salida. Las hermanas Carpenter ya no iban a regresar y, en su lugar, quien volvía a las pantallas era Neve Campbell, recuperando a su icónico personaje: Sidney Prescott. La pregunta era inevitable: ¿ha merecido la pena el regreso de una de nuestras final girls favoritas?
La película, dirigida por Kevin Williamson, intenta evocar el espíritu de la primera entrega. Volvemos a encontrarnos con una heroína y con personajes plenamente conscientes del universo en el que se mueven, dentro de un escenario que recuerda inevitablemente a Woodsboro: un pequeño pueblo estadounidense de apariencia idílica donde Sidney Prescott, por fin, parece haber logrado algo que durante décadas parecía imposible. Tras sobrevivir a todo tipo de traumas a lo largo de la saga (una segunda parte aún más cruel, un retiro bajo identidad falsa en la tercera, un intento de reinventarse como escritora en la cuarta y una vida aparentemente estable como madre en la quinta), ahora la vemos instalada en una vida tranquila, con familia, marido, hija y una pequeña cafetería.
Y ahí aparece el gran problema. Sidney se ha convertido exactamente en lo que cualquier guionista perezoso haría con ella: una madre típica con una hija típica, un marido típico y una casa típicamente estadounidense. Incluso su trabajo responde a ese cliché casi caricaturesco de la vida apacible en ese país. ¿Puede haber algo más aburrido que eso? Probablemente no. Pero, aun así, Sidney no decepciona. Sigue siendo fuerte, valiente y resolutiva; sigue siendo la primera en reaccionar cuando aparece el peligro y la primera en plantar cara a Ghostface. Su instinto de supervivencia continúa intacto, sobre todo cuando se trata de proteger a su hija, llamada Tatum en homenaje al personaje que interpretó Rose McGowan en la película original.
El problema es que Scream 7 parece tener poco interés en desarrollar sus personajes. La película está demasiado ocupada con el baño de sangre como para detenerse en las relaciones que se establecen. La dinámica entre Sidney y su hija es tan simple como previsible (una madre que quiere proteger a su hija y una hija que intenta aprender de ella), mientras que el marido queda relegado a un papel casi decorativo. Algo similar ocurre con los amigos de la hija adolescente que, salvo cuando mueren, no tienen ningún tiempo para brillar.
Ni siquiera Gale Weathers sale especialmente bien parada. Aunque reaparece junto a los gemelos Meeks-Martin, su presencia es mínima y probablemente sea el papel más irrelevante que ha tenido en toda la saga. Y eso resulta especialmente frustrante porque Gale siempre ha sido uno de los personajes más complejos de Scream: una periodista capaz de sacrificarlo todo por una historia, obsesionada con descubrir quién se esconde detrás de la máscara. En Scream 3 prometía que algún día ganaría un Pulitzer, pero ese Pulitzer nunca llegó. Da la sensación de que la saga nunca ha sabido qué hacer con ella, cuando en realidad Gale Weathers ha sido durante décadas uno de los pilares que han mantenido viva la franquicia.
Donde la película sí funciona es en Ghostface. El asesino sigue estando en plena forma y las muertes son, sin duda, lo mejor. Ghostface se muestra más imaginativo, más despiadado y más cruel que nunca; en algunos momentos incluso parece ensañarse con sus víctimas. Resulta impactante ver todo lo que es capaz de hacer, no solo con su cuchillo, sino también con otras armas que es mejor no desvelar.
El problema llega con el final. El desenlace resulta anodino, casi de trámite, como si la película hubiese decidido jugar sobre seguro en lugar de arriesgar. Y quizá ya va siendo hora de lo contrario. Scream nació hace treinta años y la saga parece haber llegado a un punto en el que necesita tomar decisiones reales. La quinta y la sexta entrega habían apostado por un pequeño reinicio con las hermanas Carpenter como eje narrativo, algo que aportó frescura y permitió que los personajes clásicos funcionaran como apoyo dentro de la historia. Volvíamos a ver a Gale, a Sidney, a Dewey e incluso a Kirby, que regresaba de entre los muertos, pero el foco estaba en una nueva generación.
Por eso, volver ahora a centrar la historia en Sidney, algo que quizá parecía inevitable desde el principio, resulta frustrante. Y esa sensación se refleja también en la taquilla: pese a convertirse en un gran éxito inicial que prácticamente garantiza una octava entrega, la película sufrió una caída de más del setenta y cinco por ciento en su segundo fin de semana.
Aun así, hay algo que los fans de Scream sí podemos celebrar: la franquicia continúa viva y habrá una película más. Nuestra heroína ha vuelto, volveremos a ver a Sidney y seguramente también a Gale. La verdadera cuestión es si en la próxima entrega veremos algo que realmente merezca la pena, porque a estas alturas, Ghostface ya no puede permitirse hacer heridas superficiales. Si la saga quiere seguir adelante, ahora tiene que ir a matar.
