Si no sabías dónde estaba Santo Romeo, la respuesta se encuentra en los márgenes de Kobe, Japón. Desde allí, el artista rompe un silencio de dos años con un trabajo que funciona como archivo y despedida: una selección de su producción reciente que clausura su etapa más rapera.
The Soloist actúa como mapa entre geografías físicas y psíquicas. Del cenit de la cordillera del Atlas a las avenidas de Umeda; de las pinedas de la Costa Brava hasta las alturas del Annapurna. Es una narrativa que, como ya vimos en su entrega anterior, se mueve entre el costumbrismo y el lujo. Música de frontera, construida desde una búsqueda incansable por lo desconocido y que solo alguien que habita entre dos mundos podría capturar.
Romeo ya no busca el hit ni el beneplácito de la industria. Nos sentamos con él para desgranar el cierre de un ciclo y la mirada renovada que le ha regalado Japón, el lugar desde el que toma forma y sentido su último álbum, The Soloist.
¡Hola, Romeo! Encantada de volver a entrevistarte.
¡Encantado! Buenos días para ti, creo.
¿Qué hora es allí?
Las cinco y media de la tarde. Llevo un buen cacho de día ya.
Hace casi dos años te entrevisté para el álbum Millenium Mambo. Hazme un pequeño resumen de lo que ha sido tu vida desde entonces.
Hasta ahora he sido bartender y poco a poco he empezado a gestionar eventos aquí, en Kobe. Estoy detrás de la mesa de DJ, de la barra, aprendiendo sobre cómo funcionan los bookings, arremangándome en producción, currando en dirección creativa, etc. Puro joseo (risas).
Millenium Mambo lo lancé justo después de la primera vez que vine a Japón. Con Holics nos estaba yendo muy bien, pero, como siempre, paralelamente a mi carrera musical he seguido estudiando y trabajando, y venir aquí es la siguiente etapa en mi carrera profesional. La experiencia de fundar el colectivo, ser productor y artista, y ayudar a diseñar la marca de Holics me convenció de que quería dedicarme al negocio de la música. Me encanta hacer música para mí, pero me di cuenta de que convertirla en tu principal fuente de ingresos como artista es un quebradero de cabeza.
¿Crees que hay mucha presión en ese sentido?
En la industria musical en España no hay grises: o eres una superestrella o no te comes una mierda. He visto gente con números increíbles que quizá no llegue a fin de mes. Con lo friki que soy, si intentaba pelear por un lugar en la escena para vivir de ello, me iba a frustrar. Donde está la pasta es en la industria que rodea a la música. Cuanto más estudiaba la industria y más curraba ahí, más me daba cuenta de que, como artista, te comes una mierda.
¿Cómo influyó ese cambio de mentalidad en tu obra?
Empecé a estudiar y a prepararme para el negocio, y eso me permitió hacer música solamente porque me apetece, sin tener que cumplir expectativas ni buscar el hit. De ahí salió Millenium Mambo, que es mi álbum favorito. Ahí fue cuando empecé a diseñar mi sonido y encontré mi estilo personal.
Desde que empecé he sido muy prolífico; podía hacer siete beats en un día y grabar tres temas. Pero a medida que mejoras y refinas el producto, te vuelves más exigente. Ahora hago menos música pero cuando hago algo, me mola mucho. Quizá me falta ese chute de dopamina de hacer música a diario como antes, pero el resultado es definitivamente mejor.
“Me encanta hacer música para mí, pero me di cuenta de que convertirla en tu principal fuente de ingresos como artista es un quebradero de cabeza.”
¿Cuánto te ha influenciado vivir en Japón a la hora de hacer música?
Me ha abierto muchas fronteras. Una de las cosas que me fascina es la oferta que hay de todo: ropa, bebida, comida, estética, diseño. Hay mucha curaduría. En el modelo europeo siempre premiamos la eficacia; aquí se premian el esfuerzo y el sacrificio. Eso implica que hasta a la cosa más pequeña le ponen sangre y sudor (para lo bueno y para lo malo, pero eso es otro tema).
Yo vivo en Kobe, que no es una megalópolis como Tokio u Osaka, sino una ciudad más pequeña. Pero te vas a una tienda de segunda mano a las afueras y flipas con la ropa de diseñador de pasarela que hay. La gente tiene un gusto y un refinamiento que se percibe en todo: en cómo te sirven una bebida, en el valor que le dan a la presentación de la comida, en el diseño de cualquier espacio. Hay de todo, eh, no me malinterpretes. Pero digamos que el estándar es alto. Estar rodeado de eso me ha dado un aprecio por ciertas cosas que en España no habría recibido.
Creo que una manera bonita de hacer una especie de síntesis sobre lo que ha sido tu vida desde entonces es preguntarte cuáles han sido tus películas favoritas.
Sigo muy metido en el cine asiático, especialmente chino y taiwanés, por el mismo motivo que creo que ya he comentado alguna vez. Tienen una forma completamente diferente de reflejar las relaciones personales y el amor; la sensibilidad es otro nivel. El sentido estético es muy diferente al nuestro. Yo trato de buscar ese contraste también, encontrar algo distinto a lo que vivimos nosotros en el día a día.
Luego están sus comedias y su humor absurdo, con bangers como Shark Skin Man o Love Exposure. Y, como guilty pleasure, me encantan las pelis francesas e italianas rollo comedia picaresca mediterránea del canallita seductor, como Il Sorpasso o Tendre Voyou (honestamente, cualquier cosa con Jean-Paul Belmondo). Como última mención, bastante diferente a lo previamente mencionado: Phantom of the Paradise, de Brian De Palma. Banger.
Hablemos sobre el nombre del álbum. Cuando te pedí que me describieras Millenium Mambo utilizaste una sola palabra: “solista”. Y, de hecho, es una idea que se repite constantemente en este álbum, no solo en el título, sino también en las canciones. ¿Por qué?
Al concepto de soloist le llevo dando vueltas desde hace tres o cuatro años; de hecho, es mi nombre de Instagram desde hace tiempo. Me siento identificado con el hecho de funcionar como solista. ‘Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como’ como manera de currar, podríamos decir (risas).
También hay un poquito de traumita de mi época de trombonista. El trombonista casi nunca es el solista; eres soporte, acompañamiento. Este proyecto es sobre hacer lo que quiero cuando quiera. Llevaba mucho tiempo sin sacar nada y esto funciona más como una mixtape, un archivo de la música que he hecho que más me ha gustado de los últimos cuatro años.
El solista también es una película sobre un violonchelista que desarrolla esquizofrenia. En tus canciones hay un tema recurrente: la paranoia, la locura, el lunatismo. ¿Te atrae la idea de ser un genio incomprendido?
Cien por cien (risas). Siempre exagero bastante, pero es un poquito como me he sentido siempre. Siempre he sido un chaval rarito de cojones. Mis mierdas son mis mierdas y sé que son una frikada, pero ahora... a la peña le molan, ¿sabes? Siempre me ha fascinado muchísimo esa idea del lunático, del tío que está a la suya completamente. La excentricidad aplicada al lujo, a la inteligencia. Me parece un flex ser un coco. Me fascina la figura del intelectual decadente. Ser un bohemio de la vida, como diría el Migue de Los Clandestinos. Que te dé igual todo.
“Ahora hago menos música pero cuando hago algo, me mola mucho. Quizá me falta ese chute de dopamina de hacer música a diario como antes, pero el resultado es definitivamente mejor.”
¿Y el arte? Una de las canciones tiene como nombre a Kazimir Malévich.
Una de las primerísimas canciones que hicimos antes de Holics se llamaba Kazimir Malévich. Era porque la portada era el cuadro suyo de White on White y era una referencia a lo que ya te puedes imaginar. Siempre hemos jugado mucho con todo este tema. Los contrastes, usar una pintura del suprematismo para hablar de algo tan soez como la blanca. Además, me ha molado mucho hacer este cierre de la etapa de traperito sacando Kazimir Malévich Pt. 2 con el Wonka. Es un guiño a aquel tema, a lo que lo empezó todo.
En esta canción dices: “Con estos Dior del 2005 no me da la pierna para un high kick”. Me recuerda a algunos memes y me interesa saber cómo entran las redes sociales y los algoritmos en tu proceso creativo.
Yo soy un internet kid al cien por cien. He estado en internet desde 2008, pero echo de menos la sensación de aventura de antes. Te metías en YouTube y los recomendados eran una locura, cada día descubrías algo nuevo y se sentía orgánico, único. Al igual que en Instagram o
Tumblr: encontrabas subculturas urbanas o artistas haciendo movidas superoriginales de manera más orgánica, se sentía que había comunidades.
Hoy en día, por supuesto que siguen existiendo, pero la dificultad está en llegar a las comunidades y moverte por ellas intentando evitar que las plataformas te redireccionen a lo mainstream constantemente. Hacer un bypass del algoritmo es difícil. Por ejemplo, ahora YouTube y Spotify siempre te recomiendan lo mismo; es una máquina de producir dinero. Suelo pensar si se me está modelando la mente por las microtendencias o si aún soy capaz de utilizar internet como antes. Curiosamente, la única plataforma que me ofrece descubrimientos reales hoy a nivel musical es el buscador de música de Instagram. Entro ahí, capturo temas que no conozco de nada y me los guardo porque hay temazos.
No has lanzado nada visual aún. ¿Tienes algo en mente?
Me molaría hacerlo, pero no me da la vida ni los chavos (risas). Vivo en Japón, que es el paraíso para hacer contenido multimedia, pero soy muy exigente con lo que hago. Ya he pasado por eso de encontrar un equipo con el que conecte. Está en mis planes, pero si no me convence, no lo voy a hacer. No he encontrado aún el equipo con el que poder trabajar la parte visual adecuadamente, como lo he hecho en el pasado.
¿Y la portada?
La portada fue una aventura. Todas las portadas las he hecho yo esta vez. ¡Visca el internet lliure! (risas). La foto la saqué de un archivo de una web con una base de datos espectacular de arte medieval que no tiene derechos. Era de un bestiario de demonios y encontré el demoniete con la flautilla. Me lo bajé, lo alteré un poquito y salió (explicado así parece sencillo, pero fue una ‘rompedura’ de cabeza).
Yamazaki, Byredo, Issey Miyake. ¿Qué significa la palabra ‘nicho’ para ti? ¿Es importante lograrlo a través de tu obra?
Para mí lo de nicho, en el sentido actual de la palabra, no deja de ser todas esas cosas por las que se te habría llamado friki en el pasado y que ahora están guay. Básicamente, la peña que tiene una afición y decide ir hasta el fondo de ella. Puedes beberte un Red Label con Coca-Cola o puedes aprenderte los perfiles de sabor de las denominaciones de origen de Escocia y combinarlas con el tipo de barrica en el que ha envejecido hasta que encuentres tu movida. Ambas opciones son buenas, pero, por ejemplo, en mi caso, si voy a beber whisky, voy a beberme un Laphroaig 10 o un Yoichi. ¿Por qué? Porque un ron-cola es aburrido y he aprendido que me flipan los perfiles ahumados.
Siempre voy a buscar lo raro, lo desconocido; cada elección en mi vida está seleccionada con cuidado hasta hacerla sentir mía. Me meto en el rabbit hole y voy hasta el fondo: en libros, en tabaco, en bebidas, en cine, en ropa, en cocina. Y como mi música nace a partir de mis vivencias y descubrimientos, pues imagino que encaja en ese ‘nicho’, nunca mejor dicho.
“Mi música no deja de ser el típico egotrip pero con una vuelta extra.”
En Nazareno dices: “Llevo el dolor con orgullo”. ¿Qué rol tiene el sufrimiento en tu obra?
Hemos sido siempre unos eternos underdogs. Cada paso que hemos dado lo hemos tenido que pelear. Y siempre he tenido la sensación de que esta lucha nunca para, nunca nadie te da una mano o te allana el camino. Por ejemplo, cuando decidí venirme para aquí, a Japón. Cuando llegué no era nadie. Ni Santo Romeo, ni Holics, ni nada importa aquí (risas). Tengo que empezar de cero: idioma, cultura, curro, todo es una batalla diaria. Pero estoy tan acostumbrado a ello y me gusta tanto hacerlo que involuntariamente gravito hacia este tipo de experiencias, hasta el punto de que me había olvidado de mi parte artística hasta que la peña empezó a enviarme mensajes: ‘Deja de hacer aura farming en Japón y saca música, cabronazo’. Lo he sacado por y para ellos, de forma orgánica, sin sellos ni nada. Back to the roots.
¿Cuál es tu relación con los sellos?
Técnicamente, estoy firmado con una distribuidora. Pero bueno, creo que hace tanto tiempo que no sacaba música que se han olvidado de mí (risas). La realidad es que cuando estábamos más potentes y picantes nos hablaban de adelantos y de firmar, pero, una vez conoces cómo funciona el engranaje por dentro, prefieres pasar. No digo que esté en contra de la industria o de firmar. Sencillamente, nunca hemos tenido el músculo suficiente para firmar un trato que merezca la pena como artista. Pero yo ya tomé una decisión sobre ello y vivo tranquilo, hago mi música sin presión. Además, tengo la suerte de que a la peña que le gusta mi música le gusta mucho. Es gente superfiel.
En The Soloist veo muchos paralelismos con tu trabajo anterior. Tu forma de escribir sobre el lujo, las cenas de empresa, los perfumes. ¿Por qué te atrae esa lírica?
Siento que encontré mi estilo en esta manera de hacer storytelling y tomar estas ‘fotografías’ con palabras. He construido todo un imaginario alrededor del genio loco, el lujo, la calidad, la excentricidad, el exotismo, la espiritualidad, el contraste entre la alta y la baja sociedad, etc. Toubkal o Kazimir Malévich representan al dedillo ese estilo.
Mi música no deja de ser el típico egotrip pero con una vuelta extra. También uso la música para manifestar (risas). He cantado cosas que luego han pasado. Es una manera de proyectar hacia dónde quiero ir y el tipo de vida que quiero, romantizando la existencia. Si voy a estar en este mundo, quiero pasármelo bien.
Oatmeal One y Agustinsito son dos de los productores que aparecen en el disco. ¿Quiénes son y por qué decidiste colaborar con ellos?
Agustinsito es, de manera indiscutible, el padre y la figura referencial del underground argentino y de SoundCloud Argentina. Es un genio. Es la persona que me ha influenciado mucho en cómo produzco y canto; es sin duda uno de mis mayores referentes musicales. Le compré un pack de loops en 2020, le envié los beats de vuelta y nos volvimos colegas. Me hacía mucha ilusión sacar este tema con él en un álbum porque es una leyenda.
Y luego Oatmeal One es Kenneth, un colega nuestro de Barna. Él es artista gráfico y hace cosas muy guays, pero antiguamente también producía, así que un día me envió un par de beats, me flipó el rollo y lo metí. Un auténtico OG. Me gustan este tipo de colaboraciones porque son el tipo de feats que no todo el mundo puede tener. Tienen una historia detrás y le añaden personalidad al proyecto.
¿Con qué ojos miras hacia el futuro?
Siento que The Soloist es un cierre a mi etapa de raperito. Tengo veintisiete años, ya no acabo de descubrir el underground. Mi hambre artística me pide cosas más elaboradas. Por eso he decidido coger lo mejor que he hecho, sacarlo y cerrar esta primera etapa. A corto plazo me molaría hacer un proyecto aquí con peña de Japón, unir escenas. Y a largo plazo me gustaría tirar por el trip hop, darle caña al dub y a la bass music, pero manteniendo la parte narrativa. Hacer algo más complejo. Y vivir, que al fin y al cabo es lo que nutre mi música.
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