Esta vez, el Sol encontró a la Luna. Y por dentro llevan el cielo y un clavel. En algún rincón de Granada se cruzan Sabah y Violeta Hódar para construir un universo donde la influencia marroquí y la cultura andaluza conviven con total naturalidad. Entre paredes blancas y tonos azules, Mashallah crea una escena visual de la que cuesta apartar la mirada.
Afrodita ordenó separar para siempre a la Luna y al Sol. La diosa de la belleza y el amor sintió celos de un vínculo tan inmenso y deseaba para sí un amor igual de eterno. Sin embargo, y gracias a Zeus, en los días de mucho calor, cuando el Sol brilla con fuerza, la silueta de la Luna puede verse en el horizonte, como un intento de reencontrarse. En esta escena de sol brillante en las puertas del Albaicín de Granada, se encuentran los dos astros en una producción de Quaiko y Alba Arias. Sabah vuelve a escribir desde sus raíces marroquíes y andaluzas y, junto a Violeta, construye un puente entre culturas y orígenes.
Mashallah le dicen a la hija del Sol y de la Luna porque todo el mundo la admira y la adora. De forma pura, sin envidia y sin mala fe. Mashallah es adorar en su forma más bonita y correcta. Las voces de Sabah y Violeta empastan a la perfección, hasta el punto de que a veces cuesta distinguir quién es quién. Son dos lados de una misma canción. El ambiente termina de construirse con la dirección creativa de Alma López y Vicky Ivars, donde la posición de ambas insinúa quién representa a la Luna y quién es el Sol. Ismael Espejo y Yousra Ben refuerzan esta dualidad al crear unos personajes que, entre el blanco, el oro y la plata, terminan fundiéndose en ese día de verano.
La Luna y el Sol son símbolos recurrentes en el universo de Sabah, y esta vez ocupan el centro de la canción. Una propuesta refrescante que entiende sus referencias culturales como parte del sonido y la imagen, siempre fiel a una identidad muy marcada. En la calle Elvira de Granada, esta carta de amor sale con el alba y quiere renacer.
Mashallah, Mashallah.