La historia de Rondallas, el nuevo filme de Daniel Sánchez Arévalo, se desarrolla en un pueblo gallego marcado por el hundimiento de un barco pesquero ocurrido años atrás. La tragedia ya no es noticia; es un recuerdo persistente, una ausencia integrada en la rutina. El duelo no se vive a gritos, sino en gestos mínimos: relaciones tensas, conversaciones interrumpidas, una comunidad que ha aprendido a funcionar con el vacío como parte del paisaje.
En ese contexto surge la idea de recuperar la rondalla del pueblo. No como acto festivo ni como homenaje solemne, sino como una tentativa torpe, casi tímida, de volver a encontrarse. La música aparece como un espacio intermedio entre el pasado y el presente, un lugar donde es posible recordar sin quedarse atrapado. Nadie pretende olvidar lo ocurrido, pero tampoco seguir viviendo únicamente desde la herida.
Javier Gutiérrez compone a un hombre atravesado por el cansancio emocional que deja el luto prolongado. Su personaje no busca cerrar nada de forma definitiva, más bien aprende a convivir con la pérdida sin que esta lo paralice. La película entiende algo esencial: superar no significa borrar, y dejar atrás no equivale a traicionar la memoria de quienes ya no están. Sánchez Arévalo evita la tentación del discurso edificante. Rondallas no presenta el duelo como un proceso lineal ni ordenado. Hay retrocesos, resistencias, momentos de rechazo. La música no cura, pero permite compartir el peso. Ensayar juntos se convierte en una forma de volver a habitar el tiempo presente, de mirar hacia delante sin necesidad de cerrar del todo el pasado.
El tono coral del filme refuerza esa idea: el luto aquí no es solo individual, sino comunitario. Cada personaje arrastra su propia forma de dolor, y la película los observa sin jerarquizarlos ni juzgarlos. El humor aparece, pero nunca para minimizar la tragedia, sino como mecanismo de supervivencia, como válvula de escape frente a la solemnidad del duelo eterno. Rodada en la costa gallega, con el mar como presencia constante, Rondallas entiende el paisaje como parte del proceso emocional. El mar que dio trabajo y vida es el mismo que arrebató. No hay reconciliación completa, pero sí aceptación: seguir adelante implica asumir esa contradicción.
En último término, Rondallas habla de dejar atrás sin olvidar, de aprender a vivir con lo perdido sin convertirlo en ancla. No ofrece finales cerrados ni promesas de sanación total. Propone algo más modesto y quizá más verdadero: la posibilidad de volver a compartir un ritmo, aunque todavía duela, y de comprobar que, incluso después del silencio, un pueblo puede volver a sonar.
