Me sinceraré con vosotros, las manos que os hablan nunca habían puesto un pie en un festival. Como aún no he adquirido el don de la omnipresencia, todo lo que os exponga aquí será un collage de lo que recuerdo, lo que creo recordar y lo que me contaron, porque sospecho que en el fondo —permitidme la licencia— el
Riverland todo este tiempo ha sido los amigos que hacemos por el camino.
No creo equivocarme al decir que el Riverland es el festival con una media más baja de edad entre sus asistentes. Es algo inherente a cierta cultura urbana, no estoy descubriendo el fuego, pero eso provoca un relevo generacional constante. En ese sentido, el trabajo curatorial es realmente bueno. Revisando uno por uno carteles de años anteriores solo encuentro un motivo por el que quejarse de la evolución de los lineups: más de uno echa de menos su juventud. Es inasumible seguir llevando a Bad Gyal como —solo se anunció— en 2020, porque mientras lees esto está girando por Latinoamérica y pasa algo parecido a mayor escala con C. Tangana, que ahora es director de cine, o con un Yung Beef al que le ha dado por montar su propio festival. Este género es así, la juventud que lo alimenta es la que lo transforma a una velocidad pasmosa. Recordemos que al Riverland 2019 acudieron Taburete, Beret, Miss Cafeína o Don Patricio. O que en 2022 tuvieron su espacio nombres como Pol Granch, El Jincho u Ocer y Rade. Los años han ido refinando la selección hasta condensar algo que funciona dentro del caos. Sin que sirva como precedente la defensa de un macrofestival en el oriente asturiano, Riverland lleva tres o cuatro años haciendo algo realmente bien: entender el tipo de público que tiene. Es una excusa para juntar a refugiados de Twitter, gorras planas, botas de pelo, verdaderos hooligans de artistas con veinte mil oyentes mensuales e incluso algún ávido lector de teoría crítica. Ese pastiche se siente extrañamente coherente, crea un ambiente tan magnético que el empeño en repetir el sacrosanto término “charca” no evita la asistencia del que lo pronuncia.
Ahora bien, quizás por demografía, quizás por hedonismo, quizás porque generacionalmente damos las luchas por perdidas, le exigimos menos de la cuenta a una organización más que consolidada. Empecemos esta crónica difusa por el principio.
Son las 19:30 del viernes y mientras algún pobre diablo está aún deshaciendo la mochila, los primeros centenares de personas se agolpan a las puertas del bosque para atender al pistoletazo de salida: Bby Demon. Con perdón de D.Palermo, al que la hora —unos veinte minutos antes— y el main stage no le debieron hacer un favor, más aún si contamos que artistas como Guxo, Taichu o Biberón ocuparon La Carpa. Volviendo a Bby Demon, se me ocurren pocas aperturas mejores para el escenario de un festival. Con apenas 10 000 oyentes y toda la Key Mob alrededor, media hora de solemnidad fue acompañada de una puesta en escena, desde el vestuario hasta los visuales, inverosímil para el tamaño del artista y la entrega absoluta del público. El segoviano, con nombre de trapero dominicano y el lápiz de Victor Hugo si se hubiese sacado un UAV de respuesta, se encontró no obstante con un problema difícil de justificar: cuatro o cinco subidas de ganancia repentinas y problemas técnicos ocasionados por la falta de una prueba de sonido más allá del line check. El sonido del bosque en general, aun sin problemas de directo, fue más pobre de lo que cabría esperar. Que sí, que estamos hablando de un festival, el que quiera claridad que se monte un Dolby Surround y siga coleccionando vinilos, pero precisamente por ser un festival, una línea de bajos algo más clara hubiese sentado mejor.
Aun con todo, El Bosque fue escenario de algunos de los mejores conciertos del festival. Inmediatamente después del Bby Demon, Semon como rookie ofreció la primera presentación de un delicadísimo CARIÑO en directo y horas más tarde el show de Uña y Carne me atrapó de camino a algún sitio y acabé por olvidar dónde estaba yendo. Más tarde, Stereo Madness conseguiría el mismo magnetismo, arropados por esa hora mágica que son las dos de la mañana. Este es quizás uno de los grandes sellos a destacar de esta edición. Una mayor presencia de música en vivo, palpando el sonido real de los instrumentos, la constante ida y vuelta que se genera con la audiencia, un bis, y otro bis… es refrescante y algo que no dudo que crezca de cara a futuras ediciones y es que no fueron pocos, o al menos más de los que un servidor esperaba, los que se plantaron con una banda detrás.
A todo esto, en el valle se sucedían dos titanes como Sticky M.A. y Gloosito. El primero lleva años alejado de la relevancia y calidad en cuanto a lanzamientos que ostentó, pero sigue teniendo una energía en directo que solo da más de una década sobre los escenarios. Además, es imposible no guardar respeto a quien fuera vanguardia de todo este movimiento; hay cosas que no se olvidan. Gloosito ejecutó su línea habitual, entrar desde atrás custodiado por una guardia pretoriana de ski masks y seguido por una cámara al hombro, dejando un momento de silencio y plano fijo en las grandes pantallas en el que se apretó un bate mientras tiraba el emote de los tres monos, es imposible no tenerle cariño.
De vuelta al bosque el claro contrapunto de ver a Stereo Madness era perderse a un RALY que confeccionó el disco precisamente para directos y, aunque lo pagué con gusto, no he escuchado más que buenas palabras de la puesta en escena del valenciano. En profundidad os lo tendrá que contar otro, ya que no contando con llegar al final del concierto, nuestra decisión fue movernos a Six Sex. La argentina fue la segunda representación internacional del fin de semana tras lo que vino a ser un back2back de los puertorriqueños Tommy Blanco y Vei Habache, a los que tampoco llegó a beneficiar coincidir con D.Valentino, que es santo y seña del festival a estas alturas. Six Sex fue todo lo que prometía; una de las artistas que más veces se ha enfrentado a grandes públicos de todo el line-up y que sabe exactamente cuál es su terreno. Performance tan atrevida como siempre e impecable. Esa mezcla, entre ritmos de club, EDM y neoperreo es tan sumamente bouncy que pondría a mover el esqueleto al hombre más estático de cualquier cena familiar, poco más que añadir. Tras ella, el show de L’haine, para algún romántico perdido a las tres y media de la mañana, seguido de una nueva subida de voltaje con un 8belial que, aunque nunca sacrificado en directo —supongo que es parte del personaje—, tiene la llave para apiñar y revivir multitudes independientemente del momento de la noche.
El sábado empezó pronto para una buena camada de valientes. A Nico, el encargado de abrir la tarde en el main stage cinco horas más tarde aquel día, se le ocurrió plantar una furgoneta con un pequeño pero solvente equipo de sonido con una guitarra y una batería en la bajada al río para dar un concierto sobre su techo, bajo un sol que caía inclemente y perpendicular sobre los asistentes. Estos se dividían entre los curiosos y la marabunta que se encargó de llevar sillas y toallas para la ocasión. Fue para mí el concierto más tranquilo de todo el festival, donde ante una resaca grupal que podría haberse sajado a bisturí, la tranquilidad pasmosa de un chico larguirucho y de pelo largo al que no le faltaban ni sobraban palabras hizo de bálsamo temporal para los presentes que casi llegamos a olvidar la persecución del sueño, la resaca, el calor y el hambre.
La tarde prometía por su parte dos mundos. Un Valle ambiental, tendente al pop y lo experimental, buscando sonidos más brillantes —con Nico, Iza Tkm, una siempre brillante Amore, Natalia Lacunza y Ralphie Choo, que va dejando adelantos de un disco que ya empieza a tenernos con los dientes largos— y una Carpa que desde las 20:30 ofrecería todo lo contrario —con Fanta Rosario, FaceBrooklyn, Kristina, Taichu o un Guxo al que, como adelantábamos, se le quedó pequeño el escenario—. El bosque, por su parte, funcionó de pegamento entre ambos, con Dirty Suc, que sabía que jugaba cerca de casa; UGLY que venía pidiendo paso desde hace tiempo, o Vreno protagonizando junto a quillorreacción el único pogo con Lush Life de Zara Larsson que han presenciado mis ojos. Larga vida a la white girl music. Extraño se le hizo a más de uno, eso sí, la run Jesse Baez - Rebe en ese mismo escenario ya entrada la madrugada, especialmente por lo bien que hubiesen encajado por la tarde. Misterios tiene la organización.
De Rebe en concreto os podré contar poco que no sepáis, ya que coincidía con lo que para mí eran dos pesos pesados de la noche. Por una parte, parece difícil discutirle a JuicyBAE el título de rapera más multidisciplinar de España. Técnica, con un directo preciso en todos los registros, una presencia arrolladora, músicos en directo y una colección de proyectos imposible de ignorar a estas alturas de la película. A escasos metros, Biberón, que suena en directo como si los cables del escenario fuesen un empalme continuo de los auriculares que regala ALSA, y lo cierto es que no podría sentirse mejor. Por la energía, más de uno hubiese matado por asistir al concierto desde el interior de los propios altavoces. Estamos hablando de una de las personas que mejor entiende los samples de toda la escena, con unas texturas sonoras y unas formas tan extravagantes como propias. En cuanto a la experiencia física, ver al de Cuatro Caminos es siempre ir a ver una batalla campal, un sindios montado en el escenario y una banda de dementes doblando la apuesta desde la arena. Esta vez no fue una excepción, y tras dos ediciones Biberón viene pidiendo main stage.
Justo antes de esto tuvimos otro de esos choques de horario fastidiosos: Mvrk, de dulce y en lo que a estas alturas es ya su festival, compartía programación con TAICHU. En este caso, el llenazo del Valle hacía que pudieses escuchar los dos a la vez si desde el lado derecho del escenario te concentrabas lo suficiente, y aunque no es para nada responsabilidad del artista, ver un pogo por tema hacía agradecer estar lejos del centro. Quizás fue también una machada la implementación de un tercer escenario teniendo en cuenta el tamaño del recinto; tanto por intromisiones de unos conciertos sobre otros como por logística, pero si os soy plenamente sincero, no lo noté demasiado en ningún otro momento. Destacar el ya habitual aparataje de Mvrk sobre el escenario, con un apartado visual que lleva mimando desde sus inicios, y que se pasó el concierto íntegro cantando a pulmón. Por parte de TAICHU el poder escuchar Rojo Sangre con Juicy sobre un escenario fue un verdadero placer que no imagino cómo tuvo que vivirse desde primera fila.
En lo suyo, Soto Asa, aún tras casi dos años sin sacar música, trajo una nostalgia que me pilló con la guardia baja. Desde Klub o Su nota, ya clásicos a caballo entre la electrónica y el urbano; a Jugador 9, que sigue siendo uno de los mejores temas de cloud rap hechos en este país; el ceutí acabó poniendo el broche con un Vuelvo a la nena, acompañado de un plano estático del artista que se disputaba la opacidad precisamente con la bandera de Ceuta ondeando translúcida. Transformar la euforia en una extraña melancolía en cuestión de tres minutos no es fácil. Hay gente que lo tiene y punto.
Y es que hay algo interesante alrededor de esto, Vuelvo a la nena tiene ya casi 10 años y más bien poco que ver con Rebe o Ynestrosa, que sonaban minutos antes en los escenarios contiguos. La extraña unidad del Riverland no solo ignora lo formal, sino también lo temporal: hay una escena más que conformada. Ya se puede mirar en perspectiva y ver árboles genealógicos, acontecimientos, viejas glorias y promesas. Es bonito ver cómo una escena que hace doce años era poco más que un erial, donde el rap era visto por la sociedad general como aquel sketch de Berto Romero rimando con la I y el underground fuera del boombap era prácticamente un término marciano, es a día de hoy algo tan rico en este país. Sesenta mil personas pasaron por el Valle de la Música a lo largo del fin de semana, muchas de ellas soportando colas que no le desearía a mi peor enemigo para pegarse una ducha a media tarde —quizás sea un buen apunte de cara a la próxima edición—, y eso no es un acontecimiento menor.
Llegando al domingo, es inevitable hablar de L0rna. Tras oleadas de “paya allegations” —algún día nos tendremos que hacer cargo de lo a la ligera que los tíos más blancos imaginables se ven con potestad para usar el término— la murciana se coloca ya desde hace tiempo como una de las caras más reconocibles de la escena actual. Puede gustar más o menos, pero el derroche de identidad que con 21 años despliega tanto delante del micrófono como encima de las tablas es impresionante. Otro pez gordo del domingo fue una de esas personas que entienden perfectamente bien que el rap, en el fondo, va de molar. Ébano es ese jugador de fútbol del que te habla tu padre con los ojos brillantes por aquella vez que lo vio en el campo. Jura no haber presenciado nada igual. El nivel de exigencia a nivel de show con los raperos en este país es habitualmente inexistente, y ver a un tío que conformaba Madriz 90's, a caballo entre dos generaciones, tirando barra por barra sin coros y aguantando el tipo a cualquiera te hace soltar frases que diría tu padre.
Es de esperar que en un directo se tire lo menos posible de un soporte externo para cantar tus propias canciones, o al menos llevar preparado dónde vas a necesitar a alguien por detrás tirándote los coros, y lo cierto es que, aunque mal acostumbrados a lo contrario, no fue el único que destacó en este aspecto. Mvrk, Akriila, Nico Miseria… Cada vez se convierte en algo más estándar, grandes noticias. Hablando de Nico Miseria, la elección entre él y El Bugg fue quizás otra de las grandes decisiones del domingo. El de Motril viene de una run de proyectos interesantísima, y Nico Miseria es siempre un buen momento para tener con uno mismo el tercer día con el horario al revés. Al final la decisión fue alternar, y ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta. Puedo contaros de todos modos que Nico sigue siendo tan tierno y cuidadoso con su directo como de costumbre, y el bosque es la estructura que mejor le sienta. En cuanto al Bugg, se le ve en un momento de forma extraordinario, con mucha confianza y sin necesitar grandes trucos porque viene más que servido en lo que a producciones y melodías se refiere. Entre medias, AKRIILA plantó bandera con una actuación que cierra su ciclo de epistolares. Su arquitectura sonora, que pasa por un maximalismo agresivo, ofrece constantemente destellos hacia lo más emocional. Cruda pero preciosa, y ya acostumbrada a grandes escenarios, es un concierto de los que valen la entrada.
AKRIILA apareció también algo más entrada la noche, junto a un imperial ABHIR en Balasera Santana. Un ABHIR que por mucha recepción mixta que hayan tenido sus dos últimos discos sigue siendo un seísmo en directo, y si bien perderse a Shakedablock! el primer día me dio pena, escuchar Boostamante en directo durante el concierto del canario te pone en tu sitio, o en el de otro, quizás en ambos a la vez. Divertidísimo. Hoke tuvo también por supuesto su espacio privilegiado, con la puesta en escena de Tres Creus, tan cuidada como todo lo visual en su carrera, y un directo que se apoya sobre todo en la limpieza clínica del rapeo del valenciano, que bien podría mantenerse en silencio con la base sonando y las primeras filas se encargarían de hacer llegar cada sílaba a puerto de todos modos. Supongo que eso es el equivalente musical a dejar un plato limpio, no hay mejor halago.
Me encantaría poder haber estado en más conciertos, ofreceros algún detalle más, hablar algo de los DJ sets —que aunque encargados más de cerrar que de ser el foco del festival, cumplieron de sobra su función—, pero más de 80 artistas y el formato me lo impiden. Aquello de decir que el Riverland son los amigos que conocemos por el camino no era ninguna broma. Recargar en el camping, cenar algo, perderse y dar o recibir alguna turra son una parte más de un festival en el que la juventud y el cada vez más dilatado y diverso nicho conforman algo memorable. Un Riverland en el que tuvimos no uno, sino dos reborns de Michael Jackson paseando por el festival a modo de cameo constante y no organizado. Consta en registros que a uno de ellos su papel le valió una tienda en el Glamping. En el que tampoco nos quedamos sin los conciertos histriónicos de rigor, con un Cecilio G de sobra conocido, un Ben Yart que oscila entre el concierto y la obra de teatro o el cierre de ANB, apto únicamente para los valientes que siguiesen con ganas de matarse gritando en el bosque ante un escenario repleto. Y aunque ha sido una edición exenta de caídas en el escenario, nos dio el primer día un salto de fe al público en el concierto de Yung Brandy por parte de Ayman, que tras librar la valla de riguroso milagro se levantó impasible para organizar un pogo. Estamos viviendo el apogeo de un fenómeno cultural a la altura de La Movida o el Bakalao —digo esto con la tranquilidad de que ninguno de los que lo conformaban estará leyendo estas palabras y no vendrán a darme la turra—. Antes de lo que pensamos acabará o nos habremos hecho demasiado viejos. Disfrutemos.