Hay algo profundamente inquietante en las historias que transcurren dentro de casa. No en los callejones oscuros ni en los escenarios grandilocuentes del crimen, sino en el salón luminoso, en la cocina impoluta, en el dormitorio infantil donde todo debería estar a salvo. Con La canguro (Suma de Letras), Pablo Rivero vuelve a sumergirse en ese territorio incómodo que ya se ha convertido en su seña de identidad: el de las grietas invisibles bajo la apariencia de normalidad.
En esta nueva novela, Rivero propone una premisa tan sencilla como perturbadora: una madre que no quiere sacar a sus hijos de casa y una cuidadora que irrumpe en el equilibrio, solo aparente, de una familia acomodada. A partir de ahí, el relato se despliega como un mecanismo de precisión psicológica donde nada es del todo lo que parece y donde cada personaje construye su propia versión de la verdad. Lejos del efectismo o del giro fácil, el autor apuesta por una tensión sostenida, heredera del thriller más clásico, pero atravesada por dilemas muy contemporáneos: la conciliación, la culpa, la identidad, la insatisfacción que persiste incluso cuando ‘lo tienes todo’. Porque, en el fondo, La canguro no habla solo de intriga, sino de cómo nos contamos la realidad para poder convivir con nuestras decisiones.
Conversamos con Rivero sobre miedos, voyeurismo, maternidad, literatura y esa necesidad casi irrefrenable de asomarse, aunque sea con prismáticos, a la vida de los demás.
¿Qué tal está yendo la promoción? ¿Cómo estás viviendo la salida de la novela?
Es difícil ser objetivo. Ayer, por ejemplo, mi editora estaba en una firma y me decía, ¿te das cuenta de todo lo que te están diciendo? Claro que sí, lo veo, pero también pienso que la gente que viene a las firmas viene predispuesta. Aun así, estoy notando muchos lectores nuevos, y eso sí es emocionante. La novela se ha recibido muy bien y ha contado con un gran apoyo de la editorial. Luego ese apoyo puede traducirse o no en resultados, pero ahora mismo estoy en un momento muy dulce. Realmente muy dulce.
¿Qué te dice la gente cuando se acerca?
Que se lo devoran. Justo ahora me escribía un chico que empezó ayer y ya llevaba doscientas páginas. Yo soy un apasionado de esto, es lo que más me gusta. Soy muy crítico conmigo mismo e intento escribir el libro que me gustaría leer. Plasmo mis obsesiones y trato de provocar en el lector lo mismo que me ocurre a mí con las historias que me atrapan: que no puedas soltarlas.
Siempre recuerdo algo que decía Tomaž Pandur, un director de teatro al que adoraba, que hablaba de la temperatura emocional. Cuando una historia mantiene esa temperatura, no pestañeas, no abandonas a los personajes. Yo intento transmitir eso. Es muy bonito ver que lectores de todas las edades, sean o no padres, se identifican y viven la historia con esa intensidad.
¿Por qué crees que te obsesionan este tipo de historias?
No las eliges. A quienes nos atraen estas historias hay algo que nos empuja: una mezcla de miedo, morbo y voyeurismo. Necesitas entender la complejidad del ser humano. Te asusta pero al mismo tiempo quieres mirar. Es incómodo y fascinante a la vez.
¿Y a ti, personalmente, qué te da miedo?
Las enfermedades y la muerte de la gente que quiero. Eso es lo que más me asusta. Luego me da miedo casi todo. Mi gran hazaña diaria es convivir con esos miedos y seguir adelante. Vivimos hiperconectados a las noticias, a lo que pasa en el mundo, y a veces la realidad supera la ficción. Si te paras a pensarlo, es abrumador. Yo construyo mis historias desde ahí.
¿De dónde surge esta historia?
Quería contar la historia que se descubre al final. Me obsesionan los crímenes que suceden cerca, no el psicópata lejano y casi mítico, sino preguntarme qué le pasa a tu vecino, a tu pareja, a la cuidadora o incluso a tu propio hijo para hacer algo así. En los conflictos cotidianos, cada persona tiene su verdad, su relato, y lo lleva al extremo. Me interesaba hablar de eso: de cómo, en una misma historia, según quién la cuente, hay buenos y malos distintos. Los hechos son los hechos, pero la interpretación cambia. A veces no somos conscientes de la repercusión de nuestros actos, o somos tan egoístas que no queremos verla, aunque el otro también lo haya sido. Ese círculo me interesaba muchísimo.
Además, tenía ganas de reinterpretar un clásico. El lector cree que va a encontrar algo reconocible, como en The Hand That Rocks the Cradle, pero en realidad se encuentra con otra cosa. A mí me encantan las películas de vampiros o las de tiburones, el terror más básico. Y cuando alguien logra reinventar ese molde, me entusiasma.
¿Has visto la nueva versión de La mano que mece la cuna?
Sí, la vi después de haber entregado la novela. Me pareció muy exagerada. Es divertida, pero todo está llevado al extremo. Yo intento que, dentro del género, el lector pueda sentirse identificado, agarrarse a algo real. Que lo importante no sean solo los niños, sino la convivencia, cómo nos relacionamos. El thriller psicológico nace de ahí. En estos crímenes, muchas veces, somos nuestros peores enemigos. Entras en ese bucle de, ¿estoy loco o me están volviendo loco?
“Me interesa mucho la autocrítica y la ironía sobre lo mezquinos que podemos ser como sociedad.” 
Estas historias siempre tienen algo de exageración.
Claro, la novela negra necesita ciertas casualidades. Pero aquí he intentado contenerme. La premisa es potente: una madre que no quiere sacar a sus hijos de casa. Desde el principio sabes que la narradora no es del todo fiable, que oculta algo. Y a partir de ahí no sabes qué va a pasar ni quién es peor. La apuesta era arriesgada porque hoy el lector parece exigir fuegos artificiales constantes. En mi novela anterior había de todo: desapariciones, pruebas que se esfuman en Halloween… lo habitual en el género. Aquí he vuelto a algo más contenido, más seductor. Pienso en referentes como Alfred Hitchcock o David Lynch: tensión que crece poco a poco, sin necesidad de gore ni efectismos.
¿Por qué decidiste que los protagonistas fueran de clase acomodada?
Porque me interesaba trabajar la idea de la apariencia. Sí, están por encima de la media, pero la casa ni siquiera es suya: es de una tía del marido. Hay una deuda constante, una fragilidad. De puertas hacia fuera todo parece perfecto, una jaula de cristal maravillosa. Pero por dentro hay grietas. También quería introducir esa contradicción moral: contratar una agencia de canguros que en realidad no puedes permitirte, pagar en B y justificarlo como algo provisional. Me interesa mucho la autocrítica y la ironía sobre lo mezquinos que podemos ser como sociedad. La estoy ayudando, te dices, cuando en el fondo lo haces porque te conviene.
¿Por qué una canguro y no, por ejemplo, una interna?
Porque la protagonista no quiere a nadie viviendo en su casa. Necesita ayuda con los niños pero quiere mantener el control. En su cabeza es algo temporal. El problema es que empieza a crear una dependencia hasta que termina amándola. Cae en sus propias redes sin darse cuenta.
¿Y por qué el nombre de Yurena?
Quería que fuera canaria. El personaje es, en cierto modo, un homenaje a Vértigo y a ese juego de dobles que también exploró Twin Peaks. Me interesaba esa fascinación por alguien que se parece a ti o te recuerda a otra persona. La novela también habla de cómo las personas más cercanas pueden convertirse en desconocidos, de cómo alguien extraño puede volverse íntimo de la noche a la mañana. A veces, en las firmas, me pasa: hay lectores que me resultan increíblemente familiares. Con Yurena quería jugar con eso, con esa sensación inquietante de reconocimiento. Pensé incluso en hacerla argentina, pero finalmente me decidí por Canarias y busqué un nombre representativo. Así nació.
¿Pero a ti alguna vez te ha interesado la vida de tus vecinos?
Todo el tiempo (risas). Es curioso porque en la vida real soy cero cotilla. Puedo estar veinte años en un rodaje y descubrir el último día que el ayudante de dirección es pareja de alguien del equipo de iluminación, y hablo con ellos a diario. No es desinterés, es que soy muy prudente. Estoy cerca para que, si alguien quiere contarme algo, sepa que puede hacerlo, pero yo no pregunto. Hay temas personales con los que soy especialmente reservado.
Hace poco me pasó algo muy significativo: participé en Pasapalabra y casi nadie en mi entorno lo sabía. Mi madre me dijo, pero si estabas ahí, ¿por qué no lo has contado? Y es que no siento la necesidad de anunciarlo todo. Ahora bien, imaginar, eso sí me encanta. Cuando vivía con mis padres y publiqué mi primera novela, enfrente teníamos otro edificio y mi padre me regaló unos prismáticos. Por las mañanas observaba cómo se despertaban los vecinos, a qué hora cenaban, si tenían perro, etc. Me fascinaba construir historias a partir de esos detalles. No es cotilleo, es imaginación.
¿Nunca has ido más allá, nunca te has involucrado?
Desde que tengo perros hablo con todo el mundo. En mi casa se ríen porque dicen que entablo conversación con cualquiera. Me acerco, pregunto qué tal, comento algo del día… Durante años fui más tímido, pero ahora me apetece ese contacto. Creo que cada vez hablamos menos entre nosotros: trabajamos desde casa, nos aislamos. A mí me gusta ese intercambio sencillo, cotidiano. No soy de dar la chapa, pero sí de ese saludo, esa conversación mínima que te conecta con la calle.
¿Crees que escribir intriga es, en el fondo, una forma de voyeurismo?
Absolutamente. Pero si no tienes contacto con la gente, es un error enorme. Y eso pasa con algunos cineastas y escritores. Si no coges el metro, si no hablas con la cajera, si no escuchas, tu mirada se aleja de lo que ocurre en la calle.
Entonces, para escribir buena ficción, ¿hay que estar implicado en el día a día?
Hay que observar mucho. También depende de lo que quieras hacer. Puedes escribir una historia llena de giros, eficaz, entretenida, y que funcione sin más. Pero a mí, como actor, me enseñaron a huir del cliché. Siempre me preguntaban, ¿qué tienes tú que no tenga otro?, ¿por qué haces este personaje? Si no te mojas, ¿para qué contar lo mismo otra vez?
Cuando investigo un tema y lo incorporo a la novela, casi se convierte en un ensayo: aparecen temas, subtemas, dilemas. Eso me ayuda a construir puentes entre los personajes. Yo tengo que ser todos ellos. No necesito haber vivido situaciones extremas, pero sí haber reconocido esos conflictos –conciliación, miedo, renuncia– en mí o en alguien muy cercano. Si no te implicas, la novela queda plana. Y en la novela negra eso se nota mucho: puedes olvidar quién era el jardinero que cometió el crimen, pero no olvidas un dilema moral potente.
“En la vida real soy cero cotilla. No es desinterés, es que soy muy prudente. Estoy cerca para que, si alguien quiere contarme algo, sepa que puede hacerlo, pero yo no pregunto.”
¿No crees que la novela negra a veces peca de sobre explicativa?
El lector de novela negra es muy exigente. Siempre habrá casualidades, como en la vida. De hecho, en los casos reales a menudo hay más. Yo intento que la novela esté equilibrada: que el lector sea activo, que haga sus apuestas, y luego darle los hechos, pero sin dictar sentencia. No me interesa señalar quién es el bueno o el malo, sino que el lector se pregunte, ¿qué haría yo en su lugar?, ¿contaría la verdad?, ¿protegería a alguien? Eso es lo que se me queda, lo que me conmociona.
En mis historias, las incógnitas que abro las cierro para el lector, aunque no necesariamente para los personajes. Como en la vida: a veces no se descubre todo, a veces detienen al equivocado. Y los personajes siguen viviendo más allá de la última página. Me gusta que el lector formule su propia hipótesis sobre lo que ocurrirá después.
Ponme un ejemplo de una intriga bien construida.
Trois jours et une vie, de Pierre Lemaitre. Es una intriga muy sencilla y muy eficaz. Y luego hay otra que para mí es magistral, aunque quizá no sea para todos los lectores: Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère. Es un libro breve, aparentemente pequeño, sobre un niño en un campamento de nieve. Empiezan a ocurrir cosas inquietantes y tú, como lector, estás todo el tiempo preguntándote desde dónde se está contando la historia. Esa tensión sostenida, casi invisible, me parece brutal.
¿Se te da bien averiguar quién es el malo?
A veces sí, y es una faena. Cuando anticipas demasiado, te estropeas un poco la sorpresa. El arte está en intuir sin que te lo pongan en bandeja. Yo suelo detectar los juegos narrativos, los arcos, pero también es verdad que, como lector, a veces me vuelvo vago. No soy de los que leen con la intención de ‘pillarte’, prefiero dejarme llevar y disfrutar.
Lo que no me gusta es la sobreexplicación. Ese tipo de novela nórdica con setenta personajes, setenta líneas de investigación y páginas y páginas de procedimientos. Entiendo que el autor quiera demostrar que domina el proceso, pero yo no necesito el proceso: necesito la historia. Que me llegue. Por eso intento trabajar con pocos personajes y pocas situaciones pero que tengan peso, que el lector pueda identificarse.
¿Dirías que la novela negra está en buena forma actualmente?
Sí, creo que sí. Hay mucha oferta y, sobre todo, hay lectores. En España existe una competencia muy sana: cuando lees una buena novela negra, quieres otra. Es como el teatro: si ves una buena función, repites. Si ves dos malas, te lo piensas. Con La canguro lo estoy notando mucho. En las reuniones con libreros me dicen que hay gente que la encarga antes de que llegue, que la está esperando. Librerías pequeñas que te cuentan eso y te emociona. Y luego está el efecto de las redes sociales: no soy especialmente fan, pero es bonito que, igual que se habla de moda o de coches, se hable de libros, de autores, de tramas. Cuando yo era adolescente, si te gustaba algo distinto eras ‘el raro’. Ahora cada afición encuentra su comunidad. Y la novela negra tiene una acogida muy fuerte.
Para construir el personaje femenino de La canguro, ¿te has apoyado en mujeres de tu entorno?
No de forma consciente. Las observo, claro, pero no he pedido asesoramiento específico. Creo que a veces nos obsesionamos con las etiquetas de género cuando, en el fondo, los conflictos son universales: la sobreprotección, el miedo a perder, la conciliación, los celos, los conflictos laborales. Todo eso lo he vivido. Dejé de escribir durante tres años porque no quería perderme nada de la crianza de mi hijo. El día que empecé a trabajar más horas, lloraba. Conozco a muchos padres que están igual de implicados. Es verdad que la carga sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres, estamos a años luz de la igualdad real, pero también quería romper una lanza a favor de esos hombres que intentan estar.
No he querido hacer una novela ‘para mujeres’ ni un alegato victimista. Paula ha tomado decisiones y, aun así, puede sentirse insatisfecha. Porque esa es otra cuestión que me interesaba: aunque aparentemente lo tengas todo, puedes no estar bien contigo mismo. Y eso no invalida tu elección.
También me apetecía retratar a un marido que no fuese el estereotipo del ausente o el alcohólico que nunca está en casa. A veces el apoyo existe, pero no sabes cómo gestionarlo o agradecerlo. Y eso puede ser incluso más duro.
¿En qué punto está tu próxima novela?
Justo hoy he empezado a ordenar ideas, personajes, a pasar a limpio todo lo que tengo en la cabeza. Siempre parto de una situación muy cotidiana que, si te detienes a pensarla, es inquietante. Algo que mucha gente pueda reconocer y decir, es verdad, esto podría pasar. Luego voy construyendo un abanico de personajes que me permita hablar de determinados temas. La promoción también me alimenta mucho en ese sentido: conversando y escuchando preguntas, ordeno ideas. A veces de una entrevista sale una reflexión que se convierte en el germen de la siguiente historia. También me ocurre que tengo una idea que me parece brillante y, de pronto, veo algo parecido en una plataforma y pienso, menos mal que no seguí por ahí. Siempre digo que está todo inventado, lo difícil es el enfoque.
Para terminar, recomiéndanos tres libros.
Uno es La ciudad de los vivos, de Nicola Lagioia, tiene esa mezcla de periodismo y true crime que me conmociona. Otro que siempre cito, aunque ahora ha vuelto a ponerse de moda, es Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica. Me parece una distopía durísima y muy bien construida. Y añadiría Middlesex, de Jeffrey Eugenides.
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