Pablo Capuz se lanza al vacío con So Ham o el ascenso del rey mendigo, una pieza que no solo protagoniza, sino que también escribe y levanta desde una necesidad profundamente personal. En un momento en el que la inmediatez parece dominarlo todo, el actor apuesta por un teatro incómodo, físico y feroz: un espacio donde la vulnerabilidad y la violencia emocional se convierten en motor narrativo.
Sobre el escenario, Capuz encarna a Félix, un personaje roto que se enfrenta a un ritual de autopurificación con la promesa de alcanzar la muerte como forma de redención. Una premisa radical que sirve como punto de partida para hablar de identidad, culpa, amor, salud mental y trascendencia. Con esta obra, presentada recientemente en Barcelona, Capuz no solo se mide como intérprete, sino también como creador, productor y arquitecto de un universo propio.
El resultado es una experiencia escénica intensa atravesada por el lenguaje corporal, la espiritualidad y una búsqueda honesta de verdad. En esta conversación, el actor reflexiona sobre la necesidad de crear desde las entrañas, el vértigo de levantar proyectos propios y el desgaste físico y emocional que implica sostener una propuesta tan exigente. También sobre el teatro como artesanía, como acto de resistencia y como el lugar donde, quizá, uno puede encontrarse más cerca de sí mismo.
¿Qué fue lo que te impulsó a crear So Ham o el ascenso del rey mendigo? ¿Cuál fue la necesidad de traerlo a la luz?
El principal motor fue seguir una pulsión creativa e indagar en la escritura de una historia que me interpelara por completo. Los actores, en el noventa por ciento de los casos, llegamos a los proyectos cuando ya están escritos, financiados y a punto de levantarse, y el personaje al que tienes que dar vida tiene unas vivencias y un pasado muy concretos.
Aunque considero que los actores somos creadores, el background y las heridas del personaje ya están escritos, y tú puedes completarlos, pero sentía la necesidad de encontrar una historia que me atravesara de verdad. Siento con frecuencia que a los personajes jóvenes se les otorgan conflictos superficiales, y el conflicto de Félix, el protagonista, es todo menos superficial. Quiero ser canal de historias crudas y severas.
La obra es una propuesta con una gran carga simbólica, filosófica y emocional. ¿Cómo fue tu proceso para crear un universo tan particular y propio sobre el escenario?
Empecé a escribir este proyecto a finales de 2021, en un momento en el que, a pesar de hacer muchas pruebas, no terminaban de materializarse. Me quedaba siempre cerca de ser seleccionado y, cuando uno recibe “noes” constantes, la duda y la inseguridad te asaltan. Sentí que, al crear algo, tenía que conectar profundamente con lo que me hacía especial y que el proyecto estuviera impregnado de mi esencia y mi particularidad.
Tenía muy claro que Félix necesitaba redimirse de un hecho del que se siente culpable y que el monólogo necesitaba un segundo personaje que le confrontara y le obligara a entregar toda su verdad. Ahí escribí al ángel Asaliah, un ángel cero convencional, capitán del ritual de la autopurificación que el protagonista viene a ejecutar a cambio de morir aquí y ahora, a cambio de ascender. Un ángel que promete al creyente una muerte inmediata si entrega todo su dolor de forma honesta me parecía un gran punto de partida.
Tu interpretación transmite una intensidad y una entrega física muy potentes. ¿Cómo te preparaste para afrontar un personaje tan exigente y sostener esa energía función tras función?
A nivel físico, cualquier monólogo es agotador. Es cierto que en So Ham hay una partitura corporal muy exigente. De hecho, tengo varias quemaduras en el cuerpo por la fricción con el suelo, tanto de los ensayos como de las funciones, y una de ellas, en la mejilla, llegó a infectarse y se expandió hasta el ojo, aunque nada que no pudiera tratar con medicación. Soy un poco kamikaze y, si no me entrego por completo en cuerpo y alma, siento que no puedo trabajar. La constancia de entrenar durante dos meses antes de las funciones y hacer un calentamiento potente antes de cada ensayo y función refuerza mucho la mochila de uno.
¿Qué encuentras sobre las tablas que hace que quieras volver a ellas, compaginándolo con proyectos audiovisuales?
El teatro es una prueba de fuego, y domar ese fuego es tremendamente complejo. Atravesarlo requiere un gran compromiso. Medirse a uno mismo compartiendo cada noche esa experiencia con el público exige una entrega absoluta y una energía que hay que proteger con mucho mimo. El salto al vacío al pisar el escenario me ha resultado abrumador con este monólogo, pero ningún otro proyecto me ha hecho sentir tan poderoso jamás. Vale completamente la pena cada una de las horas de preparación para luego volar y viajar. Y cuando viajas con el público, el disfrute es absoluto. So Ham huye de la indiferencia.
“Quiero ser canal de historias crudas y severas.”
A lo largo de tu carrera has demostrado una gran implicación con los proyectos en los que participas. ¿Qué te impulsa a apostar por propuestas arriesgadas y a involucrarte en procesos creativos que exigen tanto compromiso?
Pienso firmemente que el camino rápido, en muchas ocasiones, no es el mejor y, aunque a veces es difícil decir que no, creo que hacerlo desde la reflexión puede ser un verdadero acierto. He tenido la oportunidad de trabajar en diferentes idiomas, géneros y también en el extranjero, y con todos los proyectos he sentido el pellizco del miedo y del no estar a la altura. Pero algo que he aprendido a lo largo de los años es que el elixir para superar el miedo es el trabajo. Necesito que los proyectos tengan alma; me sería muy difícil entregarme por completo si sintiera que no la tienen.
Levantar proyectos teatrales hoy en día requiere una gran dosis de valentía, perseverancia y confianza. ¿Qué has aprendido sobre el riesgo y la iniciativa propia a través de experiencias como esta?
Con So Ham me he puesto a prueba en muchos departamentos. Desde el terror de la hoja en blanco frente a la pantalla del ordenador hasta la energía de productor que requiere realizar dosieres, presentarse a convocatorias, reunir al equipo y financiar el proyecto para, finalmente, vivir y atravesar la historia como actor. Realmente siento que, cuando uno crea, tiene que tener claro que lo que está tratando le interpela de verdad, porque el proceso es tedioso, largo y pueden transcurrir años hasta hacerse realidad. Más vale que la historia te hable profundamente.
La obra tiene algo de ritual colectivo, tanto para ti, que la interpretas, como para quienes la presencian. ¿Cómo vives esa conexión que se genera con el público cada noche?
El público es presentado como un séquito de ángeles aprendices que vienen a ser testigos de este ritual, capitaneado por su ángel superior, Asaliah, el ángel de la verdad. Yo interpreto tanto al ángel como a Félix y, además, rompo en numerosas ocasiones la cuarta pared. Tengo que estar muy presente, momento a momento, porque Félix y Asaliah tienen una voz y una corporalidad totalmente opuestas, y compaginar ambos personajes en un diálogo de setenta y cinco minutos es complejo. La partitura física y emocional del monólogo es de alto calibre y mi compromiso diario intento que esté siempre a esa altura.
Hay una fiereza muy visible en tu trabajo en So Ham, pero también una gran vulnerabilidad. ¿Cómo construyes ese equilibrio entre fuerza y fragilidad dentro del personaje?
Félix es un personaje roto. Viene a realizar un ritual en el que, si entregas honestamente todo tu dolor, morirás hoy mismo, en cuestión de minutos. Habitar cada noche esas emociones en el cuerpo es complejo y el desgaste es importante. La fuerza de Félix viene de un último aliento, de estar en el pozo. Como dice al inicio de la función: “Nada me queda y nadie me quiere; es morir en vida o vivir en muerte”. Cómo vivir cuando ya estás más muerto que vivo es doloroso, y empezar la función desde ese lugar no te diré que sea fácil. Desde luego, cómodo no es.
“Soy un poco kamikaze y, si no me entrego por completo en cuerpo y alma, siento que no puedo trabajar.”
¿Qué importancia tiene para ti trabajar desde el cuerpo en una obra como esta? ¿Dirías que el lenguaje físico llega a contar cosas que las palabras no pueden expresar?
Totalmente. Este monólogo viene acompañado de un espacio sonoro con música de procesión, una música que me conecta muchísimo y que me traslada al sufrimiento, al sacrificio. Es la guerra de Félix en esta historia: la del guerrero que viene a despojarse honestamente de su dolor para ser recompensado con la muerte. Cuando, como espectador, ves un trabajo actoral, hay muchos factores que pueden atraparte y transformarte: la voz, el rostro… pero cuando ves un cuerpo conectado con una verdad universal, eso se contagia al tuyo irremediablemente. En So Ham hay momentos corporales realmente exorcizantes.
En una industria marcada por la rapidez y la inmediatez, el teatro sigue exigiendo tiempo, presencia y dedicación absoluta. ¿Crees que esa es precisamente una de las razones por las que sigue siendo tan necesario?
Desde luego. Con la llegada de las plataformas y las redes sociales siento que cada vez nos cuesta más mantener la concentración en algo que dure una hora o más; siempre acaba apareciendo el móvil o la posibilidad de interrumpir esa historia. En el teatro, como espectador, no te queda otra que vivir el aquí y ahora. Y en cuanto al tiempo y la dedicación, por supuesto: el teatro es la artesanía del oficio.
¿Qué te gustaría que el espectador se llevase consigo después de ver So Ham o el ascenso del rey mendigo?
Me encantaría que la historia les atravesase. Para ello hay tantas formas como espectadores. Desde luego, que salgan modificados. Personalmente, y como actor, me encanta salir de ver algo en el teatro que me conmueva y me inspire a crear. Siento que es un buen indicador de lo que he visto cuando aparece esa envidia sana de no haber hecho yo ese proyecto.
Mirando este momento de tu carrera, ¿qué lugar ocupa esta obra dentro de tu recorrido artístico y qué te ha permitido descubrir sobre ti mismo como actor y creador?
La verdad es que ahora mismo es el mayor reto al que me he enfrentado y estoy muy orgulloso de habérmelo puesto yo mismo. Siento que es lo más cercano a un hijo que he creado nunca y lo cuido y adoro con la fe de que pueda seguir creciendo, tanto en Barcelona como en Madrid. Sin duda es una gran carta de presentación como actor para quien no me conozca y también un género nuevo para mí, este drama severo que aún no había atravesado y que, ojalá, me acerque a esos proyectos autorales en los que me gustaría trabajar.
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