Julio marca el final de una etapa para muchos: los últimos exámenes, las últimas tardes en la facultad, los últimos cafés con amigos que quizás no volverán a verse tan seguido. Y aunque ese cierre viene teñido de emoción, también trae consigo vértigo. ¿Qué viene ahora? ¿Qué pasa cuando ya no hay un plan escrito, ni horarios, ni respuestas claras? Para muchos jóvenes, el paso hacia la adultez no es una línea recta, sino un laberinto de dudas, miedo e incertidumbre. Y Night in the Woods, un juego indie tan sencillo en apariencia como profundo en sus raíces, es una de las obras más bellas y honestas que existen sobre cómo atravesar ese umbral sin perderse del todo. Un poema interactivo sobre crecer sin saber cómo.
Volver a casa y no reconocerse
Hay una etapa silenciosa, gris y extrañamente común que no siempre se cuenta: el momento en el que la juventud se termina sin que nadie avise. Es ese instante en que te das cuenta de que todo lo que parecía estable ha cambiado. Night in the Woods, el aclamado juego independiente de Infinite Fall, transforma ese sentimiento en narrativa jugable. Nos presenta a Mae, una joven que regresa a casa tras abandonar la universidad, sin rumbo y con el deseo secreto de que todo siga como antes.
Pero el pueblo ha cambiado. Sus amigos tienen trabajos, sus padres están envejecidos, los locales de siempre han cerrado. Mae no encuentra el lugar que recordaba, ni el rol que pensaba que aún tenía en él. Porque no solo ha cambiado Possum Springs, también ha cambiado ella. Aunque no quiera aceptarlo.
Deambular para no pensar
La estructura del juego es deliberadamente errática. No hay objetivos claros. Solo rutinas, paseos sin propósito, diálogos con personajes que viven su propio duelo diario. Alimentas ratas, saltas por cables eléctricos, visitas amigos en sus aburridos empleos. Y todo esto se siente real porque lo es: así es la vida cuando estás perdido, cuando no hay un plan. El juego no te da un rumbo porque tú, como Mae, tampoco tienes uno.
Esa falta de dirección es el alma del juego. No hay monstruos que derrotar, solo pensamientos que esquivar. La ansiedad no se muestra con barras de vida, sino con silencios incómodos. La tristeza no se combate, se arrastra.
Cada personaje es una herida
Lo que hace a Night in the Woods inolvidable es su elenco. Todos los personajes tienen una historia que contar, y casi todas están marcadas por la renuncia, el trauma o el desencanto. Bea, la amiga distante de Mae, representa una madurez forzada tras la muerte de su madre. Renunció a la universidad para encargarse del negocio familiar, y vive consumida por una tristeza disfrazada de sarcasmo.
Gregg, el amigo hiperactivo y carismático, lidia con un trastorno bipolar que es invisible a ojos de los demás. Sus bromas, su energía, su espontaneidad… todo es una forma de contener el miedo que le habita. Angus, su pareja, es el contrapunto: calmado, sereno, un superviviente de abusos infantiles que intenta ser todo lo que sus padres no fueron.
Y luego está Mae. Una protagonista que no quiere crecer, que no sabe cómo hacerlo. Que se siente separada del mundo, literalmente: sufre un trastorno de desrealización y despersonalización que la desconecta de sí misma y del entorno. Sus pesadillas oníricas dentro del juego son ventanas a su miedo existencial. Su regreso a casa no es nostalgia, es supervivencia.
La madurez no es una línea recta
Uno de los mensajes más poderosos del juego es que madurar no es renunciar a lo que amas, sino aceptar que cambiar también forma parte de ti. Mae es inmadura porque no quiere afrontar sus problemas, no porque juegue en una banda o se niegue a trabajar. Y su evolución no pasa por ‘convertirse en adulta’ según un estándar ajeno, sino por empezar a responsabilizarse de sus acciones y reconocer su dolor.
Bea representa el sacrificio; Mae, el rechazo. Pero juntas aprenden que crecer no es sufrir, sino encontrar un equilibrio entre lo que eres y lo que necesitas ser. Night in the Woods no romantiza la juventud ni glorifica la adultez. Simplemente te muestra lo difícil que es el trayecto entre ambas.
Un espejo emocional para quien se siente perdido
Hay algo profundamente humano en Night in the Woods. No es una historia sobre héroes, ni sobre redenciones espectaculares. Es un relato sobre sobrevivir al día a día. Sobre tener miedo del futuro, de decepcionar, de quedarse atrás mientras todos avanzan. Es, en esencia, una historia sobre ti, sobre mí, sobre cualquiera que alguna vez sintió que no estaba a la altura de lo que se esperaba de él.
En una industria que suele esquivar los temas de salud mental o tratarlos como obstáculos que se ‘superan’, este juego los incorpora como parte del tejido cotidiano. La depresión, el duelo, la ansiedad, la culpa... están ahí, no como monstruos, sino como compañeros silenciosos.
Night in the Woods te recuerda que crecer no es una competencia, y que estar perdido no significa haber fracasado. A veces, madurar es simplemente admitir que no estás bien y decidir buscar ayuda. A veces, es aceptar que tus amigos van a tomar otros caminos, y eso no los aleja de ti. A veces, es entender que el pasado no volverá, y que está bien soltarlo.
Este juego no te dice cómo vivir, pero sí te muestra que no estás solo. Y en un mundo lleno de presiones, expectativas y ruido, eso ya es muchísimo.
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