Hay personas que dedican su vida a coleccionar bolas de nieve, ver directos de nidos de cigüeñas o perfeccionar habilidades tan absurdas como fascinantes. Para muchos son simples rarezas; para Misi Misi representan una forma de resistencia frente a un internet cada vez más homogéneo. Con Gente que me obsesiona, la ilustradora y creadora da un paso más allá de su universo habitual para construir un archivo de obsesiones ajenas que, en el fondo, también hablan de las nuestras. Conversamos con ella sobre creatividad, algoritmos, identidad y esa necesidad tan humana de dedicar tiempo a aquello que, aparentemente, no sirve para nada.
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En Gente que me obsesiona hablas de personas que dedican su tiempo y energía a intereses extremadamente específicos y que, en muchos casos, comparten sus obsesiones sin esperar nada a cambio. En una época en la que parece que todo contenido debe ser monetizable, aspiracional o viral, ¿te atraen estas personas porque representan una especie de resistencia silenciosa al capitalismo de la atención?
Totalmente. Desde que empecé en Instagram hace más de diez años, todo ha cambiado mucho. Echo de menos esos días en los que predominaban las fotos con filtros horribles. Ahora solo hay vídeos de procesos. Las redes se han convertido en una mezcla del programa How It’s Made y España Directo, ambos muy largos y con muchos anuncios malos.
Las personas a las que he entrevistado para el libro son de lo más puro que hay en el mundo digital. Está claro que quieren monetizar su contenido y vivir de lo que les apasiona, pero no recurren a fórmulas manidas para seducir al algoritmo. No crean vídeos hablando efusivamente a un micro enganchado a un objeto random para luego editarlos con mil cambios de plano. Estas personas saltan a la comba sentadas en el suelo impulsándose con la fuerza de sus glúteos, lanzan tartas a la cara de otros o coleccionan bolas de nieve hasta conseguir un récord Guinness. Son la resistencia.
El título del libro utiliza la palabra ‘obsesión’, un término que solemos asociar con lo excesivo. Sin embargo, da la sensación de que tú la entiendes como un motor creativo y una forma de habitar el mundo. ¿Qué te han enseñado tus propias obsesiones sobre quién eres?
Soy una persona impulsiva y de obsesiones pasajeras. Gente que me obsesiona surgió a raíz de mi obsesión por @msmillionaire17 , una mujer estadounidense que recitaba frases motivacionales usando un plano picado. Ella es, de hecho, la portada del libro. De mi fanatismo por sus vídeos surgió la idea de hacer un documental entrevistando a creadores de contenido similar al suyo. Me dejé llevar por mi obsesión y mi ilusión, y hasta fui a pitchear el proyecto a algunas productoras de cine. Me rechazaron y decidí apartarlo durante un tiempo.
Tras varios meses, mi obsesión seguía ahí, así que pensé que lo único que podía hacer, porque dependía totalmente de mí, era escribir un fanzine que acabó convirtiéndose en un libro. El proceso me ha enseñado a controlar mis propias obsesiones, a respetar sus tiempos (y los míos) y a no correr. Solía precipitarme mucho. Ahora me controlo un poco más.
Muchas de las personas que aparecen en el libro seguramente serían consideradas ‘raras’ por gran parte de la sociedad. ¿Crees que la rareza sigue siendo algo incómodo para nosotros o, en realidad, estamos desesperados por encontrar personas que se atrevan a ser ellas mismas?
Ahora está de moda ser una rara, pero no como sinónimo de excéntrica, sino como alguien que encaja dentro de un algoritmo, así que se ha convertido en un hashtag más. El término ha perdido la connotación negativa y también parte de su fuerza. Sin embargo, creo que ahora se busca la rareza desesperadamente. Cuando entras en cualquier red social, ves que todo el mundo viste igual, tiene la misma cara, gesticula igual y tiene la casa amueblada de la misma manera. Eso hace que se persiga ser diferente más que nunca. Buscamos ser únicos de alguna manera y que, por ejemplo, nuestro algoritmo nos muestre lo más recóndito de las redes. No me canso de leer comentarios de usuarios agradecidos porque su algoritmo les haya mostrado un vídeo rarísimo. La gente quiere ser underground y encontrar (y encajar en) su nicho.
Internet nos prometió un lugar de conexión infinita, pero también ha terminado convirtiéndose en una máquina de homogeneización donde todos acabamos consumiendo los mismos referentes. ¿Crees que la gente que te obsesiona habita los últimos rincones verdaderamente libres de internet?
Creo que las personas a las que he entrevistado hackean un poco estos espacios, aunque reconozco que son un caramelito para el algoritmo. Su contenido es tan diferente que nos atrapa y consigue vencer nuestro déficit de atención. Los rincones más libres de internet ahora mismo, para mí, son los chats de los directos de YouTube que muestran escenas, no aquellos en los que alguien aparece interactuando con la audiencia.
“Las redes se han convertido en una mezcla del programa How It’s Made y España Directo, ambos muy largos y con muchos anuncios malos.”
Tus primeros años como Soy Cardo estaban marcados por un humor muy ligado a las ansiedades de nuestra generación. Con Misi Misi, parece que tu mirada se ha desplazado hacia la observación casi antropológica de ciertos comportamientos humanos. ¿Sientes que has pasado de hablar de ti misma a hablar del mundo que te rodea?
La evolución que comentas ha sido natural. Veo mis viñetas de antes y ya no me representan. No lo digo como algo negativo. Estaba en una etapa en la que necesitaba hablar de lo que me ocurría. Me dibujaba a mí misma en situaciones reales, exageradas o inventadas. Veo esos dibujos con cariño, como cuando lees las cartas que escribías a tu amiga del campamento a los seis años.
Ahora que ya me he hecho mayor, mis preocupaciones van por otro camino. Esos ya me parecen problemas casi adolescentes, que tenían sentido cuando tenía veintipocos, pero que ahora ya no forman parte de mi presente.
Hay algo profundamente tierno en dedicar horas de tu vida a coleccionar una única cosa, investigar un tema diminuto o documentar una pasión que casi nadie entiende. ¿Qué te obsesiona de las personas que has entrevistado? ¿Dirías que tu libro es un poco un homenaje a ellas?
Con su obsesión he resuelto la mía. Es una especie de pez que se muerde la cola. Mientras escribía me acordaba mucho del libro Te elige, de Miranda July. Ella sufría un bloqueo creativo, así que se dedicó a entrevistar a gente que vendía objetos en un periódico local. Lo que la impulsó, en realidad, fue su obsesión por seguir creando cine. Cada libro, película o canción que hay en el mundo es un homenaje a las obsesiones. Nace algo inexplicable dentro de ti que te empuja a hacerlo. Al final, se acaba convirtiendo en una necesidad.
El libro parece construido a partir de personas que viven en los márgenes de la lógica algorítmica. ¿Te interesa más la gente que crea por necesidad que la que crea por estrategia?
Me interesa la gente que crea contenido antialgorítmico: sin ritmo, con planos fijos, sin hacer dos cosas a la vez, con silencios. Me encantan, por ejemplo, esos vídeos de personas mayores que se graban con la cámara frontal del móvil (sin querer o queriendo, no lo sé) y que, tras un rato mirando al frente, no dicen nada y el vídeo se corta. Me gusta quien se cuela en espacios en los que está como pez fuera del agua. Para mí, es el contenido más genuino que hay ahora mismo en redes.
Vivimos en una época en la que las identidades se construyen constantemente de cara a los demás. Sin embargo, las personas que retratas parecen existir al margen de la aprobación externa. ¿Crees que la autenticidad nace precisamente cuando dejamos de pensar en cómo estamos siendo percibidos?
Es difícil no pensar en la mirada externa. Mar Vallverdú, del pódcast Radio Noia, hablaba de que el male gaze, la mirada masculina intrínseca en las mujeres que acuñó Berger, ahora se ha convertido en el follower gaze. Todo lo hacemos por y para ese avatar que nos ve. Al final, todo se vuelve susceptible de convertirse en contenido para redes.
En mi caso, cuando pasé de las viñetas a lo que hago ahora, viví un proceso profundo de follower gaze. Todo el tiempo sentía presión por hacer algo que gustase al resto. Llevaba mucho tiempo creando contenido que generaba ‘me gusta’ y había dejado de pensar en lo que realmente me movía a mí. En el momento en que algo artístico empieza a dar dinero, se pervierte. La artista se convierte en una máquina de crear arte. Ahí la obsesión por el dinero se apodera de ti y olvidas lo que te movía a pintar, escribir o hacer lo que sea que hagas. Pero, claro, el dinero se necesita para vivir, ¿no? Es difícil llegar a un equilibrio entre obsesiones, sobre todo cuando entra en juego la económica.
“En el momento en que algo artístico empieza a dar dinero, se pervierte. La artista se convierte en una máquina de crear arte.” 
Tu trabajo siempre ha tenido un componente de archivo: antes eran emociones, situaciones incómodas y conversaciones; ahora son perfiles, imágenes y comportamientos de internet. ¿Te consideras una coleccionista de la condición humana?
Desde siempre me he sentido atraída por lo diferente y por lo que no sigue la norma. Ahora me ha dado por coleccionar capturas de pantalla de programas o pelis que veo, comentarios de chats, peluches feos que están a la venta… Los guardo en carpetas y, con algunos de ellos, hago fanzines para mí. Creo una especie de álbum de recuerdos de internet. No sé si me llevarán a algún sitio, pero no importa, porque es lo que me apetece hacer.
Cuando algo te obsesiona, inevitablemente acabas mirándolo con muchísima atención. ¿Qué detalles sobre la naturaleza humana has descubierto gracias a todas estas personas que quizá habrían pasado desapercibidos para la mayoría?
Me ha encantado conocerles a través del correo electrónico. Lo ideal habría sido hacerlo en persona. De hecho, fue una de las cosas que me frenó a la hora de empezar el libro. Luego pensé que, por correo, obtendría una versión mejorada de ellos, porque me contarían tal y como se percibían a sí mismos. Yo no podría replicarles ni preguntarles nada, así que podrían pensar mucho cómo construir su imagen para mí y para la gente que leería su entrevista. Tal cual estoy haciendo yo ahora mismo en esta entrevista.
Hay una cierta paradoja en publicar un libro sobre personas que probablemente nunca buscaron ser protagonistas de nada. ¿Sentiste alguna responsabilidad al convertir sus pequeñas obsesiones privadas en una obra pública?
La mayoría de la gente a la que escribí para formar parte de este libro se sintió halagada porque alguien quisiera reconocer su obsesión, trabajo o afición. Les hacía ilusión que fuese algo público.
De hecho, algunos de ellos ya habían salido en la prensa o incluso, después de que yo les entrevistara, en documentales. Me hizo mucha ilusión que Josef, el coleccionista de bolas de nieve con un récord Guinness, me escribiera para contarme que un cineasta había ido a grabarle.
Después de pasar tanto tiempo inmersa en las obsesiones de los demás, la pregunta inevitable es: ¿qué crees que diría alguien que te estuviese observando a ti con la misma atención? ¿Qué aspectos de Misi Misi formarían parte de un hipotético Gente que me obsesiona dedicado exclusivamente a tu persona?
Si alguien me hubiese visto el verano pasado, diría que soy una amante de los monster trucks. Veía todas las competiciones antiguas en Pluto TV. Me sentía como un señor mayor jubilado que ve partidos de hace años una y otra vez. Aunque a día de hoy sigue siendo mi sueño ir a una competición de monster trucks en Estados Unidos, si alguien me viese ahora diría que me obsesionan los vídeos en directo de YouTube. Me encanta ver retransmisiones de nidos de cigüeñas, osos cazando salmones en un parque natural, un servicio de bufé libre, una chimenea… Me encanta leer los comentarios porque te encuentras de todo. Y, por supuesto, participo en la conversación.
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