En un panorama hipersaturado por la obsesión con la Generación Z o la nostalgia edulcorada, resulta liberador encontrarse con un producto como Millennial mal. La nueva serie de Filmin Original, ideada por Lorena Iglesias (alma del colectivo Canódromo Abandonado y coguionista de Alumbramiento o Mamántula) y codirigida junto a Andrea Jaurrieta, se adentra sin contemplaciones en el patetismo generacional y en el choque cultural de dos mundos abocados a no entenderse.
La premisa de esta ficción es la siguiente: Judith (Lorena Iglesias), una bibliotecaria en paro de cuarenta y dos años, se ve obligada a matricularse de nuevo en la universidad para no perder una beca tras un surrealista error administrativo. Atrapada de lleno en el universo universitario actual (moda, lenguaje, redes, fiestas, terror al cringe), decide someterse a una metamorfosis estética orquestada por dos veinteañeras para mimetizarse con sus nuevos compañeros y termina abducida por su propia mentira.
Visualmente, existe una puesta en escena desenfadada y ácida que contrapone el tono desenfocado de la treintena/cuarentena precaria con la superficie vibrante y saturada del ecosistema Centennial. La dirección acierta al convertir las aulas y los pisos compartidos en escenarios de observación casi antropológica: la iluminación, la paleta de colores y el vestuario no son meros aderezos, sino herramientas cómicas que subrayan la brecha entre parecer joven y, de verdad, serlo.
Una de las sorpresas más magnéticas dentro de la fauna de personajes que orbita alrededor de Judith es el papel de Rubén, interpretado por Fernando Nagore. Con ese andar desgarbado, su estética desenfadada y esa actitud de ‘estilo casual que raya en lo transgresor’, el personaje evoca de forma ineludible la figura, la actitud pasota y la presencia escénica de Ben Yart, que forma parte del cast y que nos encanta. Un perfil impredecible, que, desde luego, encaja a la perfección en el espíritu de la serie.
Pero volviendo a la serie, su principal flaqueza argumental estriba en que el detonante burocrático y algunas resoluciones de enredo pueden sentirse en momentos puntuales más como meras excusas de guion para detonar los chistes que como un conflicto verdaderamente sólido. La serie no busca sostener una intriga compleja ni un arco narrativo tradicional; su interés reside en la acumulación de gags y en la observación social. Sin embargo, Millennial mal sabe perfectamente cuáles son sus mayores bazas: el dinamismo, la mordacidad y un reparto en estado de gracia (que incluye las intervenciones afiladas de Vito Sanz o Isa Calderón). Lorena Iglesias firma, además, una muy buena interpretación.
Millennial mal es, en definitiva, como una caña caliente apurada en el suelo de una fiesta universitaria a la que claramente ya no deberías haber ido: ácida, amarga, pero, oye, divertida. Sin pretender sentar cátedra ni solemnizar la crisis de edad, Filmin entrega un refugio cómico, provocador y autoconsciente que se ríe con ganas del miedo al paso del tiempo.

