Maspalomas no es un destino; es un estado. Un lugar donde la identidad deja de ser una cuestión a justificar y pasa a ser, simplemente, una forma de estar en el mundo. Allí vive Vicente, un hombre de setenta y seis años, abiertamente gay, que ha encontrado en ese enclave turístico algo más que sol y anonimato: ha encontrado la posibilidad de existir sin explicarse. La película de José Mari Goenaga y Aitor Arregi convierte ese espacio en un símbolo: el de una libertad conquistada tarde, pero vivida con plenitud.
El accidente que obliga a Vicente a regresar a San Sebastián no es solo un giro narrativo, sino un regreso forzado a un mundo que ya no le pertenece del todo. Su entrada en una residencia de mayores supone un cambio radical de contexto: su sexualidad, lejos de ser reconocida como parte de su identidad, se convierte en algo que conviene silenciar. Nadie se lo exige de manera explícita. No hace falta. El entorno, las dinámicas y los códigos implícitos hablan por sí solos. Maspalomas pone nombre a una realidad incómoda y poco representada: la vuelta al armario en la vejez.
El contraste entre ambos espacios articula el núcleo del relato. Maspalomas aparece como un lugar donde la edad no cancela el deseo, donde el cuerpo envejecido sigue siendo un cuerpo legítimo, visible, deseante. La residencia, en cambio, funciona como un no-lugar normativo, pensado para homogeneizar. Horarios, conversaciones, afectos. Todo parece diseñado para borrar las diferencias y asumir una heterosexualidad silenciosa como base del mundo. Vicente no pierde su deseo; pierde el contexto que lo hacía posible.
La película señala así uno de los grandes puntos ciegos del relato de progreso en España. Los avances en derechos y visibilidad han sido indiscutibles, pero ¿qué ocurre cuando envejecemos? ¿Qué pasa cuando la libertad conquistada durante años choca con la dependencia, la institucionalización y la mirada ajena? Maspalomas no habla de un hombre reprimido, sino de un hombre cansado de tener que volver a esconderse. En ese cansancio se concentra una tristeza profunda que el film observa sin dramatismo, casi con pudor.
La masculinidad que retrata la película es frágil, envejecida, hecha de renuncias pequeñas más que de grandes conflictos. No hay enfrentamientos explícitos, sino una acumulación de silencios: chistes que no se hacen, historias que no se cuentan, miradas que se desvían. El cuerpo de Vicente funciona como un archivo de vida (deseo, lucha, afirmación) que el sistema que lo acoge no sabe, o no quiere, leer. Prefiere una versión neutra, simplificada, cómoda para todos.
Hay una idea que atraviesa toda la película con precisión incómoda: una sociedad que celebra la diferencia mientras es joven y visible, pero que no sabe qué hacer con ella cuando envejece. Quizá por eso Maspalomas incomoda tanto. Porque obliga a mirar un futuro que rara vez se imagina desde los discursos de libertad y orgullo. Porque plantea una pregunta sin respuesta fácil: ¿dónde vive la identidad cuando ya no se puede sostener sola?
Que Maspalomas esté nominada a los Premios Goya no es solo un reconocimiento cinematográfico. La película ha obtenido nueve nominaciones a la 40ª edición de los galardones de la Academia del Cine Español, entre ellas en las categorías más importantes como Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actor (José Ramón Soroiz), Mejor Actor de Reparto (Kandido Uranga), Mejor Guion Original (José Mari Goenaga), Mejor Música Original y Mejor Fotografía, entre otras candidaturas de artes y técnica. Estas nominaciones la sitúan entre las favoritas de la gala que se celebrará el 28 de febrero en Barcelona. 
En los Premios Feroz, que se acaban de celebrar, también ha destacado: ha ganado el galardón a Mejor Actor Principal para José Ramón Soroiz y el de Mejor Actor de Reparto para Kandido Uranga, dos de los reconocimientos más visibles en la ceremonia, antesala de los Goya.
Es también la oportunidad de situar en el centro una historia que rara vez ocupa espacio en el relato colectivo: la historia de lo que ocurre después. De lo que pasa cuando ya se ha salido del armario, cuando se ha vivido con libertad, y aun así el mundo vuelve a pedir, una vez más, que uno se haga pequeño.
La película no ofrece respuestas cerradas, pero sí algo igual de valioso: la honestidad de mirar esa herida sin apartar la vista. Y deja flotando una certeza inquietante y universal: todos necesitamos un lugar donde no tener que escondernos. La verdadera pregunta es qué ocurre cuando ese lugar desaparece.