Cuando ves el trabajo de Martin Ferreyra por primera vez, hay algo que te llama la atención. No solo por el uso del color o los personajes, sino porque no se siente ajeno. Es raro pero familiar al mismo tiempo, con muchas referencias ahí metidas, aunque no sean evidentes. Martin trabaja entre pintura, cerámica y textil, y lleva más de dieciséis años viviendo en México, aunque nació en Argentina. Ahora vive en Oaxaca, y eso también se siente en lo que hace. Su trabajo no parte de una sola idea clara, sino de una mezcla de cosas que se van acumulando con el tiempo, entre lo que ha vivido, lo que le interesa y lo que va encontrando en el proceso.
Entrevista extraída de ACERO vol. 13, publicada en mayo de 2026. Hazte con tu copia aquí.
Al hablar con él, ese sentimiento cobra más sentido. No porque todo se explique, sino porque entiendes mejor de dónde viene esa mezcla y cómo construye un lenguaje que no busca ser literal, pero que funciona demasiado bien. A partir de ahí, la conversación se vuelve una forma de entrar a ese universo, o más bien, a los distintos universos que conviven dentro de su obra.

Viendo tu trabajo, hay muchas cosas que remiten a lo ritual, a lo prehispánico, a lo animal, pero nunca se siente como una referencia directa. ¿De dónde partes realmente cuando haces una pieza?
Pues ahí son dos cosas, ¿no? Una es la inspiración, el bagaje cultural que traes y lo que vas construyendo como tu identidad, que tiene mucho que ver con toda mi vida. Y la otra es el momento de sentarte y enfrentar una hoja en blanco, y traer todo eso que te está pasando, mezclado con el presente. Yo nací en Argentina, en Córdoba, estudié Psicología, y cada vez que iba a la universidad pasaba por el Museo de Antropología. Como en toda Latinoamérica hay culturas originarias, siempre me llamaba mucho la atención. Era algo que me hubiese gustado estudiar, pero por cuestiones personales no fui por ese camino en ese momento. Después, en esa transición que se fue dando de a poquito, tuve la oportunidad de venir a México en un viaje que pensaba que iba a ser de tres meses… y terminó siendo de dieciséis años. El primer impacto de llegar aquí fue muy fuerte. Todo eso que estaba como burbujeando adentro mío explotó. El Museo de Antropología fue una explosión muy grande para mí, y ahí decidí que quería estar en un lugar donde eso se viva con la intensidad que se vive aquí.
Y justo pensando en ese cambio tan fuerte, ahora que estás viviendo y trabajando en Oaxaca, ¿qué cosas han cambiado en tu forma de trabajar desde que estás ahí?
Los procesos son parecidos, tal vez algunas cosas, como nuevas técnicas y materiales diferentes. No había tenido la oportunidad, por ejemplo, por vivir en una ciudad más grande, de explorar la quema de cerámica a leña, que aquí es una tradición muy fuerte. Lo había intentado en Ciudad de México, pero era más limitado. Aquí es más fácil, puedes ir a talleres de artesanos, ver cómo trabajan, aprender de eso. Y también el textil se ha abierto mucho como un mundo nuevo. Y de a poco estoy incursionando en el metal y eso me emociona.
Justo eso me llama la atención, porque se siente que no te quedas en un solo medio. Trabajas entre pintura, cerámica, textil, ¿cómo decides qué idea se queda en plano y cuál necesita volverse objeto?
Creo que para mí es un poco como que el material te da sus posibilidades y sus limitantes. La materia te inspira para crear algunas cosas porque tiene ciertas características que se pueden potenciar a la hora de hacerlas en cerámica o en pintura. Entonces es pensar si tengo ganas de meterme en la cerámica o en la escultura, qué limitante me va a traer y qué puedo hacer con eso. Las ideas y los sentimientos son el punto de partida, y son lo que me moviliza, pero es una ida y vuelta con la materia.
Me encanta eso de la ida y vuelta, y justo desde ahí, tus piezas no se sienten aisladas, más bien son como partes de algo que se va armando poco a poco. ¿Piensas tu trabajo así?
Sí, claro. Trabajo mucho con series. Una serie es como un concepto, una idea que se va desarrollando de a poquito. Agarro cosas de mitología, de ritual, de diferentes partes del mundo. Me interesa mucho lo antiguo, lo humano, el origen. Y eso lo mezclo con algo que estoy viviendo en ese momento.

Eso de mezclar mitología y ritual con lo que estás viviendo ahorita es superinteresante. Desde ahí, ¿hay elementos que te das cuenta que repites aunque no lo planees?
Claro, claro, claro. Yo a veces siento que es como que estás escribiendo una serie en tu cabeza, como si fuese un libro gigante, vas teniendo como un catálogo de herramientas. Y esas herramientas te van sirviendo para ir complementando lo que viene. Entonces, si vas construyendo ciertos personajes que te vinculan con algo, con la muerte, con la vida o lo que está detrás, después puedes usarlos para desarrollar nuevas ideas. Y a partir de ahí decir, bueno, me salió esta idea, ¿cómo todos esos elementos se pueden empezar a vincular para dar luz a eso? El color ayuda, pero para mí lo lindo es la idea. La idea es la línea conductora.
Pensando en eso, tú has vivido en distintos lugares. ¿Sientes que esos contextos se quedan en tu obra o van cambiando con el tiempo?
Sí, creo que también evoluciona la vida de uno mismo. Ahora estoy más en contacto con la naturaleza, vivo en Etla, que es un pueblo cerca de Oaxaca, y estoy mucho más conectado con eso. Y estoy empezando a hacer un trabajo más relacionado con las plantas. Antes me interesaba más lo animal o lo antropomórfico. Entonces creo que es eso, te van nutriendo diferentes simbolismos.
Y viviendo ahí, ¿qué es lo que más te gusta de Oaxaca?
Oaxaca es muy rica culturalmente, puedes encontrar comunidades que mantienen sus oficios con maestros artistas en cerámica, talla en madera o trabajo textil. Sumado a que la gente es muy linda, es muy característico el humor y tiene otro ritmo. Y también estar más en contacto con eso, yo crecí en una ciudad más chica, entonces de alguna forma eso vuelve.
En ese mismo sentido, también has colaborado con talleres y comunidades. ¿Qué cambia ahí?
Es muy bueno. Es mucho más familiar. Los talleres son trabajos que se enseñan de familia en familia y se trabajan dentro de un grupo. Entonces no solo estás aprendiendo una técnica, sino también una tradición y una forma de vida. Eso es lo lindo.
Regresando a tu trabajo, los personajes que aparecen tienen algo muy específico. ¿De dónde salen?
Hay muchas referencias a México, me encantan las tradiciones. Porque en Latinoamérica hay muchas figuras antropomórficas que representan la naturaleza y lo humano. Pero creo que México ha sabido hacerlo de una forma más gráfica. El vínculo con la muerte me parece increíble, y hacer una calavera y transformarla, hacerla más propia. O el jaguar, que está muy presente. Entonces vas encontrando estas energías de animales, de plantas, y tratas de meterlas como inspiración.

Y cuando ya tienes esa inspiración, en lo práctico, ¿cómo es tu proceso?
Depende. En pintura trabajo con bocetos, me sirve como guía. Pero en cerámica voy directo a la materia. La materia me va llevando, trato de visualizar algo, pero también me gusta la sorpresa, ver cómo la figura aparece.
Y si no llega a fluir, ¿qué haces?
Trato de no pensarlo como bloqueo. Lo pienso más como que tengo hambre y tengo que salir a comer. Entonces paro, consumo otras cosas, leo, veo una peli o algo que me motive, y empiezan a aparecer cosas solas. No trato de forzarlo.
Antes hablabas de identidad, de bagaje. Estudiaste Psicología, ¿sientes que eso se filtra en tu trabajo?
Sí, es muy racional y de alguna forma necesitaba darle un toque emocional. Tal vez es como darle una orden a la emocionalidad.
Y en ese sentido, más personal, ¿cómo empezaste a hacer arte?
Empecé con amigos. Andaba en skate, y en ese momento estaba muy vinculado con eso. Había gente que pintaba, que hacía tags, y me fui acercando a ese mundo. Salíamos a patinar y alguien estaba pintando, y poco a poco me fui juntando más con esa gente. Algunos estudiaban arte, me invitaban a talleres, y así se fue dando. No fue algo planeado, me fue llevando la vida. Yo siempre tuve ganas de hacer arte, pero en mi casa no era algo que se pudiera estudiar. Vengo de una familia de médicos, entonces era difícil que lo entendieran. Pero igual se fue dando.
¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy trabajando en una serie para una exposición en Nuevo México. Para mí la transformación siempre ha sido un tema. Cómo nos transformamos, cómo un ritual de paso es una transformación, cómo la muerte puede ser otra. También estaba trabajando en esto de quitarse la máscara y ver qué hay detrás. Y ahora empiezan a aparecer plantas, nuevas formas. También me interesa el árbol de la vida, cómo nos desarrollamos y cómo nos vinculamos con otros.
Y justo desde ahí, ¿qué sientes que te sigue empujando a hacer una pieza más?
Creo que tiene que ver con entender que la vida es cambio, que estamos todo el tiempo adaptándonos, y también con tratar de conseguir que nuestro entorno, que todo aquello que nos rodea, sea más amable.






