María José Llergo tiene asumido que el juego más difícil es saber usar su “corazón grande”. Es cierto que no debe ser nada fácil, lo de amar y sobrevivir en el intento. Alguna secuela enraíza dentro de unx. Como consecuencia de eso, ganemos o perdamos, nacen pequeñas grandes joyas como El juego, el tercer álbum de estudio de la artista. Una colección de sonidos que invitan a barajar muy bien nuestras cartas antes o después de mover ficha.
Suelen decir aquello de que los tiempos de Dios son perfectos. Los de Dios no sabemos; los de María José Llergo sí que apuntan a serlo. Conjurado o no, la joven ganadora de un Goya ha lanzado su último trabajo un viernes 22 de mayo, en pleno mes de Córdoba, y coincidiendo con el alumbrado inaugural de su feria. Es buena época mayo, sinónimo de finales pero también de comienzos dulces. En pleno florecimiento de la ciudad, Llergo le sigue el ritmo a su manera. De momento, parece acertar en tiempo y forma.
Aparece al otro lado de la pantalla de mi ordenador un rostro conocido, con una sonrisa blanca y un “¡Hola, preciosa!” que se adelantan. Es la primera vez que nos vemos, pero da la impresión de ser una de tantas videollamadas juntas. A mi “¿Qué tal?”, ella responde alegre que “un poco nerviosa”, que “nace el disco esta noche”. Apenas lo noto. De lo que ella sí se da cuenta enseguida es de ese reflejo de acentos que nunca pasa desapercibido, aunque no se pretenda. “Qué ilusión me hace que seas de mi zona. Bueno, de nuestra zona”. Y lo dice honesta. Hay ilusión en sus ojos, que parecen decir que este juego no ha hecho más que empezar.
¿Cómo te sientes con un nuevo álbum bajo el brazo después de este tiempo?
Pues me siento muy bien. Ha sido el disco que más he disfrutado creando en mi vida entera. Me lo he pasado fetén, he jugado como una niña chica con la música. Y lo que espero y deseo es que puedan disfrutar tanto, tanto, cuando lo escuche la gente. Que sea una cosa compartida, que disfrutéis mucho todos. A partir de ahí no sé, porque como mi crecimiento es cien por cien orgánico. A ver cómo lo acoge el mundo y si vuela por aquí y por allá.
Parece que vas a disco por trienio. ¿Es mera casualidad o es que tus tiempos funcionan así?
¿Sabes qué pasa? Tengo un problema, y es que me gusta mucho mi trabajo. Que no se enteren mis mánagers (risas). Soy bastante tontuela y hago muchas tonterías. Me gusta mucho mi trabajo, entonces, he estado de gira por el mundo dos años y medio y he descubierto muchas cosas que me gustan del mundo en el que vivo. He descubierto países nuevos que no conocía de nada, artistas increíbles que me han regalado las mejores experiencias de mi vida en un escenario, como por ejemplo Bomba Estéreo en la plaza del Zócalo de Ciudad de México, con ciento veinte mil personas. Yo no sabía que se podía experimentar algo tan bonito, casi salgo levitando de la emoción. Han sido dos años y medio de gira muy estimulantes. Y si tienes el corazón lleno y tienes estímulos de países nuevos y gente increíble todo el rato, es inevitable que te salgan canciones.
El 2026 parece sonreírte. El 1 de mayo Nu Genea lanzaba nuevo disco y tú has trabajado con ellos en dos de los temas, Acelera y Celavì, que, además, parecen conectar muy bien con esta idea de libertad que se presenta en El juego. Me quiere sonar que eres la primera española con la que hacen una colaboración.
Jo, pues qué ilusión. A ver, fue muy bonito trabajar con ellos, también muy duro, pero muy bonito, y las canciones son preciosas. No sé si soy la primera española con la que trabajan, nunca me he parado a pensar en eso. Ellos me encantan desde hace mucho tiempo y poder cantar con ellos es una alegría.
¿Supuso un reto?
Sí, porque trabajan muy distinto a mí. Y eso es muy nutritivo porque aprendo otras formas de llegar a las canciones. Pero claro, requiere adaptación y versatilidad.
“Si tienes el corazón lleno y tienes estímulos de países nuevos y gente increíble todo el rato, es inevitable que te salgan canciones.”
Poniendo el foco en tu nuevo disco, justo en la intro relacionas jugar con la vida misma, y de fondo oímos una especie de llamada o reconexión con tu niña interior. ¿Qué sientes que has desaprendido o perdido en este camino hacia la adultez?
Mira, hace un tiempo llegaron a mi poder las cintas VHS que me grababa mi padre cuando yo era una niña y que no había visto nunca. Cuando vi a esa niña, tan bonita, tan morena, cantando todo el rato, recitando poesías de gatos que se inventaba, creándose su show en casa con sombreros y bastones, persiguiendo a patitos... dije, ¿en qué momento he dejado de ser esa niña? ¿En qué momento he perdido la alegría, la inocencia, la pureza a la hora de hacerlo todo? Necesito recuperarlo. Y me di cuenta de que igual cuando era pequeña soñaba con ser lo que soy hoy, pero es que ahora que soy un poco más grandota sueño con poder ser tan pura de alma como la niña que fui. La M.J. de ahora quiere parecerse un poco más a la niña que fue.
En Libre cantas que te da igual perder y solo quieres jugar libre. ¿Sientes que este disco nace desde un lugar más desprejuiciado que los anteriores?
Totalmente. O sea, lo primero que me he tenido que quitar han sido las expectativas, la presión, los prejuicios. De ahí canto sobre eso en La celda. Es la cárcel que todos tenemos dentro de nosotros, que no hace falta que nadie venga a decirte ‘no hagas esto, no hagas lo otro’ para que tú solo, con las cosas del mundo que te rodean, te metas en una jaula donde no puedas ser libre. Hay muchas veces que la pérdida de la libertad no proviene del exterior, sino del centro de uno mismo.
Hablando un poco de esto, me encanta la intro de Espina clavá, porque sueltas un “uf, no me sale” que se siente muy, muy real. Lo dices claro: jugar también es perder. ¿Consideras que has perdido muchas veces?
No creo que jugar sea perder o ganar; si juegas, siempre ganas, nunca pierdes. Es que a veces me pongo muy filosófica (risas). Nos han enseñado que perder es malo, y tú no sabes la de cosas y experiencias que puedes aprender perdiendo. Por lo tanto, ganas.
El otro día leía a Sergio Dalma decir que cuando más feliz está un artista es en el coche, yendo de un concierto a otro. Tú ahora mismo te encuentras en mitad de un tour por Europa. ¿Coincides con él?
A ver, respeto mucho la opinión de Sergio pero para mí, si inventaran el teletransporte, sería maravilloso (risas). Me da mucho miedo volar, lo tengo naturalizado pero lo paso mal. Sentir que estoy ahí en un avión, de país a país, sin mi familia, me da mucha ansiedad. El momento en el que me subo en el escenario y canto es precioso. Los momentos de espera con mi equipo también, porque somos muy sanotes pero muy divertidos, nos reímos de tonterías y nos descojonamos vivos. Pero me cuesta mucho viajar por el miedo.

¿Hay algún destino de los anunciados que te haga especial ilusión?
Siempre me hace ilusión porque voy a sitios que no conozco. Por ejemplo, no conozco Copenhague y me muero de ganas de cantar allí. No conozco Dublín, no he ido nunca a Irlanda, y puede que me vaya unos días antes porque me han hablado de ciertos caballos salvajes y a mí me encantan. Quiero disfrutar de la naturaleza. Así voy poco a poco descubriendo el mundo gracias a la música.
Este es un nuevo trabajo que invita a bailar y a disfrutar de este buen tiempo que ha llegado, sobre todo con canciones como Otros besos, ¡Ay, Doctor! o incluso La celda, pese a que algunas letras son de lo más dolorosas. En Bolero mafioso, por ejemplo, le cantas al desamor, y repites eso de que nadie te enseñó a “amar sin miedo”. ¿Dirías que hoy en día solemos pasar por el amor de puntillas?
Totalmente. Nadie me enseñó a amar sin miedo. Eso lo he aprendido yo en cada intento. Estamos en una sociedad que tiene miedo a amar y a la primera huimos. Nadie nos enseña a entregarnos y a aceptar la trayectoria de la otra persona. Se nos olvida que amar es respetar el vuelo del otro. Que si la otra persona quiere y coincide con tu trayectoria, pues vamos a acompañarnos en el cielo un rato. Pero si en algún momento una de las dos aves decide volar en otra dirección, hay que respetarlo, agradecer, darle un besito en la frente y seguir con tu vuelo.
Destacan los visuales del nuevo disco. Especialmente, la portada. Parece una estética mucho más teatral, rozando la sátira incluso. ¿A qué se debe este giro?
Es una sátira totalmente, lo has pillado a la primera. Me encanta porque a veces lo visual nos habla y no lo queremos ver. Es una sátira de los ‘señoros’ que hay por el mundo dándonos órdenes y manejando los hilos, a punto de pulsar el botón rojo. Eligiendo sobre nuestros cuerpos, nuestra vida, nuestra música, nuestra integridad... pero siempre vendrá un ser mágico de la naturaleza a impedir que un señoro te controle, quitándole las gafas y posando a cámara como la paloma. ¿Y sabes que ese momento es real?
Llamamos a un experto en palomas mensajeras y la primera que soltaron se agarró a las gafas del señoro más cercano y se las arrancó de cuajo. El fotógrafo captó el preciso momento en el que la paloma miró a cámara. Es un disparo irrepetible. Lo aclaro porque en los tiempos que vivimos creemos que todo es inteligencia artificial o mentira.
Llamamos a un experto en palomas mensajeras y la primera que soltaron se agarró a las gafas del señoro más cercano y se las arrancó de cuajo. El fotógrafo captó el preciso momento en el que la paloma miró a cámara. Es un disparo irrepetible. Lo aclaro porque en los tiempos que vivimos creemos que todo es inteligencia artificial o mentira.
Vienes de Pozoblanco y muchas veces has hablado de cómo el flamenco y el cante estaban presentes desde pequeña. ¿Qué cosas de tu infancia siguen intactas en tu forma de crear?
El amor por los animales, las mascotas todo el rato. Tengo un burro, Manolillo. Por supuesto mi perro, Torrezno, que lo amo. ¡Se llama Torrezno y canta cuando canto! Sé que parece mitológico, pero es verdad, podéis ver vídeos en mi Instagram. También permanece mi entorno rural, estar más conectada con la naturaleza que con la ciudad. El arraigo tan profundo que tengo con mi familia, soy súper protectora con ellas. Y la forma de ver el mundo, como un regalo.
“Nos han enseñado que perder es malo, y tú no sabes la de cosas y experiencias que puedes aprender perdiendo. Por lo tanto, ganas.”
Hay artistas que, cuando se marchan de su tierra, acaban romantizándola más. ¿Te ha pasado con tu pueblo?
Yo fui el año pasado veintiocho veces a mi pueblo. Lo conozco tanto que ni lo hiperromantizo, ni lo ignoro, ni lo denosto. Lo conozco, lo amo tal cual es e intento aportar lo mejor que tengo de mí porque se lo debo. Me gustaría vivir en mi pueblo si no tuviéramos tanta precariedad de trenes. Tres al día... ¡así yo no puedo organizarme!
¿Sientes que hoy un músico tiene que funcionar casi como creador de contenido además de artista?
Bueno, al final compartes esos momentos de forma natural, como te decía de los vídeos en redes cantando con mi perro Torrezno, o con el equipo riéndonos con los filtros del móvil. Mi crecimiento es cien por cien orgánico y al final se trata de fluir con ello, pero siempre divirtiéndote y sin perder la esencia.
En El juego vemos algunas colaboraciones, pero me llama especialmente la atención la de El David Aguilar, que recientemente también hemos visto participar en el nuevo disco de Julieta Venegas, en el tema Caprichos del azar. ¿Cómo se da este encuentro?
Fue de un día para otro en México. Quedé una mañana con David Aguilar para hacer una canción y fuimos al estudio de Sony. Estaba nerviosísima porque lo admiro un montón y lo escucho desde hace mil. Salió la canción, que fue preciosa, y luego me la traje aquí a España en una maleta para grabar los arreglos. Cuando le pasé la canción arreglada entera dijo: ¡Qué maravilla, me ha encantado! Es precioso trabajar con él. Estoy descubriendo que no hay nada como salir un poco de ti mismo para darte cuenta de que hay tanta grandeza y belleza por ahí.
¿Qué has aprendido de ti misma haciendo este disco?
He aprendido que el trabajo extremo, hasta que te acabas quedando extenuada de cansancio, no nutre a la música. Lo que la nutre es estar con tus amigas trabajando, pero respetando que somos humanas y necesitamos disfrutar. Llevaba años trabajando sin descanso y de repente me fui a la playa con mis amigas. Llevábamos seis días seguidos haciendo canciones y dijeron: ¡No puedo más, vámonos! Yo en la playa seguía cantando y me decían, ¡tú no paras nunca! Pero te digo de verdad que las ideas que se me ocurrían después de disfrutar con ellas, de verlas felices y jugar en el mar, eran tan bellas que superaban con creces al resto de ideas que traía del pico y de la pala. Hay que divertirse mucho más.
Y, por último: ¿cuál es para ti el juego más difícil de la vida?
Saber usar mi corazón grande. Lo digo en la intro: no hay ni habrá un dolor igual como el de tener un corazón grande y no saberlo usar. ¡Pues yo lo quiero usar bien y a veces no me sale! Así que estoy practicando a amar lo mejor que puedo, sin morir en el intento, sin perderme a mí misma y sacándole todo el partido posible a este corazoncillo.

