Ser pionera no es un trabajo propio de un soldado, si no de una ‘peleadora’. Con este clásico contemporáneo de su discografía, La Mala dio el pistoletazo de salida a una de las noches más importantes de su carrera.
Veinticinco años han pasado desde el lanzamiento de Lujo ibérico, el disco en el que la jerezana consiguió que su voz fuese escuchada, cuando historias como la suya y las de muchas mujeres venidas del rap parecían no tener importancia. ‘La niña’ tuvo que peleárselo para ocupar su lugar en la industria, y después de esta noche, poco le queda por demostrar a la Mami. Setenta músicos de la Orquestra Simfònica del Vallès y las tablas de décadas sobre el escenario hicieron de la calle un palacio. En un homenaje a las mujeres que ya no están y a las que están llegando dejó claro que sí, La Niña lo ha conseguido y las peleadoras ahora también podrán.
En el escenario estuvo acompañada de cuatro compañeras que representan el presente y el futuro de la música. Sara Socas, nuestra mayor exponente en las batallas de gallos, fue la encargada de abrir el concierto y acompañó a Mala en En mi ciudad hace calor. La poderosísima voz de la flamenca María Terremoto llenó el recinto con La cocinera. Junto a Vivir Quintana, la transgresión de Quien manda pasó a formar parte de un nuevo universo onírico para la cantante y en Yo marco el minuto con Diva Deva, la garra y el folklore volvieron a ser protagonistas.
La orquesta consiguió que el sonido de Mala Rodríguez adoptase nuevos colores que nunca habríamos llegado a imaginar. O sí, ya que quien la conoce sabe que su arte no tiene límites. Con una sonrisa presente en todo el concierto más brillante que la pedrería de su vestido, demostró lo que mejor sabe hacer: cantar y rapear. Y es que ella está “casada con la música”. Lo cual demostró a lo largo del concierto con su capacidad para dominar una versátil gama de géneros como el hip-hop, la cumbia o el flamenco.
El momento más íntimo de la noche lo protagonizaron las cuatro canciones en las que la orquesta la abandonó para quedarse en el escenario junto a Ismael Heredia, referente internacional de la guitarra venido de los tablaos de Jerez que inspiraron a María en sus primeros pasos, con el que celebró la tradición y la pureza. Con las nuevas melodías al son de las cuerdas, en canciones como Con los ojos de engañá te planteas si le está cantando a un hombre malo o simplemente a un ángel caído. En Aguante, donde además de Ismael la acompañó una flauta travesera, demostró que en su persona, independientemente de lo que pase a su alrededor, la sensualidad siempre tiene cabida.
Su sueño, que esta noche “se está haciendo realidad”, acabó con El gallo con nuevos versos de Jorge Drexler en la que ya es su casa, ya que como cantó el uruguayo, “Ay Mala, Mala, benvinguda a casa teva, hay catalanas que també neixen a Jerez de la Frontera”. Rodeada de amigos y compañeros de profesión, como Octavi Pujades o Blanca Paloma, que crearon con sus voceríos desde platea un sentimiento de patio andaluz, Mala celebró con su familia toda una carrera en la música. ¡Y tremenda carrera!
Es imposible no emocionarse al ver a una persona a quien nunca le han regalado nada ocupar espacios que siempre le dijeron que no le correspondían y ahora los llena de arte. Con la bandera blanca en el puño, veinticinco años después de su debut discográfico, Mala demuestra que si tienes talento y lo luchas puedes llegar a cualquier parte. Hasta ser la primera rapera hispanohablante en protagonizar un concierto con orquesta sinfónica.




